Dos décadas después del incendio de París, el nombre de Aarón Vera ya no provocaba susurros de terror en los pasillos de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires ni en las logias del Vaticano. Se había convertido en una nota al pie en la historia de la ciberseguridad, un mito urbano sobre un inversor que, supuestamente, poseía el secreto para controlar los flujos de capital del hemisferio sur y decidió borrarlo todo por amor a una mujer. Pero para aquellos que conocían la verdadera naturaleza de la Seda Negra, el vacío que dejaron no era una leyenda, sino una herida abierta que nunca terminó de cicatrizar. La Caída de las Torres de Cristal En las altas esferas de la Orden, el colapso fue sistémico. El Cardenal Rossi, el hombre que había pretendido heredar el control biométrico a través de Ma
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