Durante las siguientes semanas y por estricta restricción médica, fuimos prisioneros de la lluviosa ciudad de Londres. Allí, mi tarea consistía en la ardua tarea de hacer que mi novia siguiera las pautas básicas para su recuperación. Muy a su pesar me esforzaba a diario en buscar entretenimiento para ambos, consiguiendo sosegar en ocasiones su habitual mal humor naciente de la inactividad y mi patente reticencia a consentir tus deseos en el plano s****l. "Por favor" me suplicaba en muchas ocasiones llevada por el anhelo apasionado que ambos sentíamos y que una vez más me esforzaba por controlar por miedo a lastimarla. Y sí, podría parecer estúpido viéndola tan recuperada y enérgica, jurándome insistente que ya no sentía ningún malestar. — ¿Estas, segura? —susurré reticente junto a sus

