Al día siguiente, Elizabeth se levantó temprano con la intención de cumplir con sus deberes matutinos, aunque el recuerdo de la noche anterior, todavía pesaba en su mente.
Entrando al comedor, la cálida luz del sol se filtraba a través de las grandes ventanas, iluminando la mesa ya preparada. Su madre, vestida siempre impecablemente, estaba sentada junto a Fernando, su esposo, quien tomaba su café, mientras hojeaba algunos documentos.
La Sra. Margaret, al ver entrar a su hija Elizabeth al comedor, le dedicó una sonrisa cariñosa y dijo:
– Buenos días, hija. ¿Cómo te fue anoche en el baile?
Elizabeth tomó asiento sin prisa, acomodándose cuidadosamente la servilleta en el regazo antes de responder.
– Bien, madre… – respondió, con tono pesado, haciendo que la Sra. Margaret levantará una ceja interrogativa.
– ¿Eso es todo? – insistió, dejando su taza de té sobre el platillo. – Parece que no te has divertido mucho. Sin embargo, supongo, que al menos habrás conocido algunas personas interesantes.
Elizabeth, quien había comenzado a cortar su porción de tortilla con notable precisión, dejó escapar un suspiro.
– Conocí a un despreciable vampiro. – replicó, hundiendo el tenedor en la comida con fuerza, haciendo rechinar el plato.
Un silencio tenso llenó el lugar. Margaret miró a Fernando, quien dejó los documentos a un lado y observó a Elizabeth con preocupación. La tensión en los hombros de la joven duquesa, no pasó por desapercibida para ninguno de los dos.
Finalmente, Fernando rompió el silencio y con su acostumbrada serenidad para romper la tensión del momento, cambiando el tema, dijo:
– Elizabeth. – comenzó, aclarando su garganta. – Mañana es el aniversario de la muerte de tu padre. ¿Te gustaría que fuéramos juntos a visitarlo?
Elizabeth levantó la mirada, un poco sorprendida por la propuesta. Aunque aún le costaba aceptar la presencia de Fernando en sus vidas, con el tiempo, había aprendido a tolerarlo, incluso a respetarlo; sabiendo que sus intenciones eran genuinas.
Su padrastro había sido un amigo cercano de su padre y tras su fallecimiento, había esperado años antes de proponerle matrimonio a su madre. Sí bien al principio Elizabeth veía a Fernando con un intruso, con los años, había demostrado ser un hombre paciente y protector, que nunca intentó ocupar el lugar de su padre.
– Te lo agradezco, Fernando. Sí, me gustaría ir. – respondió finalmente con un tono más suave.
Fernando sonrió levemente, como si esa pequeña muestra de aceptación fortaleciera aún más el vínculo que había construido con ella a lo largo de los años.
Una vez que terminaron de desayunar, Fernando partió para atender sus asuntos, dejando a Elizabeth y su madre a solas. Ambas decidieron aprovechar la mañana para dar un paseo por los jardines.
El aire estaba fresco y el aroma de las flores se mezclaba con la humedad de la hierba recién regada. Elizabeth, caminaba con las manos entrelazadas detrás de su espalda, mientras su madre, con su elegancia habitual, mantenía el paso a su lado.
Tras unos minutos de silencio, su madre decidió abordar el tema que aún parecía rondar la mente de su hija.
– Así que… conociste a un vampiro anoche. – dijo, intentando sonar casual, aunque su mirada fija en el rostro de su hija, mostraba más curiosidad que indiferencia.
Elizabeth apretó los labios y desviando la vista hacia un macizo de rosas rojas, respondió.
– Sí. Al duque Blackwood. – respondió con desdén. – Madre… no quiero hablar de eso.
Su madre detuvo su andar y se volvió hacia Elizabeth, mirándola con preocupación.
– ¿Te hizo algo? – preguntó con seriedad.
Elizabeth negó con la cabeza, aunque su expresión no perdió la tensión.
– No, pero su presencia me resulta insoportable.
Su madre suspiró, entendiendo perfectamente lo que sentía su hija.
– Puedo entender tu rechazo, Elizabeth. Yo también siento una gran incomodidad natural hacia ellos, no solo por lo que son, sino por lo que algunos de ellos hacen, pero intento controlarla. Al final, si te pones a reflexionar cómo son, igual que los humanos, los vampiros no son todos iguales y algunos de ellos, han protegido nuestro reino de invasores extranjeros.
Elizabeth resopló, incrédula, cruzándose de brazos.
– Lo hacen por conveniencia, madre. ¿Qué otro reino les ofrecerá refugio como nosotros? Sólo nos usan.
– Y nosotros a ellos. – replicó su madre con firmeza, deteniéndose para mirarla directamente a los ojos. – ¿No te parece?
Elizabeth permaneció en silencio, mordiéndose el labio inferior ante la lógica de su madre. Era una verdad que no quería admitir, una que chocaba con su odio profundamente arraigado. Finalmente, dejó escapar un suspiro, molesta con la situación cómo consigo misma.
– Eso no los hace menos despreciables. – murmuró, mirando al horizonte.
Su madre sonrió con tristeza, acercándose para colocar una mano en el hombro de Elizabeth.
– Nadie dice que debas confiar en ellos, hija. Solo intenta no cegarte por tu resentimiento. No todo es blanco o n***o.
Elizabeth no respondió. En el fondo, sabía que su madre tenía razón, pero aceptar esa verdad era una batalla que aún no estaba lista para librar.
Mientras tanto, en la mansión Blackwood…
La chispa intermitente de la estufa iluminaba tenuemente el despacho del vampiro, proyectando sombras que danzaban en las paredes con cada movimiento del fuego.
