—Mi joven ama se rehusa al registro de su guardarropa. —¡Ah! —dijo el Sargento. Su voz no condecía en absoluto la perfecta serenidad que emanaba de su semblante. Había dicho "¡Ah!” con el tono de un hombre que escucha algo que esperaba oír. Por una parte casi me encolerizó; por la otra, casi me produjo espanto… Por qué, no podría decirlo, pero lo cierto es que eso es lo que sentí. —¿Habrá que suspender el registro, entonces? —le pregunté. —Sí —dijo el Sargento—, el registro no podrá efectuarse porque su joven ama se niega a someterse a él como los demás. O se examinan todos los guardarropas de la casa, o nin- guno. Envíele a Mr. Ablewhite su maleta a Londres por el próximo tren y devuélvale el libro del lavado a la joven que lo trajo, haciéndole llegar mi agradecimiento

