El frío en los confines del mundo no es solo una temperatura; es una presencia física que devora el sonido, la esperanza y el rastro de los hombres. El Estrecho de Gerlache, en la península antártica, se extendía ante Aarón y Valeria como un desierto de hielo azul y n***o, un espejo congelado donde la civilización era solo un rumor lejano. El refugio que habían encontrado era una antigua estación ballenera noruega, abandonada desde los años sesenta, cuyas paredes de madera crujían bajo el peso de la escarcha y el viento catabático que bajaba de las cumbres polares. Aquí, en el límite de lo habitable, la arquitectura de la huida había alcanzado su forma final: el aislamiento absoluto. Ya no había tierra roja, ni selva, ni ciudades de cristal. Solo existía el blanco infinito y la necesidad