Lucian, sostenía una copa de cristal en su mano, el líquido rojo oscuro reflejaba las llamas como si fuera sangre viva, sus ojos intensos como un rubí bajo la luz del fuego, estaban fijos en el abismo del pasado y el futuro que habitaban en su mente.
Pensaba en Elizabeth Whitmore, la joven duquesa que portaba el Grimorio en su interior.
De conducta intachable, determinación inquebrantable y naturaleza reservada envuelta en un aire de misterio… parecía contradecir su fuerza interior.
A los ojos de Lucian, no solo era digna de ser la Reina de los Vampiros; era la mujer que podía estar a su lado, su igual, no por el Grimorio, sino por lo que ella era. Su carácter firme y su moralidad pura la convertían en una candidata perfecta no solo para gobernar, sino también para ser madre de los hijos que él deseaba engendrar con ella.
El deseo de Lucian no era solo por el poder que ella encarnaba, sino por la promesa de algo que había creído perdido en su larga existencia: una conexión auténtica. Sin embargo, sabía que esa visión aún estaba lejos de materializarse. Elizabeth, reacia de aceptar cualquier vínculo con él, no estaba dispuesta a consentir su destino tan fácilmente.
Con un suspiro, dio un sorbo a su copa, dejando que el sabor cálido y metálico inundara su paladar. Sus pensamientos volaron a un futuro posible: ella, siendo su esposa, caminando por los pasillos de la mansión Blackwood y a sus hijos, corriendo por los corredores, portadores de un nuevo linaje. La imagen era tan vívida que su pecho se apretó con una emoción que no podía nombrar.
Un golpe discreto en la puerta lo sacó de sus ensoñaciones.
– Entra – ordenó con voz firme.
Alaric, su leal servidor y confidente, apareció en el umbral. Su porte recto y sus ojos agudos reflejaban la confianza que había ganado tras siglos de servicio. En sus manos, sostenía un sobre lacrado.
– Milord, llegó esto hace unos momentos – dijo, extendiendo la carta.
Lucian tomó el sobre con cierta pereza, lo examinó brevemente y lo abrió. Sus ojos recorrieron las líneas con rapidez antes de fruncir el ceño.
– ¿Qué es esto, Alaric? – preguntó con un deje de molestia en su tono.
– Una invitación del rey humano. Su hijo, el príncipe, celebrará su cumpleaños con un gran baile. Según parece, elegirá a su prometida en este evento – explicó Alaric, manteniéndose impasible.
Lucian dejó escapar un resoplido, arrojando la carta sobre la mesita de té con desdén.
– No me interesa participar en las frivolidades de los humanos.
– Tal vez debería interesarle – insistió Alaric, manteniéndose firme. – Invitarán a todas las jóvenes nobles del reino, incluida la duquesa Whitmore. De hecho, parece ser que ella será el centro de atención del príncipe.
La mención de Elizabeth hizo que los ojos de Lucian brillarán con una intensidad peligrosa. La tensión, se acumuló en sus hombros mientras su mandíbula se apretaba.
– Maldito príncipe – murmuró con un tono grave, casi un gruñido. – Quiere poner sus sucias manos sobre mi mujer.
Alaric alzó una ceja, con una expresión tan respetuosa como burlona.
– Bueno, técnicamente aún no es su mujer, Milord. Pero si sus planes son lo que creo, debería preocuparse. Conociendo al príncipe, es muy probable que tenga motivos ocultos. Ese hombre es tan sádico como ambicioso. La duquesa Whitmore, aunque no sea un blanco fácil, podría caer en sus redes si no tiene cuidado.
Lucian se puso de pie de manera abrupta, el sonido de su copa colocándose con fuerza sobre la mesa resonó en la habitación. Sus pasos lentos pero decididos lo llevaron frente al fuego, donde sus ojos, ahora más oscuros, reflejaban las llamas.
– Eso es algo que no permitiré – dijo con voz grave, cada palabra cargada de determinación. – Elizabeth es mía. No de ese príncipe, ni de ningún otro hombre.
Alaric inclinó ligeramente la cabeza, como si las palabras de Lucian confirmaran algo que ya sabía.
– Entonces, deberá asegurarse de estar presente en el baile, milord. Sería una oportunidad perfecta para dejar claro a todos, incluido el príncipe, que la duquesa no está disponible.
Lucian giró lentamente hacia él, con sus labios curvándose en una sonrisa fría y peligrosa.
– No solo estaré presente, Alaric. Me aseguraré de que ese arrogante príncipe comprenda que jugar con Elizabeth tiene un precio y ese precio será alto.
Alaric asintió con una leve inclinación de cabeza, sabiendo que cuando Lucian tomaba una decisión, nada ni nadie podía detenerlo.
– Muy bien, mi señor. Daré las órdenes necesarias para preparar su asistencia.
Cuando Alaric salió del despacho, Lucian volvió su mirada al fuego, pero esta vez no era la chispa lo que veía, sino el rostro de Elizabeth. Podía sentir la chispa de su resistencia, la fuerza de su carácter y aunque sabía que ella nunca se entregaría fácilmente, eso no hacía más que alimentar su determinación.
– No importa cuánto luches, Elizabeth – murmuró para sí mismo. – Algún día, te rendirás a mí y cuando lo hagas, será porque lo desees, no porque te lo haya impuesto.
Lucian alzó su copa una vez más, brindando en silencio por la batalla que estaba por comenzar. Una batalla no por poder, sino por el corazón de una mujer que representaba todo lo que él anhelaba y más.