El horizonte de Nukutere se tiñó de un color naranja cobrizo, el tono exacto de una advertencia que Valeria reconoció de sus años estudiando la luz en las galerías de Europa. La calma de la laguna era un cristal perfecto, pero bajo la superficie, la vida bullía con una violencia silenciosa que reflejaba la tensión de sus ocupantes. Aarón no había dormido en cuarenta y ocho horas. Se había dedicado a sembrar el anillo de coral con "sensores de percusión" —dispositivos mecánicos fabricados con latas del hidroavión y cables de tensión— que amplificaban el sonido de cualquier motor aproximándose a la barrera. La predicción de Mateo sobre el "hombre del ojo de cristal" no era una fantasía infantil; era el primer síntoma de una interferencia que estaba rompiendo la paz del Pacífico. — No vendr

