El complejo de seguridad oculto en el corazón de las Sierras de Córdoba, una réplica arquitectónica de una fortaleza brutalista, se sentía más como un mausoleo que como un refugio. El aire estaba saturado de ozono y el zumbido constante de los ventiladores de los servidores que Aarón Vera mantenía activos las veinticuatro horas. Valeria caminaba por el pasillo de hormigón pulido, el eco de sus pasos resonando contra las paredes desnudas. Ya no llevaba los vestidos de seda que él le elegía; ahora vestía ropa táctica, oscura y funcional, una piel nueva para una mujer que había dejado de ser una espectadora de su propia vida. Aarón estaba en la sala de mando, rodeado de pantallas que vomitaban flujos de datos financieros y mapas de calor de movimientos de capitales en el mercado n***o europe

