CAPITULO 1
El metal chirriando contra el metal fue el último sonido que escuché de mi vida anterior. Ese sonido agudo, seco y definitivo que durante tres años había marcado el inicio y el fin de mis días. Al cruzar el umbral de la puerta principal de la prisión de Santa Martha, el aire me golpeó la cara con una violencia inesperada. No era el aire viciado de las celdas, cargado de humedad, sudor y desesperación; era un aire que olía a libertad, a asfalto caliente y a un mundo que había seguido girando sin mí.
Me detuve un momento, apretando contra mi pecho la pequeña bolsa de plástico que contenía las únicas pertenencias que me devolvían: un teléfono descargado y obsoleto, una billetera sin dinero y la ropa que llevaba puesta el día que mi mundo se desmoronó.
Sentí una punzada en el centro del pecho. Era una mezcla agridulce, un nudo de felicidad que amenazaba con hacerme gritar y una tristeza tan profunda que me entumecía los huesos. Era libre, sí. Pero, ¿qué significaba la libertad cuando no tienes a dónde ir y tu nombre ha sido arrastrado por el fango por la misma sangre que corre por tus venas?
Caminé unos pasos hacia la acera, sintiendo el suelo extrañamente suave bajo mis pies. Me permití cerrar los ojos y recordar el día que todo se volvió n***o.
Sucedió un jueves de lluvia torrencial, el tipo de día que debería haber servido de advertencia. Mi hermano mayor, Julián, llegó a casa sudando, con los ojos desorbitados y una maleta que parecía pesarle más que su propia conciencia. Me dijo que necesitaba un favor, que guardara eso en mi habitación por unas horas, que era "mercancía de la empresa" y que su jefe no podía verla todavía. Yo, en mi estúpida inocencia, en ese amor ciego que le tienes a la familia, acepté.
No pasaron ni veinte minutos cuando la puerta de entrada fue derribada. El estruendo de las granadas aturdidoras y los gritos de los agentes federales se grabaron a fuego en mi memoria. Me tiraron al suelo, el frío del piso contra mi mejilla mientras me gritaban mis derechos. Julián no estaba por ninguna parte. Se había ido por la ventana de la cocina antes de que el primer agente pusiera un pie dentro.
Cuando abrieron la maleta en mi cuarto, no había ropa ni documentos. Había cinco kilos de cocaína pura y un arma que, más tarde supe, estaba vinculada a un homicidio reciente.
Mi padre, el hombre que me había enseñado a montar en bicicleta y que me leía cuentos de niña, fue el primero en señalarme. En el juicio, no hubo dudas. Mi familia se puso de acuerdo. Julián tenía un futuro, un negocio que heredar, un "buen nombre" que proteger. Yo solo era Elora, la hija menor, la que siempre había sido un poco rebelde. Mi propio padre testificó en mi contra, diciendo que yo siempre había andado con malas compañías, que ellos no sabían lo que yo hacía en mi habitación.
Me vendieron. Me usaron como el cordero del sacrificio para que Julián pudiera seguir caminando libre. El dolor de ver a mi madre llorar en la tribuna sin ser capaz de mirarme a los ojos dolió más que la sentencia de tres años. Mi propia sangre me había enterrado viva para salvarse ellos.
Un auto tocó la bocina, devolviéndome a la realidad. Abrí los ojos. El sol de la mañana me cegaba. Me toqué el rostro y noté que estaba empapado en lágrimas.
—Se acabó —susurré para mí misma, aunque mi voz sonó rota, casi ajena—. Ya pagué por un pecado que no cometí.
Empecé a caminar sin un rumbo fijo. Mis piernas se sentían pesadas. Cada mirada de los transeúntes me parecía una acusación. ¿Se darían cuenta de que venía de *allí*? ¿Llevaba el olor a encierro impregnado en la piel?
