Capítulo 2

3550 Palabras
Ella está comprometida. Se casará con otro. Con un hombre humano. Comprometida. Ni en mis peores pesadillas vi algo como esto. Que pudiera encontrarla, pero ella quisiera a otro, ¿qué clase de tortura es esto? Pensé que los dioses ya me habían castigado lo suficiente, pero su crueldad no tiene límites. Ella…ella no me quiere. Yo sabía que no iba a ser fácil hacer que ella me aceptara al principio, pero esto complica las cosas a un nivel que no puedo soportar. Comprometida. La palabra no deja de darme vueltas en la cabeza. La bestia ruge en mi interior, me nubla la visión, casi no soy consciente de nada más que del animal, sus instintos primarios son ensordecedores y ahora solo quiere cazar. Personas se apartan de mi camino demasiado asustados como para reclamarme cualquier cosa, mis manos se abren y se cierran, intento detener el cambio todo lo que puedo. No quiero cambiar antes de llegar al bosque. Me escabullo entre las casas, esas casas que yo mismo vi ser construidas hace mucho tiempo, cuando los caminos de concreto no existían, cuando…estaba tan perdido en mi rabia que pude haber destruido pueblos enteros solo por despecho. Era inmortal, nada más me importaba salvo mi condena. Y ahora mi salvación quiere dejarme para irse a los brazos de otro hombre inadecuado, alguien con quien nunca encajará tan perfectamente cómo podría hacerlo conmigo. Qué maldito estúpido he sido, creyendo que sería fácil, que sería…feliz. ¿Cómo podría serlo ahora cuando tengo que dejarla ir? Si ella en verdad ama al bastardo afortunado que ha escogido para pasar el resto de sus días entonces… ¿Quién soy yo para retenerla? Solo soy un extraño, no significo para ella lo mismo que ella significa para mí. Pero eso no cambia lo que somos. Mitades. Almas gemelas. El animal se estremece desde el interior, haciendo hervir mi sangre. Malditos dioses, no seré capaz de dejarla, no cuando apenas la he encontrado. Escucho el murmullo de todos en la manada, se cuelan entre los gritos de mi propia mente. Hablan de la mujer humana en la casa del Alfa —todos pueden olerla—, también dejan en evidencia la debilidad de Teneer ante mí, nadie lo cuestiona, no cuando saben que cualquiera en su lugar haría lo mismo solo para mantenerme a raya. Ellos saben lo que es ella para mí. Les he oído decir que esta tan maldita como yo. Quiero hacerles daño por si quiera atreverse a hablar de ella. Quiero hacerles daño por lograr que por primera vez en años —décadas o tal vez siglos— sus comentarios me hieran. Me siento débil, la bestia ya no ruge, solo se lamenta, llora. Ella no me quiere. El bosque me llama como la droga más dulce, me despedazo en mi piel de lobo y la voz humana en mi cabeza desaparece. Solo soy el animal. ***** Me siento desorientado cuando entro a la casa del alfa sin una razón en particular, solo dejándome llevar por mi instinto.  Los guardias en los pasillos enderezan sus espaldas en cuando me ven andando primitivamente. Huelo sus nervios. Gruño fastidiado de ellos, de toda esta gente que había evitado por mucho tiempo. Parpadeo varias veces, caminando por la elegante mansión moderna y recordando la forma en la que lucían antes cuando solo eran castillos de piedras, cuando la única luz que teníamos era el fuego y no estas lámparas que pueden apagarse con una palmada. Es tan extravagante la cantidad de estupideces que Teneer metió aquí que me irrita. En las escaleras de mármol el alfa me intercepta. —Evander. Lo ignoro, empujándolo fuera de mi camino. Pero él vuelve a atravesarse. No encuentro mi voz para hablar, un gruñido gutural es lo que sale en cambio. Me sujeta del codo, pero me suelta rápidamente notando la forma en la que mis ojos se oscurecen. Teneer aclara su garganta y alisa su saco, evitando a toda costa mirarme a los ojos —No estás en buenas condiciones para verla —argumenta—, te recomiendo