Días después, la invitación del príncipe heredero llegó a la mansión Whitmore, en un sobre lujoso con el sello real. Elizabeth, quien se encontraba disfrutando de un té de rosas en el jardín junto a Marianne Fairmont, su amiga de toda la vida y joven condesa, recibió la misiva con una mezcla de molestia y resignación.
Mientras abría el sobre, la expresión de Elizabeth se ensombreció. Leía con detenimiento las palabras armoniosas que anunciaban el próximo baile de cumpleaños del príncipe, donde, según el rumor, elegiría a su prometida. Sus labios se curvaron en una mueca de desdén antes de dejar caer la carta sobre la mesa de hierro forjado.
– Entre todos los humanos que existen, él es el que más desprecio – dijo con firmeza, entrelazando los dedos alrededor de la delicada taza de porcelana. – Incluso podría decir que lo detesto más que a los vampiros.
Marianne soltó una risita mientras revolvía su propio té con una cucharilla de plata.
– Por una vez, estoy completamente de acuerdo contigo – replicó, con sus ojos brillando de sarcasmo. – ¿Cómo se atreve el príncipe a enviar sus invitaciones a jóvenes como nosotras? Somos de la alta sociedad, con una conducta impecable. Ese hombre es un sádico y un mujeriego de la peor calaña, peor que los vampiros y no lo digo por defenderlos, sino porque es la pura verdad.
Elizabeth dejó su taza sobre el platillo con suavidad, aunque eso no disimuló su irritación.
– Lo admito, Marianne. En este momento, comparados con él, incluso los vampiros parecen mejores – agregó, cruzando las piernas mientras tomaba un respiro profundo. – Sin embargo, ¿qué podemos hacer? Es el príncipe heredero. No podemos rechazar una invitación directa del rey, aunque provenga de semejante personaje.
Marianne suspiró, apoyando la barbilla en la palma de su mano mientras jugueteaba con la cucharilla.
– Por desgracia, tienes razón. Nos guste o no, como jóvenes solteras, estamos obligadas a asistir. Pero no puedo evitar sentir que esto es una trampa. Que pretenda elegir a su prometida en un evento así… me pone los nervios de punta.
Elizabeth asintió, con la mirada fija en el horizonte, como si intentara descifrar las intenciones ocultas del príncipe.
– Su invitación me da mala espina. Ese hombre tiene una reputación terrible y aunque nunca lo he visto en persona, he oído lo suficiente para saber que no es alguien en quien confiar. Marianne, debemos estar alerta en todo momento, no sabemos qué pueda ocurrir en esa fiesta.
Marianne asintió con gravedad, pero luego una sonrisa traviesa iluminó su rostro.
– La única razón por la que no odio completamente asistir es porque sé que mi amado Alaric estará allí – confesó en un susurro, bajando la mirada con un leve rubor en sus mejillas.
Elizabeth soltó un suspiro exasperado y la miró de reojo.
– Tú y tu romance con ese vampiro es otra de las cosas que me preocupan – replicó, frunciendo el ceño. – Pero ahora mismo, el príncipe es mi mayor inquietud. Sin embargo, ten cuidado, Marianne. No confío en esos… seres.
Marianne levantó la vista, sus ojos brillaban con determinación.
– Alaric nunca me haría daño, Elizabeth – aseguró con suavidad. – Ambos nos amamos y nos respetamos. Sé que no confías en los vampiros, pero él es diferente. Él es… especial.
Elizabeth decidió no continuar con el tema, sabiendo que cualquier discusión sería inútil. Su amiga estaba convencida de sus sentimientos y ella respetaba eso, aunque no lo compartiera. En lugar de responder, volvió a fijar su atención en el horizonte, con el ceño ligeramente fruncido, pensando en lo que les esperaba en ese baile.
El aire fresco del jardín, impregnado con el dulce aroma de las rosas, parecía insuficiente para disipar la tensión que comenzaba a formarse en su pecho. Había algo en esta invitación, algo en las intenciones del príncipe, que no le daba buena espina y aunque no podía prever qué ocurriría esa noche, una cosa estaba clara: debía estar preparada para cualquier eventualidad.
