El descenso de la Sierra de la Bodoquena no fue una huida, sino un desprendimiento. El aire ralo de las cumbres fue quedando atrás, reemplazado por la humedad pesada y el aroma a vegetación en descomposición que anunciaba el regreso a las tierras bajas del Chaco. La cabaña de adobe, el búnker de titanio bajo sus pies y la obsidiana negra eran ahora parte del estrato geológico de los Andes, un secreto enterrado bajo toneladas de nieve y olvido. Aarón y Valeria caminaban con el ritmo de quienes han entendido que su mayor protección no es la tecnología, sino la mimetización con lo elemental. Mateo, que ya empezaba a balbucear sonidos que imitaban el viento, observaba el mundo desde el fular de su madre con una atención que a Valeria empezaba a inquietarla. Había una fijeza en su mirada, una