Llegué a una pequeña plaza y me senté en una banca de madera. El hambre empezó a morder mi estómago, pero no tenía ni un peso. Pasé las horas viendo a la gente pasar: madres con sus hijos, hombres de negocios hablando por teléfonos caros, jóvenes riendo. Todos tenían un propósito, un lugar a donde ir. Yo solo tenía una bolsa de plástico y un pasado que me quemaba las manos.
Fue entonces cuando la vi.
—¿Elora? ¿Elora Vance?
Me tensé de inmediato, lista para defenderme. Era un instinto que se aprende rápido tras las rejas. Pero al levantar la vista, me encontré con unos ojos conocidos. Era Sofía, una antigua amiga de la universidad, alguien a quien no veía desde antes de la catástrofe.
—¿Sofía? —mi voz fue un hilo.
Ella se sentó a mi lado, ignorando mi aspecto demacrado y mi ropa desgastada. Me contó que se había enterado de lo que pasó, que sabía que mi familia me había dado la espalda. No hubo juicios en sus palabras, solo una compasión que me hizo querer llorar de nuevo.
—Escúchame, Elora —me dijo, tomándome de las manos—. Sé que estás en una situación difícil. Nadie te va a dar trabajo con esos antecedentes, y menos en este sector. Pero hay una oportunidad. Un viejo conocido de mi padre, alguien con mucho poder, está desesperado.
—¿De qué hablas? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Killian Vane —pronunció el nombre con una mezcla de respeto y miedo—. Es un magnate, un hombre que mueve los hilos de media ciudad. Perdió a su esposa hace un par de años y ahora se ha tenido que hacer cargo de sus sobrinos, pero es un hombre frío, casi inhumano. Ha despedido a diez niñeras en tres meses. Ninguna aguanta su carácter, y los niños... los niños están rotos, Elora.
Negué con la cabeza, sintiendo un vacío en el estómago.
—Sofía, acabo de salir de prisión. Un hombre como él me echaría a los perros en cuanto viera mi expediente.
—Él no busca un expediente impecable ahora, busca a alguien que logre que su sobrina deje de llorar. La niña no habla con nadie, rechaza a todas. Pero tú... tú siempre tuviste ese don. Elora, es tu única salida. Él no hace preguntas si el trabajo se hace bien. Mi padre le dio una recomendación vaga, no sabe de dónde vienes realmente. Ve mañana. La entrevista es a las diez.
Me entregó un papel con una dirección y un billete de quinientos pesos.
—Cómprate algo de comer, báñate y ponte algo decente. Es tu oportunidad de desaparecer y empezar de nuevo.
Me quedé sola en la banca, apretando el papel contra mi pecho. Una niñera para un magnate. Un hombre de hierro y una mujer de cristal roto.
Al día siguiente, me encontraba frente a las puertas de la mansión Vane. Era una estructura imponente de mármol y cristal que gritaba "riqueza" en cada ángulo. Mis manos temblaban mientras alisaba mi vestido sencillo, el mejor que pude conseguir con el poco dinero que me dio Sofía.
El guardia de la entrada me escoltó hacia un estudio que parecía más grande que todo el pabellón de la cárcel donde viví tres años. El silencio era absoluto, roto solo por el tic-tac de un reloj de pared que parecía contar los segundos que me quedaban de esperanza.
Había otras tres mujeres allí. Todas lucían uniformes impecables, títulos de pedagogía en sus manos y sonrisas ensayadas. Yo me sentía como un fraude, un animal herido tratando de hacerse pasar por doméstico.
De repente, una puerta doble se abrió.
—La siguiente —una voz profunda, como un trueno distante, retumbó desde el interior.
Era él. Killian Vane.
Entré al despacho con el corazón martilleando en mis oídos. El hombre estaba sentado tras un escritorio de caoba oscura. Tenía el cabello n***o perfectamente peinado, una mandíbula afilada que parecía tallada en piedra y unos ojos de un azul tan gélido que sentí que podían ver a través de mis mentiras. Su traje era impecable, ni una sola arruga, igual que su presencia: dominante, oscura, letal.
