El invierno en París no tenía la pureza gélida de la Antártida ni la hostilidad volcánica de las Tuamotu; era una humedad grisácea que se filtraba por los huesos y olía a castañas asadas, humo de escape y secretos centenarios. La Ciudad de la Luz se desplegaba ante Aarón y Valeria como un tablero de ajedrez donde las piezas se movían con la lentitud de los siglos. Tras un viaje extenuante a bordo del carguero liberiano y una entrada clandestina a través de los puertos del norte, la familia Vera volvía al epicentro de la sofisticación europea, el lugar donde la Seda Negra siempre había tenido sus mejores tejedores. Se instalaron en un "hotel de paso" en el Distrito 10, un lugar donde las paredes de papel y el ruido del metro elevado ocultaban las conversaciones de los desesperados. Aarón,

