El regreso a Buenos Aires no fue la entrada triunfal de un imperio restaurado, sino la infiltración sigilosa de un virus en un organismo que ya lo había dado por muerto. La ciudad de cristal, con su humedad pegajosa y su arrogancia de hormigón, los recibió bajo un cielo color panza de burro que amenazaba con una tormenta eléctrica. Aarón y Valeria, ahora ocultos bajo las identidades de una pareja de clase media del interior, cruzaron el puente Pueyrredón en un autobús de línea, mezclándose con la marea de rostros cansados que volvían del trabajo. Mateo, sentado en el regazo de su padre, observaba los rascacielos de Puerto Madero con una fijeza sobrenatural. Valeria notó cómo los ojos del niño seguían el parpadeo de los carteles de neón y las señales de tráfico con una lógica que no era cu

