Cuando todo se calmó y el torbellino de emociones y sensaciones cesó, Elizabeth permaneció en los brazos de Lucian un instante más, sintiendo su respiración entrecortada mezclarse con el compás tranquilo de su pecho. Su cuerpo aún temblaba ligeramente, no sólo por los efectos del veneno, sino por el peso de lo que acababa de suceder. Una parte de ella, intangible pero vital, parecía haberse desvanecido para siempre. Su mente divagaba en lo irónico de la situación: toda su vida había soñado con ese momento, su primera intimidad, pero en sus sueños había sido con amor, envuelta en un aura de pureza y entrega genuina. Siempre imaginó que ocurriría en su noche de bodas, bajo el resguardo de la unión sagrada con su verdadero esposo, no de esta manera.
Pero por lo menos, sabía que al menos ante los ojos del mundo, su reputación seguiría intacta. Lucian jamás la delataría; su honor y su palabra eran irrefutables. Pero lo que más le dolía no era la posibilidad de ser juzgada por otros, sino la traición a sus propios ideales. Había jurado odiar a los vampiros, los que le arrebataron a su padre, los que representaban la oscuridad que tanto había combatido y sin embargo, aquí estaba, entre los brazos de uno de ellos, de Lucian, el vampiro que había roto sus juramentos de una manera que jamás imaginó. Este hecho cambiaría el curso de su vida para siempre, conduciendo a Elizabeth, por un camino incierto, lejos de todo lo que creía posible.
Suspiró profundamente, dejando que su cabeza se hundiera un poco más en el pecho de quien la poseía en sus brazos. Su calor producto del veneno, había comenzado a desvanecerse y la frialdad de Lucian, poco a poco, comenzaba a invadir su ser.
Por otro lado, aunque la sostenía con un cuidado reverente, podía percibir en su aura algo que no podía descifrar del todo: una mezcla de pesar, rabia contenida y una protección que no sabía si pedir o rechazar.
Lucian rompió el silencio con voz grave y con un tono cuidadosamente medido, pero cargado de matices.
– Elizabeth… ¿cómo te sientes? – preguntó, con palabras suaves, pero con un trasfondo de preocupación que no logró ocultar del todo.
Ella levantó la mirada lentamente, con sus ojos aún nublados por pensamientos y emociones que no lograba ordenar.
– No lo sé… – confesó finalmente con su voz rota, apenas siendo un murmullo.
Lucian la observó en silencio, su expresión era seria, pero sus ojos, rojos como el fuego, hablaban de una lucha interna que parecía consumirlo. Alzó una mano y acarició con delicadeza su cabello, como si ese simple gesto pudiera borrar todo lo que había pasado. Pero ambos sabían que no era así.
– Lo que ocurrió esta noche no te define, Elizabeth. – dijo finalmente, con un tono más firme. – No importa lo que haya sucedido o quién lo haya provocado. Sigues siendo tú, una mujer fuerte, íntegra y de alma pura.
Ella no respondió, pero sus palabras la alcanzaron, aunque fuera solo un poco. Cerró los ojos, permitiéndose un momento de vulnerabilidad sabiendo que él no la juzgaría.
Sin embargo, mientras intentaba consolarla, Lucian lidiaba con su propia tormenta interna. El príncipe, esa criatura mezquina y arrogante que había intentado dañarla pagaría caro y su venganza no sería solo una simple confrontación; esperaría, elegiría el momento perfecto para hacerle pagar, para humillarlo y destruirlo de una manera que jamás olvidaría. Pero por ahora, ese odio quedaba en segundo plano, por el momento, su prioridad era Elizabeth.
– Déjame llevarte a casa. – propuso suavemente, rompiendo sus propios pensamientos. – Necesitas descansar, tomarte un baño caliente y despejar tu mente, para dejar fluir este peso innecesario; ya has soportado demasiado por una sola noche.