que… —Me importa una mierda tus recomendaciones —lo interrumpo ferozmente—. Ten cuidado —advierto amenazante, solo para enfatizar mi punto. No tiene que meter su hocico en mis asuntos. Su expresión se suaviza un poco, asiente, pero no se aparta. —La trajiste a mi manada, debo asegurarme que nada le suceda o podría meterme en problemas con la guardia humana —intenta, sus ojos alzándose hacia los míos—. Ella es humana, Evander —me recuerda tragando saliva—. Está comprometida con un macho de su especie y tienes que aceptarlo. Mi cuerpo se sacude, amenazando con volver a su piel animal, me contengo, lo hago diciéndome que mi mitad está aquí y que ella no conoce lo que soy, si me ve de esa forma se asustará, creerá que soy un maldito monstruo. —Tú no tiene ningún poder sobre mi vida, no te sirvo a ti ni a nadie —doy un paso hacia él—. Recuerda que mi sola presencia en esta asquerosa manada te hace afortunado. Porque sus enemigos lo pensaran dos veces antes de venir a un lugar donde esté yo. Sabe eso mejor que nadie. Lo único que hace a esta tierra inquebrantable soy yo. —Esa mujer es mi responsabilidad... Mierda, la peor maldita cosa para decirme justo ahora. Colmillos crecen en mi boca tropezando con mis labios, retrocede un paso al darse cuenta de mi repentino cambio, pero no lo suficiente como para escapar del agarre de mis garras contra su cuello. Su pulso choca furioso contra mis dedos, un hilo de sangre resbala desde una pequeña herida. El olor de su miedo lo inunda. —Ella es mi compañera —bramo—. Si te atreves a tocarla o a alejarla de mi te asesinaré. Su piel reluce pálida, varios soldados nos rodean, pero ninguno interviene, esperan órdenes de su alfa. Teneer me mira solo a mí, la rabia ardiendo en sus ojos, la vena en su cabeza a punto de estallar. —Si es tuya —sisea mostrándome sus colmillos—, entonces sácala de mi casa. Y así ya no será mi puto problema. Por el tono en su voz al referirse a ella veo rojo, pero un ruidito proveniente de la habitación de la humana me despeja lo suficiente para no matarlo aquí mismo frente a todos sus guardias. Lo suelto importándome una mierda que caiga en el suelo tosiendo. Nadie me detiene esta vez. Con esto espero que le haya quedado claro que si quiero matarlo entonces lo haré. Y eso será todo. Termino de subir los pocos tramos de la escalera hacia el pasillo de su habitación, el olor dulzón hace que mi piel se erice y mi interior ronronee. Frente a su puerta me abstengo de abrir como un bruto, arreglo un poco mi ropa y mi cabello avergonzándome por la forma tan descuidada en la que me veo. Dioses, no quiero que piense que soy un desaliñado sin educación. Aunque probablemente eso es en lo que me he convertido. Debo detenerme y recordar lo que me obligué a aprender sobre los modales en aquellos tiempos donde los bailes sociales estaban de moda, cuando las mujeres usaban vestidos voluptuosos y un toque en la muñeca desnuda se consideraba algo indecente. Al final, me encuentro tocando la puerta y abriéndola al mismo tiempo, mandando al diablo aquellas cosas que muy poco llegué a cumplí. Era un bruto animal, de hecho. Asomo mi cabeza por la puerta, si ella está desnuda entonces me marcharé rogándole que me perdone por mi intromisión. Sin embargo, no la encuentro desnuda. Ella está sosteniéndose sobre uno de sus pies y saltando hacia la ventana, tan pronto me ve se detiene con los brazos extendidos intentando mantener su equilibrio. Su rostro se enrojece avergonzado y quiero decirle que está bien, que ella puede hacer lo que sea que desee sin avergonzarse. Sonrío. —¿Qué estás…haciendo? —pregunto, incapaz de mantenerme alejado me acerco para ayudarla al verla tambalearse. Sus ojos me evitan con nerviosismo. —Solo quería ver por la ventana. Ese tono de voz hace que mis rodillas tiemblen, como si todo mi mundo hubiera vacilado. Mierda, si lo dice con esa voz quién en este puto mundo no querría complacerla. Como un soldado obedeciendo una orden la tomo entre mis brazos ganándome un jadeo impresionado de ella, la llevo hasta la ventana para que pueda ver gran parte del territorio de Teneer, ese maldito bastardo que prácticamente nos corrió. —Oh, por…¡Pero mira todo este lugar! —farfulla.   