Alma no dejaba de llorar, estaba histérica.—¡Por eso no querías comer allí! Eres su maldito cabrón, sabías de esto, ¿Mi abogado? ¿Me vigilabas para ella? —comenzó a gritar Alma como loca al abogado, que no perdía la compostura. —¡Nada de eso! El día que fuiste a mi oficina, exactamente dos días antes, las vi justo como hoy, solo que entonces no sabía que se veía contigo, cuando me dijiste que estabas en una relación con ella, me quedé confundido, no era mi asunto por resolver —explicó con frialdad. Alma cerró los ojos y siguió llorando, se sintió estúpida ¿Cómo pudo creer todo? Se decía, estaba tan ilusionada con Pía, con vivir juntas, tener una noviazgo, consentir a la persona que amaba, recordó que compró uvas deshidratadas en el mercado para prepararle postres a Pía, y ella estaba pen