Ella asintió débilmente, permitiendo que él la alzara en brazos como si fuera una muñeca frágil. No protestó ni intentó resistirse, simplemente se dejó guiar. En su estado, las palabras eran inútiles y en el fondo, aunque no quería admitirlo, estar en sus brazos le brindaba una seguridad que no había sentido en mucho tiempo.
El carruaje los esperaba a la distancia, envuelto en la oscuridad de la noche y mientras la acomodaba en el interior, sus ojos se encontraron nuevamente. Elizabeth percibió algo nuevo en su mirada: una promesa silenciosa, algo que no se atrevía a poner en palabras. Quizá nunca lo haría, pero por un breve instante, comprendió que él también había cambiado esa noche.
El trayecto de regreso fue silencioso, pero no incómodo. Elizabeth permaneció mirando por la ventana, dejando que la brisa nocturna rozara su rostro, mientras el sonido rítmico de las ruedas del carruaje la envolvía. Aún devastada, encontró un pequeño consuelo en el hecho de que, aunque su mundo parecía estar desmoronándose, al menos en ese momento, no estaba sola.
Cuando Elizabeth llegó a su casa, el eco de lo sucedido seguía pesando en su mente y alma. A lo largo del día, mantenía una fachada impecable, sosteniendo una postura firme e inquebrantable para que nadie en su familia sospechara, sonreía de forma medida, hablaba con calma y realizaba sus tareas con el aire de siempre. Pero por las noches, al refugiarse en su habitación, la máscara se desmoronaba. Allí, lejos de las miradas inquisitivas, lloraba desconsoladamente, llevándose consigo el dolor, la humillación y la confusión que la devoraban. Se sentía traicionada, no solo por los demás, sino también por su propio cuerpo y su destino.
Durante esos momentos de soledad, revivía una y otra vez lo ocurrido en el baile del príncipe. Recordaba el calor abrasador que había invadido su cuerpo, el mareo, la desesperación de sentir cómo perdía el control de sí misma. Sabía que él había planeado todo para aprovecharse de ella, para doblegarla y marcarla como suya. Pero también sabía que, de no ser por Lucian, su destino habría sido mucho peor. Aun así, el precio que pagó por salvarse era algo que nunca imaginó tener que ofrecer.
Marianne, su amiga de la infancia, no tardó en notar los cambios. Desde el baile, Elizabeth no era la misma y aunque intentaba ocultarlo, Marianne la conocía demasiado bien algo no andaba bien. Decidida a llegar al fondo de lo ocurrido, la confronta una tarde en el jardín de la mansión Whitmore, bajo el cielo grisáceo y entre los rosales.
– Elizabeth. – comenzó Marianne con voz firme, pero cargado de preocupación. – No puedo quedarme callada más tiempo, algo te pasa y lo sé. Desde esa noche, hay algo diferente en ti, por favor, dime qué sucede.
Elizabeth apretó las manos contra su regazo, intentando mantener su compostura. Pero las palabras de Marianne habían tocado un punto débil, una g****a en la fachada que tanto esfuerzo le había costado mantener.
– Marianne, no puedo… – respondió con su voz temblando ligeramente. – No puedo hablar de esto. Es demasiado vergonzoso. – sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas y apartó la mirada.
– Elizabeth, soy tu amiga. Nada de lo que digas cambiará eso. Déjame ayudarte, por favor. – Marianne se inclinó hacia ella, tomando una de sus manos entre las suyas.
Elizabeth intentó resistirse, pero su fortaleza se desmoronó. Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro. Marianne la envolvió en un abrazo protector, sosteniéndola como si quisiera protegerla del mundo entero. Entre sollozos, Elizabeth finalmente confesó lo ocurrido.
– Fue el príncipe, Marianne… él puso algo en mi copa. – su voz se quebró y Marianne se tensó al escuchar esas palabras. – no sé qué era, pero… pero mi cuerpo comenzó a arder. No podía pensar con claridad. Todo lo que quería era… – hizo una pausa, avergonzada, antes de continuar. – Él quiso aprovecharse de mí, Marianne. Si no hubiera escapado, habría... habría...
