El estampido del fusil del mercenario volvió a desgarrar el aire, pero Valeria ya no era la espectadora de su propia tragedia. Desde su posición en el Cedro Grande, el mundo se había reducido a un encuadre de precisión y muerte. A través de la mira de su arma, veía al tirador de la colina norte como una mancha técnica que profanaba la pureza de la selva. El hombre estaba concentrado en el secadero, esperando que la silueta de Aarón emergiera del vapor de los generadores. No sabía que, a menos de treinta metros, una mujer que había aprendido a disparar antes que a cocinar, lo tenía en su centro de gravedad. Valeria contuvo la respiración, sintiendo el latido de Mateo contra su pecho como un metrónomo de guerra. El niño, milagrosamente, permanecía en un silencio sepulcral, como si comprendi

