El Sargento permaneció sumido en sus propios pensamientos hasta el instante en que arri- bamos a la plantación de abetos que conducía a las arenas movedizas. Allí se recobró como un hombre que ha estado ordenando sus ideas para hablarme nuevamente. —Mr. Betteredge —dijo—, en vista de haberme hecho usted el honor de compartir mi bote, y teniendo en cuenta el hecho de que puede usted brindarme algún apoyo antes de que este crepúsculo se haya extinguido, no veo que tengamos nada que ganar ninguno de los dos engañándonos recíprocamente, por lo cual me dispongo inmediatamente a ofrecerle un ejemplo de mi buena voluntad. Usted está resuelto a no darme información alguna que pue- da perjudicar a Rosanna Spearman, porque ella ha sido siempre para usted una buena mu- chacha y siente

