Un silencio se hizo tras aquellas palabras. Mis ojos, se abrieron con espanto centrándome en Olympia, quien dándome la espalda parecía querer echar a correr. —Olympia... —susurré como acto reflejo, sosteniéndola de su brazo —, no te vayas, por favor. Ella se giró, con la mirada desorientada, pero fingiendo una sonrisa amable. —Estoy bien, les dejaré a solas —dijo con voz neutra —. Yo iré avanzando hasta la terminal. Allí te espero. —No tardaré —prometí, recibiendo un suave beso que supo a presagio, poniéndome más difícil aún, encajar aquella situación. ¿Gisela, embarazada de mí! gritaba mi subconsciente sin poder aceptarlo, y con el escepticismo asociado a su silencio. Miré a la chica que disimulaba su llanto frente a mí, manteniendo una distancia prudente temiendo sin duda,

