El trayecto hacia el Mato Grosso fue una odisea de privación sensorial y paranoia constante. Abandonaron el todoterreno en una zanja cerca de la frontera con Paraguay, cubriéndolo con ramas de palma hasta que el vehículo pareció una excrecencia natural de la selva. Aarón no dejó rastro; quemó los asientos para borrar cualquier fibra de ADN y enterró las placas en el lecho de un río seco. Desde ese momento, la civilización dejó de existir para Pedro y Lucía Martins. Lo que quedaba de ellos eran dos cuerpos curtidos por el sol y una voluntad de hierro que protegía el pequeño bulto que respiraba contra el pecho de Valeria. Entraron en el Pantanal por la región de Poconé, donde la Transpantaneira se convierte en una línea de tierra roja que se hunde en el agua durante la estación de lluvias.

