El despertar en "O Refúgio" no traía consigo el alivio de la libertad, sino el peso de una responsabilidad que Valeria sentía en cada fibra de su cuerpo. La finca de café, con sus laderas escarpadas y su vegetación que parecía querer devorar la casa cada noche, era un organismo vivo que exigía una atención constante. Valeria se levantó de la cama con el movimiento mecánico de quien ha aprendido a ignorar el cansancio. A su lado, el espacio de Aarón ya estaba frío. Él nunca dormía más de cuatro o cinco horas; el hábito de la vigilancia era una cicatriz que no desaparecía con el aire puro de la montaña. Bajó a la cocina, donde el olor a granos tostados y leña quemada era la única constante en su nueva existencia. Mateo, que apenas gateaba, estaba en su corralito de madera de cedro, observan

