El amanecer en la mansión Whitmore llegó envuelto en una neblina tenue que cubría los jardines, otorgándole al paisaje un aire melancólico y misterioso. Los primeros rayos del sol apenas lograban atravesar la bruma, proyectando un resplandor plateado sobre los muros de la mansión. Elizabeth despertó con una inquietud que no lograba comprender, una sensación que había estado latente desde aquella noche que cambió el curso de su vida. Aunque habían pasado semanas, los recuerdos de ese momento persistían, como un eco que se negaba a desvanecerse. Sus sueños, entremezclados con fragmentos de realidad, eran un recordatorio constante de aquello que deseaba olvidar.
Para acallar esas emociones, Elizabeth había adoptado una rutina implacable. Se levantaba con los primeros rayos de luz y tras un desayuno ligero en el salón principal, se refugiaba en su estudio. Allí, rodeada de libros y pergaminos, pasaba horas practicando idiomas extranjeros. El suave rasgueo de la pluma sobre el papel era acompañado por susurrados ejercicios en francés, italiano y alemán, el aire fresco de la mañana que entraba por las ventanas abiertas, servía como un bálsamo momentáneo para su mente inquieta.
Más tarde, sus deberes en el hogar reclamaban su atención. Junto con su madre, recorría las habitaciones supervisando a los sirvientes, su mirada precisa, no dejaba pasar un detalle: las cortinas debían estar perfectamente alineadas, las porcelanas impecablemente pulidas y los arreglos florales renovados para mantener la frescura y la belleza de los pasillos. Para Elizabeth, estas tareas eran más que simples responsabilidades; se habían convertido en su refugio, una forma de evitar enfrentarse a las emociones que bullían bajo su fachada tranquila.
Pero esa mañana era diferente. Elizabeth se despertó mucho más tarde de lo habitual, algo completamente fuera de lo común para ella, su cuerpo se sentía pesado. Cuando intentó incorporarse, una punzada de náuseas la obligó a llevarse una mano al estómago.
– Qué extraño… No comí casi nada anoche. – murmuró, para sí.
Con esfuerzo, se puso de pie, pero un mareo repentino la hizo tambalearse. Tuvo que sostenerse de la orilla de la mesita de noche para no caer.
Antes de que pudiera procesar lo que le estaba ocurriendo, la puerta se abrió y su madre apareció, llevando una bandeja con té humeante y pan con miel recién horneado.
– Lizzy, ¿qué ocurre? Te ves pálida. – expresó su madre, dejando rápidamente la bandeja sobre la mesita y acercándose con preocupación.
Elizabeth intentó enderezarse y esbozó una sonrisa débil.
– Estoy bien, mamá. Solo es cansancio, nada de qué preocuparse.
Su madre la miró fijamente con sus ojos llenos de duda.
– ¿Cansancio? Has estado trabajando más de la cuenta últimamente. Tal vez deberías tomarte un día para descansar. – dijo, colocando una mano suave pero firme sobre el brazo de Elizabeth.
Elizabeth sacudió la cabeza con una leve sonrisa, aunque la sensación en su estómago le decía lo contrario.
– No es nada, de verdad. Tal vez solo necesite un poco de té. Estaré bien en cuanto me recupere.
Su madre, aunque no del todo convencida, decidió no insistir.
– Como quieras, hija. Pero si te sientes peor, avísame de inmediato. – dijo antes de colocar una taza de té en las manos de Elizabeth y salir de la habitación.
Elizabeth se quedó sola, sosteniendo la taza con manos temblorosas, no pudiendo evitar un mal presentimiento.
***
Los días pasaron y los síntomas persistieron. Las náuseas se volvieron más frecuentes, los olores de ciertos alimentos que antes adoraba ahora le resultaban insoportables y su madre no tardó en notar la preocupación en el semblante de Elizabeth. Las ojeras marcaban sus ojos y su energía parecía desvanecerse más con cada amanecer.