Marianne se apartó ligeramente, horrorizada, con los ojos llenos de lágrimas y rabia.
– Ese maldito… – murmuró, apretando los puños. – ¡Debería pagar por lo que hizo! Elizabeth, ¿cómo pudiste soportar esto sola? ¿Por qué no me buscaste antes?
– Porque no sabía cómo. – Elizabeth respondió, limpiándose las lágrimas rápidamente. – Logré escapar de él, pero el afrodisíaco seguía en mi sistema. Si no hacía algo… habría perdido el control. Necesitaba ayuda y Lucian… – sus palabras se ahogaron en un nudo en su garganta. – Lucian fue quien me ayudó a disipar los efectos. Él fue… él fue quien evitó que cayera más bajo.
Marianne quedó en silencio por unos segundos, tratando de asimilar lo que su amiga le había contado. Finalmente, habló, con la voz temblando de ira y tristeza.
– Elizabeth… no puedo imaginar lo que pasaste. Ese príncipe merece algo peor que la muerte. Pero… ¿Lucian? ¿Cómo lo manejaste? Sé cuánto odias a los vampiros. Entregarte a él debió ser devastador.
Elizabeth asintió, cerrando los ojos mientras un nuevo torrente de lágrimas caían por sus mejillas.
– Fue lo más difícil que he hecho. No solo porque es un vampiro, sino porque al hacerlo… sentí que traicionaba todo en lo que creo; rompí mis propios juramentos. Ahora me siento… vulnerable, atada a él de una forma que no puedo explicar.
Marianne la abrazó nuevamente, apretándole con fuerza.
– No puedo cambiar lo que pasó, Elizabeth, pero quiero que sepas que no estás sola. Lucian hizo lo correcto al protegerte y aunque esto te duela, no define quién eres. Eres fuerte, eres valiente y mereces algo mejor que esto. Pero por ahora… – Marianne tomó aire y apretó las manos de su amiga. – Confía en él. Si Lucian te prometió que esto quedaría entre ustedes, cumplirá su palabra y juntos, encontraremos la forma de hacer que ese príncipe despreciable pague por lo que intentó hacerte.
Elizabeth asintió, aún abatida, pero con un leve atisbo de alivio en su interior. Por primera vez desde aquella noche, sintió que no estaba sola en su lucha y aunque el dolor seguía latente, las palabras de Marianne le dieron una pequeña chispa de esperanza.
***
Mientras tanto, en la mansión Blackwood, la atmósfera estaba cargada de tensión.
Lucian, sentado frente a la chimenea, mantenía la mirada fija en las llamas que danzaban con intensidad. A pesar de su habitual control, la imagen de la noche que había compartido con Elizabeth persistía en su mente. Aunque sabía que lo sucedido fue consecuencia del afrodisíaco que el príncipe le había administrado a la joven duquesa, no podía apartar de su memoria la vulnerabilidad que ella mostró en ese momento. El recuerdo lo consumía junto con una mezcla de deseo y culpa que lo mantenía despierto todo el día. No podía ignorar lo que ella debía estar sintiendo, pero lo que más le inquietaba era el secreto que sabía que pronto saldría a la luz.
En el otro extremo de la sala, Alaric observaba a su maestro con preocupación. Lucian no era un hombre fácil de leer, pero en ese momento, su postura rígida y el silencio que lo envolvía hablaban por sí solos. Había algo más que el peso de una noche de remordimientos; había algo más grande, algo oscuro que Alaric no lograba descifrar.
Finalmente, rompiendo el silencio, se acercó con cautela y pasos firmes, pero con una voz que cuando habló, fue baja y respetuosa.
– Señor, puedo ver que algo lo inquieta más allá de lo ocurrido con la señorita Whitmore. ¿Acaso hay algo que deba saber?