No me miró de inmediato. Estaba revisando unos papeles.
—Nombre —ordenó, sin levantar la vista.
—Elora... Elora Vance —mi voz tembló más de lo que quería.
En ese momento, él levantó la cabeza. Su mirada se clavó en la mía y sentí una descarga eléctrica recorrer mi columna. No era una mirada de cortesía; era una inspección. Me analizó como si fuera un activo que debía evaluar para una compra. Sus ojos se detuvieron en mis manos, que yo intentaba esconder, y luego volvieron a mi rostro.
—Vance —repitió, su voz arrastrándose con una elegancia peligrosa—. Un apellido que alguna vez tuvo peso. ¿Por qué estás aquí, Elora? No pareces el tipo de mujer que disfruta cambiando pañales.
—Necesito el trabajo —respondí con una firmeza que no sabía que tenía—. Y soy buena con los niños. Ellos ven cosas que los adultos ignoran.
Killian soltó una risa seca, sin rastro de humor.
—Aquí no buscamos filosofía, buscamos resultados. Mis sobrinos son... difíciles. Sobre todo la pequeña, Mía. No ha dicho una palabra en meses. Si no puedes controlarla, no me sirves.
Justo cuando iba a responder, la puerta se abrió de golpe. Una niña pequeña, de unos cinco años, entró corriendo. Tenía el cabello enmarañado y los ojos rojos de tanto llorar. Llevaba un juguete roto en las manos. Detrás de ella, una de las niñeras aspirantes intentaba alcanzarla, pero la niña se escabulló con una agilidad sorprendente.
Mía se detuvo en seco al verme. Las otras niñeras habían intentado acercarse a ella con voces agudas y dulces, tratándola como si fuera de cristal. Yo hice lo contrario. Me puse de cuclillas, quedando a su altura, y no dije nada. Solo extendí mi mano hacia el juguete roto.
Killian observaba desde su escritorio con una expresión de absoluto aburrimiento, como si esperara que yo también fracasara.
La niña me miró con una desconfianza feroz. Pero algo cambió cuando vio mis ojos. Quizás reconoció la misma tristeza que ella cargaba. Quizás vio que yo también sabía lo que era estar en una jaula, aunque la mía fuera de concreto y la de ella de oro.
Lentamente, Mía se acercó y puso el juguete en mi mano.
—Se puede arreglar —le susurré, sin apartar la vista de la suya—. Solo necesita un poco de paciencia. Como todo lo demás.
La pequeña no habló, pero se sentó en el suelo junto a mí, apoyando su cabeza en mi rodilla. Un silencio sepulcral inundó la habitación.
Miré hacia arriba y me encontré con la mirada de Killian. Ya no era aburrimiento lo que veía en sus ojos azules. Era una curiosidad intensa, oscura y cargada de una tensión que me hizo arder la piel.
—Parece que has pasado la prueba de la niña —dijo él, levantándose lentamente. Era mucho más alto de lo que imaginaba, su presencia llenaba todo el espacio, volviéndolo asfixiante—. Pero ahora viene la mía. Mañana a las siete de la mañana. No llegues tarde, Elora. En esta casa, los errores se pagan caros.
Él se acercó a mí, lo suficiente como para que pudiera oler su perfume: maderas nobles, tabaco caro y algo puramente masculino que me revolvió los sentidos. Se inclinó hacia mi oído y bajó la voz hasta convertirla en un susurro que me erizó el vello de la nuca.
—No sé qué es lo que escondes tras esa mirada de mártir, pero te advierto algo: voy a descubrirlo. Y cuando lo haga, espero que valga la pena el caos que vas a traer a mi puerta.
Se retiró sin decir más, dejándome allí, en el suelo de su lujoso despacho, con una niña rota a mi lado y el corazón latiendo al borde del abismo. Era libre de la prisión, pero acababa de entrar en una celda mucho más peligrosa: el mundo de Killian Vane. Y algo me decía que de esta cautividad no saldría ilesa.