El ascenso hacia el Sacromonte se sintió como un viaje en el tiempo, una transición violenta desde la modernidad de las autopistas andaluzas hacia un laberinto de tunas y pitas que se retorcían bajo la luz de una luna gibosa. La furgoneta trepaba por las cuestas imposibles con un quejido de válvulas, dejando atrás el murmullo de la ciudad de Granada para internarse en el silencio denso de la montaña. Aarón permanecía en el asiento del copiloto, con la mandíbula apretada y la mano presionando la herida de su costado, que ahora latía con un dolor sordo y constante. Valeria conducía con los ojos fijos en el retrovisor, esperando ver en cualquier momento el destello azul de las sirenas que habían dejado atrás en los olivares de Tarifa. — No mires atrás, Vale — susurró Aarón, su voz era un ras