***
El gran salón del palacio real resplandecía con una majestuosidad deslumbrante. Las arañas de cristal colgaban como joyas del techo abovedado, bañando a los asistentes con una luz cálida y dorada que realzaba la opulencia de sus vestimentas. La música flotaba en el aire, un vals elegante que marcaba el ritmo de la velada, mientras las parejas giraban por la pista como figuras etéreas en un cuadro de ensueño.
Elizabeth descendió las escaleras principales con la gracia de una reina. Su vestido rojo de gala era un testimonio de sofisticación, con delicadas capas de satén que se movían como fuego líquido al compás de sus pasos. Las joyas de rubí que adornaban su cuello y orejas brillaban como pequeñas estrellas, contrastando con su piel pálida y sus ojos llenos de determinación. Cada movimiento suyo irradiaba una autoridad natural, una presencia que hacía que las miradas se volvieran hacia ella con admiración y envidia.
A su lado, Marianne lucía igual de encantadora. Su vestido azul zafiro, con detalles bordados en hilo de plata, parecía capturar el resplandor de la noche misma.
Su cabello, recogido en un peinado intrincado, dejaba al descubierto un par de pendientes de diamantes que acentuaban el brillo de sus ojos, aunque estaba visiblemente nerviosa, su belleza serena la convertía en un contraste perfecto con la intensidad de Elizabeth.
Desde un rincón apartado del salón, Lucian observaba cada detalle con ojos cargados de un anhelo contenido. Su porte era imponente, incluso en las sombras.
Su cabello n***o caía como una cortina de seda alrededor de su rostro y sus ojos rojos, profundos e hipnóticos, seguían cada movimiento de Elizabeth con devoción.
– Elizabeth… – murmuró con voz grave, casi un susurro para sí mismo. – Es como si estuviera destinada a ser mi reina.
A su lado, Alaric sonrió con complicidad mientras sus ojos se desviaban hacia Marianne.
– No puedo discutirlo, mi señor – respondió con tono respetuoso. – Esta noche Elizabeth parece más una reina vampiro que una simple duquesa humana, su porte y su fuerza la hacen única.
Lucian esbozó una sonrisa que revelaba un atisbo de colmillos.
– Siempre he sabido que ella es diferente. No solo por su fuerza o por lo que lleva dentro, sino porque su espíritu se niega a doblegarse. Es única, Alaric.
Alaric asintió, pero su atención ya estaba enfocada en otra figura.
– Mi señor, con su permiso, debo decir que Marianne también luce magnífica esta noche. Hay una luz en ella que no puedo ignorar, estoy seguro de que ha venido con la esperanza de encontrarme.
Lucian, aún con los ojos clavados en Elizabeth, dejó escapar una leve risa.
– Entonces, ¿qué haces aquí todavía? – dijo mirándolo, con un tono que mezclaba camaradería y autoridad – Ve con ella. Marianne es tuya y estoy seguro de que está esperando que tomes la iniciativa.
Alaric inclinó la cabeza en señal de respeto, pero antes de retirarse, quiso asegurarse de algo.
– Mi señor, ¿y Elizabeth? Aquí no estamos en su territorio ni en el mío. Si algo ocurriera...
Lucian lo interrumpió, su mirada intensa destellando con determinación.
– Nada le pasará mientras yo esté aquí. Este no es mi dominio, pero eso no significa que no pueda proteger lo que es mío. Ahora ve, Marianne te necesita más que yo en este momento.
Alaric hizo una reverencia más profunda antes de deslizarse entre la multitud hacia Marianne, quien, en ese instante, reía suavemente junto a un pequeño grupo de damas. Sus ojos brillaron al ver a Alaric acercarse y un rubor sutil coloreó sus mejillas.
Mientras tanto, Lucian permaneció en su lugar, con su postura relajada contrastando la ferocidad de su vigilancia. Aunque el salón estaba repleto de figuras importantes de la sociedad, él solo tenía ojos para Elizabeth, viéndola conversar con otros invitados, su sonrisa diplomática y cuidadosamente ensayada se desvanecía un poco, no pudiendo evitar notar un leve destello de desdén en su mirada cada vez que alguien intentaba adularla.