Su emoción es contagiosa para mí, aunque al mirar el lugar solo pueda ver un pueblo común con personas deambulando. Lucen tranquilas, casi gentiles. Yo sé que no es así y eso hace que quiera alejarla de allí antes de que se dé cuenta y pierda la luz que ahora tienen sus preciosos ojos castaños. Los pueblerinos no tardan en girar sus rostros hacia la ventana, percibiendo nuestra atención y nuestros olores llevados por el viento. Algunos de ellos hacen muecas al apartar la mirada, puede que ella no lo note, pero yo si escucho como gruñen con disgusto. —Ya veo —murmura para sí misma. Sus ojos no se apartan de la ventana por lo que alcanzo una silla para que pueda sentarse, si permanece demasiado tiempo de pie me temo que podría lastimarse. La ayudo a sentarse, nuestras pieles rozándose y mi ropa impregnándose con su olor. Me alejo y busco otra silla para sentarme frente a ella, intento que mis movimientos no sean bruscos, pero a veces solo no puedo evitarlo. —¿Cómo te encuentras? —carraspeo. Observo su rostro mallugado y recuerdo la forma en la que sus ojos brillaban en la madrugada por la fiebre, su cabello corto se pegaba a su rostro y ella lucía tan…desesperada. Me resulta encantador poder verla más despierta, sin fiebre nublando sus sentidos, mejorando. Su cabello es del color de las avellanas y apenas roza sus hombros, lo tiene revuelto de una forma encantadora, tan natural que me hace incapaz de apartar la mirada.  Ella sigue vistiendo el camisón que me permitió colocarle anoche, reprimo los recuerdos intrusivos de su cuerpo, me golpeó en las entrañas tener que verla tan lastimada. Sus piernas están extendidas hacia mí, como si no quisiera flexionarlas, son largas y perfectas, lo único incorrecto en ella son los golpes y las vendas. Daría cualquier cosa por borrarlas definitivamente de ellas, pero ni siquiera con la medicina mágica podemos ayudarla de la noche a la mañana, su cuerpo humano no lo resistiría. —Me encuentro mejor, gracias —entrelaza sus manos sobre su regazo—. Mejor de lo que estuve anoche. Yo…espero que mi recuperación continúe sin inconvenientes —su mirada va hacia sus manos, hacia uno de sus dedos en específico. No a su dedo. Hacia el anillo allí. Tengo que apartar la mirada, siento algo en mi pecho, como si un maldito puñal estuviera clavado allí y solo quiero…sacarlo. Es la agonía la que me hace hablar. —¿Lo amas? —me esfuerzo por que mi voz no suene rota. Respóndeme, quiero exigirle. Mírame a los jodidos ojos y dime que ese hombre es el amor de tu vida. Así y solo así sería capaz de alejarme, de renunciar, aunque me condene a mí mismo a las malditas flamas del infierno. Los segundos pasan, uno más pesado que el otro. No me rompas el corazón. Por favor. Llevo mi mirada a ella, pero sigue callada mirando por la ventana. Está pensando. Eso me abofetea. Durante toda mi existencia he visto a personas amarse, proclamarse su amor con ardor, desafiando a los dioses por ello. Y ahora ella está aquí, tan callada, me pregunto si estará dudando del amor que le tiene a ese hombre con quien se ha comprometido, me pregunto si cuando ella me mire podrá ver el anhelo en mi propia mirada, la desesperación y agonía que me provoca ese anillo en su dedo. —Te diré la verdad —suspira, girando su rostro hacia mí, sus mejillas encendidas por lo que sea que estuviera pensando—. Te la diré porque eres un extraño, no me conoces y eso me libera de tener que fingir —sus palabras me hacen contener la respiración—. La respuesta es no —dice, sus ojos fieros clavados en