Capítulo 59

1916 Palabras

El silencio que siguió a la destrucción de la obsidiana era diferente al silencio de la nieve. Era un silencio expectante, cargado con la electricidad estática de quien ha cortado un cable de alta tensión y espera el chispazo de retorno. Aarón permaneció de pie frente a los fragmentos negros esparcidos sobre el manto blanco, su respiración formando densas nubes de vapor que se disolvían en el azul cobalto del cielo andino. Valeria, desde el umbral de la cabaña, apretó a Mateo contra su pecho; el niño, envuelto en mantas de alpaca, dormitaba ajeno a la señal de guerra que acababa de extinguirse bajo el hacha de su padre. Aarón regresó al porche, recogió los restos más grandes de la piedra negra y los llevó a la mesa de madera. Sus dedos, entumecidos por el frío pero precisos como siempre,

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