La nieve caía sobre el Sena con una delicadeza que insultaba la violencia que acababa de ocurrir en las entrañas de la Isla de Saint-Louis. El humo n***o, cargado con el olor a cuero viejo y productos químicos, se elevaba desde la cripta de la iglesia, dispersándose en el cielo plomizo de París. Aarón, Valeria y Mateo caminaban por el muelle de Orleans, fundiéndose con las sombras de los plátanos desnudos. No corrían; el pánico era un lujo que ya no podían permitirse. Se movían con la cadencia de los supervivientes, con los hombros hundidos por el peso de una libertad que acababa de costarles su última referencia en el mundo. El refugio en el Distrito 10 se sentía ahora como una jaula demasiado pequeña para el tamaño de su victoria. Al entrar en la habitación, Aarón cerró la puerta con tr

