El hidroavión Catalina, una reliquia de aluminio y remaches oxidados, tosía aceite sobre las aguas turquesas del Archipiélago de las Tuamotu. Habían pasado tres meses desde el incendio en la Antártida, tres meses de saltos clandestinos entre puertos francos, pistas de aterrizaje de coral y barcos de carga que olían a copra y pescado salado. El frío polar había sido sustituido por un calor húmedo que se pegaba a la piel como una condena, pero el miedo, ese viejo compañero de viaje, seguía teniendo la misma temperatura gélida de siempre. Aarón Vera manejaba los controles del avión con una mano, mientras la otra sostenía un mapa náutico de 1945. Su rostro estaba más delgado, su piel curtida por la sal y el sol ecuatorial, dándole el aspecto de un pirata que ha regresado del fin del mundo sol