los míos—. Dioses, no —se ríe sacudiendo sus hombros—. Definitivamente no amo al malnacido con suerte que quiere ser mi esposo. Y es esa sinceridad, ese alivio el que hace que mis manos tiemblen. —¿Entonces por qué? —cuestiono, sin molestarme en ser cuidadoso con mi tono, con mi exigencia sin derecho. Estoy tan confundido que nada de eso me importa, solo necesito que ella responda. Se encoje de hombros, tan natural que quiero gruñirle. Esta conversación no es algo sin importancia, al menos no para mí. —¿Por qué haces algo que no quieres hacer? —suelta ella. Su seriedad ha regresado, me estudia. Curvo mi espalda y apoyo mis codos sobre mis piernas. —¿Por qué haces algo que no quieres hacer? —repito. Y dejo que la respuesta venga a mí—. Porque recibes algo a cambio. Asiente mirándome con atención. —Exacto, Evander —mi ira desaparece por un segundo, pero cuando su preciosa boca sigue soltando palabras esta vuelve a hacer erupción como un maldito volcán—. Lo peor de todo es que ni siquiera soy yo la que obtiene algún beneficio —bufa—. Soy una estúpida. La ofensa hace que mi espalda se enderece. Deseo gritar, rugir, pero de mi boca no sale nada más que un leve gemido, no tolero que ella piense eso sobre sí misma, no lo acepto, no lo permito.  Actúo antes sin pensar. Mis dedos se curvan contra los suyos, su piel suave tiene misericordia conmigo, no huye de mi toque, no me rechaza. Observa como retiro el anillo de su dedo, el oro frío contra mis dedos. No quiero soltar sus manos todavía, quiero quedar en ella para siempre, pero no mientras este anillo este entre nosotros.   —¿Qué haces? —pregunta por fin, sin fuerza. Su ceja se enarca cuando se topa con mi mirada, su olor penetra en mis fosas nasales, la belleza de su rostro me absorbe. —¿Por qué haces algo que no quieres sin recibir beneficio? —cuestiono con dureza. Se queda muda y me alejo, la distancia se vuelve tangible después de haber saboreado el aire que la rodea. Me pongo de pie y comienzo a caminar hacia la puerta, llevo el anillo al bolsillo de mi pantalón de mezclilla para guardarlo, pienso derretirlo más tarde, lo único que me detendría sería una negativa de ella. —Una chica vendrá a ayudarte en un momento, voy a llevarte a otro lugar, ya no puedes permanecer aquí. Hace un sonido de angustia que me detiene, giro para buscarla, asustado por su repentina pena. —Ellos prometieron dejar que me quedara hasta que pudiera irme yo misma… Y-yo no estoy capacitada —pánico llena sus facciones—. Acaso u-ustedes… ¿Localizaron a mi familia? Hago un movimiento de negación, estoy desconcertado por su miedo, no entendió para nada lo que quise decir, piensa que alguien más vendrá por ella, su familia o…su prometido. De ninguna jodida manera. —No, Ariadna —su nombre hace vibrar todo mi cuerpo, es un canto, una oración. Estoy maldito y ese nombre es mi salvación entera—. Ninguno de ellos vendrá por ti, no a menos que tú lo desees —prometo—. Pero ya no puedes quedarte aquí, voy a llevarte a mi casa para que puedas continuar con tu recuperación. Está aturdida por mis palabras, pero aun así deja escapar en voz baja: —¿Qué? —No tienes de que preocuparte, tus cuidados permanecerán, me asegurare de eso. Conmigo nunca nada le hará falta. —Yo…no sé qué decir. Estoy agradecida, Evander. Quiero envolverla con mis brazos, protegerla de todo este mundo podrido que podría infestar la luz en sus ojos, en su alma. Mi alma. Todo, maldita sea, todo lo que quieras de mí lo tendrás. Pero no digo eso. —No te preocupes, querida. Lo digo de una forma que no he utilizado en un par de décadas, ella parpadea sonrojada, sorprendida por el cambio en mis palabras en mi tono. Quiero quedarme, no quiero despegar mis ojos de ella. Pero al final lo hago. ***** Intercepto a Yohany, una de las hadas que trabaja para mí. —Ve a la casa de Teneer, dile que vas de mi parte para ayudar a la