Una tarde, mientras Elizabeth estaba sentada junto a la ventana de su habitación, con la mirada perdida en el jardín, su madre entró en silencio. La observó unos segundos antes de acercarse y posar una mano en su hombro.
– Lizzy, querida… – comenzó su madre a decir con voz suave, intentando no asustarla. – Necesito que hablemos.
Elizabeth desvió la mirada hacia ella, pero sus ojos traicionaron su intento de mantenerse firme, había algo en su interior que luchaba por salir, pero el miedo la contenía.
– Madre, estoy bien… solo es un poco de cansancio. – respondió, intentando desviar la atención.
Su madre no se dejó engañar y arrodillándose frente a ella, tomó sus manos con ternura.
– No, Elizabeth. Esto es más que una simple fatiga. – dijo mientras acariciaba su mejilla. – Hay algo que no me estás contando, estos síntomas no son normales y yo no soy una tonta. ¿Qué está pasando? Puedes confiar en mí, cariño.
Elizabeth sintió como si un nudo se formara en su garganta. Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos y por un momento intentó reprimirlas, pero pronto cedió al peso de la verdad.
– Madre… yo… no tuve opción. – comenzó a decir con su respiración entrecortada. – Aquella noche, el príncipe intentó humillarme, quería manchar mi honor. Lucian apareció y me ayudó, pero… pero…
– Lizzy… – su madre apretó suavemente sus manos, instándole a continuar.
Elizabeth cerró los ojos, dejando caer las lágrimas que tanto había contenido.
– Fui víctima de un afrodisiaco… – dijo, casi en un susurro. – No podía controlarme, madre. Fue la única forma de aliviar sus efectos.
Se cubrió el rostro con las manos y su cuerpo temblaba por el llanto.
– Me siento horrible… sucia…
Sin pensarlo dos veces, su madre la abrazó con fuerza, dejando que sus propias lágrimas se deslizaran por sus mejillas. La angustia de su hija era también la suya y aunque sabía que no podía cambiar lo ocurrido, haría todo lo posible por protegerla.
– Mi niña… – susurró, acariciando su cabello. – Esto no fue tu culpa. Lo hiciste porque no tenías opción. Ese maldito príncipe…
Hizo una pausa, como si la furia estuviera luchando por salir, pero decidió centrarse en Elizabeth.
– Cariño, escúchame. Lo que llevas dentro no es simplemente un bebé. Tú lo sabes, ¿verdad?
Elizabeth asintió débilmente, apoyando su cabeza en el hombro de su madre como si fuera una niña pequeña buscando consuelo.
– Tenemos que ir a la mansión Blackwood. – dijo con firmeza su madre.
Elizabeth se tensó al escuchar esas palabras y se apartó ligeramente con su rostro lleno de temor.
– No… no quiero ir. No quiero estar cerca de él. – respondió, mientras su voz se quebraba..
Su madre la miró con preocupación y tomó su rostro entre sus manos.
– Lizzy, no tienes otra opción. – dijo con ternura pero con firmeza. – Si Lucian es el padre de ese niño, él tiene que saberlo y si prometió proteger tu honor, estoy segura de que cumplirá con su palabra.
– Pero, madre… yo no quiero casarme con él. No quiero vivir rodeada de vampiros.
– Lo sé, mi niña, lo sé. Pero tienes que pensar en tu futuro. Esta sociedad puede ser cruel y si no manejamos esto con cuidado, destruirán lo que queda de tu reputación. – hizo una pausa, sus ojos brillaban con determinación. – Si Lucian decide casarse contigo, tendrás que aceptarlo, es la única forma de asegurar tu integridad y la del niño que llevas dentro.
Elizabeth dejó escapar un sollozo, enterrando su rostro en las manos de su madre. Sabía que tenía razón, pero eso no hacía más fácil enfrentar lo que venía.
Su madre la abrazó nuevamente, dejando que Elizabeth liberara su dolor. Ambas sabían que las decisiones que tomarían en los días siguientes cambiarían sus vidas para siempre.