El descenso desde el Sacromonte hacia el Albaicín fue un ejercicio de contención física y mental. Aarón caminaba con una rigidez que Valeria sabía que era puro esfuerzo de voluntad; cada paso sobre el empedrado irregular de las cuestas era un desafío a los puntos de sutura que Carmen había aplicado con tanta pericia en la cueva. Valeria lo flanqueaba, vestida con ropas sencillas compradas en el mercado del barrio, ocultando su mirada tras unas gafas oscuras pero manteniendo su atención dividida entre el equilibrio de Aarón y las sombras que se movían en los callejones laterales. Sabía que los primos de Curro estaban allí, mimetizados entre los turistas y los vendedores de artesanía, pero también sabía que el Espectro no era un hombre que se dejara intimidar por la vigilancia local. — Si e