Lucian no apartando la vista del fuego, exhaló un largo suspiro.
– Sí, Alaric. Hay algo más. – admitió con voz grave, cargada de preocupación y resignación. – Y no tardará mucho en manifestarse.
Alaric frunció el ceño. Su mente trabajaba rápidamente, tratando de entender qué podía ser tan grave como para preocupar a alguien como Lucian, tomó asiento a su lado y preguntó.
– ¿A qué se refiere, mi señor? – preguntó, intentando mantener la calma en su voz.
Lucian permaneció en silencio unos segundos, buscando las palabras adecuadas para expresar sus pensamientos. Finalmente, se giró hacia él con mirada roja, penetrante, que reflejaba el fuego y el peso de un secreto que no podía seguir guardando.
– Elizabeth aún no lo sabe, pero pronto comenzará a experimentar ciertos… cambios en su cuerpo. – dijo, con voz solemne y medida.
Alaric lo miró con el ceño fruncido, procesando la información. Sabía que Elizabeth poseía el grimorio en su interior, un secreto que solo unos pocos conocían, pero aquello no explicaba del todo lo que las palabras de su maestro querían decir.
– ¿Cambios? – repitió, con incertidumbre. – Pero, señor, usted no la convirtió en vampiro, eso sería evidente. Entonces… ¿A qué tipo de cambios se refiere?
Lucian desvió la mirada de nuevo hacia las llamas y sus dedos se entrelazaron con fuerza.
– A algo mucho más profundo y complicado, Alaric. – dijo con voz baja y tensa.
Fue entonces cuando Alaric conectó las piezas. Su mente, siempre analítica, comprendió la verdad, y el impacto lo golpeó con fuerza, su rostro se tensó mientras pronunciaba las palabras que temía confirmar.
– ¿Está diciendo que…? – comenzó a decir, sin poder terminar la frase.
Lucian cerró los ojos y asintió lentamente, su rostro reflejaba tanto la carga emocional como la responsabilidad que llevaba consigo.
– Así es, Alaric. Elizabeth está esperando un hijo mío.
El aire en la habitación se volvió más denso. Alaric se reclinó en el asiento, intentando procesar lo que acababa de escuchar, aunque sabía que el grimorio le permitía a Elizabeth engendrar un linaje vampírico único, nunca imaginó que aquello sucedería tan rápido.
– El grimorio… sabía que tenía ese poder, pero no pensé que… – Alaric se detuvo, midiendo sus palabras—. Esto cambia todo. Mi señor, Elizabeth no solo desconoce esto, sino que su relación con los vampiros es de aversión. ¿Cómo cree que lo tomará?
Lucian dejó escapar un suspiro pesado.
– No pensé en las consecuencias en ese momento, Alaric. Fue un error y ahora, ella será quien cargue con el peso de ese error. Cuando comience a notar los cambios, cuando comprenda que lleva dentro de sí al hijo de un vampiro, temo que se sienta… sucia. Destruida.
– Elizabeth es fuerte, mi señor, pero esta situación es diferente. – dijo Alaric, con una preocupación evidente en su voz. – No solo se enfrenta al peso de ser madre, sino también a lo que esto significa para el equilibrio entre humanos y vampiros.
Lucian asintió con gravedad.
– Lo sé. Pero por ahora, no puedo hacer nada más que esperar. Cuando el momento llegue, Elizabeth vendrá a mí.
Alaric inclinó la cabeza en señal de respeto, pero su mente seguía llena de dudas y preocupaciones.
– Entonces, señor, estaremos preparados para protegerla… y para proteger al niño, cueste lo que cueste.
Lucian no respondió de inmediato. En su interior, sabía que lo que estaba por venir cambiaría sus vidas para siempre y aunque confiaba en la fortaleza de Elizabeth, no podía evitar temer que la verdad, cuando finalmente saliera a la luz, fuera demasiado para ella.