¡Yo empecé a preguntarme si era en verdad cierto que el famoso Cuff me había distinguido entre otros mil, después de todo! Significó un alivio para mí el hecho de que alguien llama- ra a la puerta y de que fuéramos interrumpidos por la cocinera, quien traía un mensaje. Ro- sanna Spearman había pedido permiso para salir, por el motivo habitual: su cabeza no esta- ba bien y necesitaba respirar un poco de aire fresco. Ante una señal del Sargento respondí que sí. —¿Cuál es la puerta de salida de la servidumbre? —preguntó en cuanto se hubo alejado la mensajera. Yo le indiqué el sitio. —Cierre con llave la puerta de su cuarto —dijo el Sargento—; y si alguno pregunta por mí, dígale que estoy aquí ordenando mis ideas. Nuevamente volvió a fruncir las comisuras de sus labios y des