humana, necesito que la prepares. Ella, como mis otros empleados, saben lo que Ariadna es para mí, por esa razón no cuestionan. —Sí, señor. Su piel rosada brilla al recibir mi pedido y la detengo antes de que se vaya dándole una inspección. Sus ojos son del color del cielo y su cabello es n***o como la noche. Ariadna no puede verla así, se asustara. Yohany es un hada en toda su naturaleza, todo ella es sobrenatural, no hay forma de que Ariadna eluda ese detalle. —Tomate una poción que te haga lucir normal —ordeno—. No quiero que se asuste —asiente. Entro a mi casa y olfateo el aire, todos están aquí, suelto un aullido alto como llamado para que el resto de mis trabajadores vengan a mí. No son demasiados, las criaturas mágicas siguen prefiriendo la tierra de los mágicos en lugar de la humana, pero los que se aventuran aquí, siempre buscan a personas mágicas que ya tengan experiencia para que los puedan instruir. Tres figuras elegantes aparecen por el pasillo. Un hombre con aspecto altanero y dos mujeres nerviosas. —Señor —saludan haciendo una reverencia. Inclino mi cabeza hacia ellos. —Todos tienen que estar preparados —aviso con severidad, no quiero que duden por un segundo el seguir mis órdenes al pie de la letra—. Traeré a la dueña y señora de esta casa, van a servirla como me sirven a mí, sin discusión. Sin embargo, tendrán que esconder los que son, solo hasta que pueda explicarle a ella lo que somos —mis ojos se clavan en Kortian, el único en el mundo en el que confío—. Sigue estando débil y necesitare que mantengan cuidados especiales.   Cass y Frany se miran entre sí. —¿L-le preparamos una habitación? —pregunta la mujer pelirroja, Frany. Vacilo…digo lo primero que se me ocurre. —No —gruño—. Se quedara conmigo —en el momento en que lo digo sé que eso no funcionará—. Vayan al pueblo y compren todo lo que una mujer humana pueda necesitar —asienten—. Ahora —los apresuro. Ambas desaparecen al instante. —Kort —digo, llamando a la criatura deslumbrante que ha robado el aliento de muchos.   —¿Sí? —su elegancia al caminar es innata. En más de una ocasión ha intentado instruirme para dejar de ser tan brusco, pero nunca he conseguido seguirle, tampoco lo había deseado. —Haz lo que mejor sabes hacer, nada extravagante, no quiero que se asuste. Sus ojos brillan con lo que reconozco como desafío. —¿Alguna cosa especial? —Está recuperándose del accidente, solo cosas saludables, ligeras —explico con algo de tensión, no me gusta hablar sobre ese accidente. Kortian asiente, sopesando mis palabras y luego desaparece en un suspiro. Miro el reloj de estilo antiguo en mi pared. Yohany ya debe haber terminado con Ariadna. Su nombre envuelve mi mente, se repite, vibra, salta, lo llena todo. No había querido pensar antes en su nombre porque sabía que eso acabaría conmigo, pero ahora tengo esperanzas y puedo permitírmelo. Me detengo un segundo para respirar sintiendo el olor débil de azúcar quemada. Mi casa queda algo lejos de la manada, solo por el hecho de no ser muy bien recibido. Mi terreno no es tan grande como el de Teneer, es bastante pequeño en realidad. Nunca necesite mucho y no quería iniciar una guerra con un alfa por querer quitarle un trozo de su territorio para mí. Yo más que nadie sé que al final la tierra no le pertenece a nadie, se pertenece a sí misma. Sigo el olor dulce con el corazón golpeteando contra mi garganta. La vida inmortal terminó conmigo, me consumió, arrebató todo lo…bueno que pude haber tenido alguna vez y ahora, ahora mi corazón está latiendo, mi rostro se está sonrojando y quiero sonreír. Vida, la vida fluye otra vez por mis venas, salta, chispea. Puedo sentir otra vez. Puedo saborear el mundo otra vez. Nada es seguro todavía, pero sé que una probabilidad la incluye a ella y eso es todo lo que necesito para seguir adelante.    
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