—¿Todo esto es para mí? Oh, Hugh, no podría comer todo esto en una semana. —Ella lo apartó. —Entonces come lo que puedas. No permitiré que nadie acuse a mi esposa de auto-inanición. —Empezó a servirse. —Ajá, así que es eso. —Ella le dedicó una mitad sonrisa, mitad mueca—. ¿Quieres engordarme como a un cordero para el matadero? Puedo mantenerme con las damas de la corte, he estado con peores. —No, no quise decir eso. Come lo que puedas, yo acabaré el resto. —Y cenó como el guerrero que era, sin dejar ni una miga ni rastro de carne en un hueso. Después de unos cuantos mordiscos del plato amontonado, consiguió acabar con una ración de las peras y las castañas dispuestas para el postre. ¿Por qué no había nadie con sobrepeso en este tiempo? —se preguntó. * * * El solar estaba bañado por l

