La barca de pescadores golpeaba las olas con una violencia rítmica, una percusión metálica que Valeria sentía en la base de su columna. El Mediterráneo, que una vez les prometió libertad en las costas de Mykonos, ahora se mostraba hosco y oscuro, un espejo de la incertidumbre que los envolvía. Aarón estaba al timón, con la mirada fija en el horizonte donde las luces de Marsella empezaban a dibujar una corona de espinas dorada sobre la costa francesa. Su rostro, iluminado intermitentemente por el radar de navegación, parecía esculpido en granito; la debilidad de la herida había sido reemplazada por una tensión eléctrica, la de un hombre que sabe que está a punto de jugar su última mano contra un rival que no acepta la derrota. Valeria, sentada en el suelo de la cabina, protegía el lienzo e

