La luz del Ampurdán era diferente a la de cualquier otro lugar donde Valeria hubiera estado. Tenía una claridad técnica, casi quirúrgica, que entraba por el ventanal del estudio y desnudaba cada poro de la tela blanca sobre el caballete. Durante los últimos diez días, Valeria se había convertido en una extensión del pincel. No pintaba por placer; pintaba por necesidad, extrayendo de su memoria visual los patrones fractales que Aarón le había obligado a memorizar en la seda negra y los códigos que sus ojos habían capturado en los monitores de Mykonos. El lienzo ya no era blanco. Ahora era un laberinto de rojos profundos, negros abisales y líneas doradas que se entrelazaban formando una arquitectura que solo ella y Aarón podían comprender. En la planta baja, el sonido rítmico de las teclas

