Lucian cerró con delicadeza el grueso volumen que tenía frente a él y se puso de pie.
La chimenea crepitaba con lentitud en su estudio, proyectando sombras danzantes sobre las estanterías repletas de antiguos volúmenes y pergaminos.
Aunque había pasado horas atendiendo los asuntos del ducado – firmando decretos, leyendo informes, sellando cartas –, su mente llevaba un rato vagando en otra parte.
Como cada noche, al concluir su trabajo, se dirigió a los aposentos de su esposa. Para él, esto era una rutina silenciosa, una costumbre que solo él conocía.
Cada noche, cuando ella dormía, Lucian entraba en su habitación y la observaba desde la penumbra. A veces se sentaba en el sillón cercano a la cama, otras, simplemente permanecía de pie, contemplando su respiración tranquila y su rostro sereno, tan ajena al mundo oscuro al que él pertenecía. Tan cerca... pero al mismo tiempo... tan lejos.
Era suya, sí, su esposa por derecho, por sangre, por el hijo que gestaba, pero no del todo, aún no y él lo sabía.
Esa noche, pensó también que la encontraría relajada, durmiendo, sumida en el mundo de los sueños, pero, sin embargo, cuando abrió la puerta con su habitual sigilo, la encontró despierta.
Elizabeth estaba de pie junto a la ventana, envuelta en una bata de terciopelo color vino. Su cabello suelto, caía como una cascada oscura por su espalda ligeramente despeinado por el sueño que no había llegado. Sus manos descansaban sobre su vientre abultado, acariciándolo con ternura con una de ellas. Su mirada, estaba fija en el horizonte, más allá de la niebla espesa que cubría los campos.
Lucian se detuvo en la entrada, por un momento, simplemente la contempló para luego finalmente hablar.
– ¿Aún no te has dormido?
Elizabeth se sobresaltó y giró ligeramente la cabeza hacia él.
– Lucian... – dijo sorprendida. – Pensé que estabas en tu estudio.
Su tono era sereno, pero distante, como un muro educado, cuidadosamente levantado entre ambos.
Lucian avanzó unos pasos y reflexionó por un momento lo que iba a decirle a su esposa. No podía comentarle que noche tras noche, mientras dormía, él iba a verla, que la observaba con una devoción que ni él mismo terminaba de entender. Así que improvisó una respuesta.
– Vi la luz encendida y quise saber si estabas bien. – dijo con voz suave. – Imaginé que la carta del príncipe Gerald pudo haberte perturbado.
Elizabeth desvió la mirada. La lluvia parecía golpear el vidrió con más intensidad y una ráfaga de viento, sacudió las ramas más allá de la ventana.
– Puede ser... – murmuró. – O quizás... simplemente no encuentro descanso últimamente.
Lucian ladeó un poco la cabeza hacia el horizonte, siguiendo la mirada de su esposa.
– ¿Por qué miras tan fijamente hacia Dravenhall?
Elizabeth, tardó en responder, mientras una de sus manos acariciaba su vientre en movimientos lentos y circulares, como si en ellos buscara calmar no solo a su hijo, sino también... su alma.
– Solo pienso... – dijo al fin.
Lucian dio un paso más, acortando la distancia entre ellos, pero aun así sin acercarse demasiado.
– ¿En qué?
Elizabeth respiró hondo y cuando volvió a hablar, su voz fue un poco más baja.
– En lo que fui y en lo que soy ahora.
Se giró lentamente hacia él, enfrentándolo, con unos ojos oscuros que se aferraban a una lucidez herida.
– Cuando era niña, soñaba con tener una familia. Una vida sencilla, lejos del poder y las intrigas. Casarme con un conde o un duque tal vez, de alguien con palabras suaves y promesas simples. Lejos del rey, lejos del trono... y, sobre todo. – añadió con amargura. – Lejos de la oscuridad y de quienes la gobiernan.
Lucian bajó la mirada un instante, no por vergüenza, sino por el peso silencioso de esas palabras.
Elizabeth dio un paso más, sin desafiarlo, dejando que la verdad flotara entre ambos.
– Jamás imaginé estar atrapada entre dos reyes. Que mi vida... y la de mi hijo... formarían parte de una disputa que nunca busqué. – sus dedos se apretaron ligeramente sobre su vientre. – Solo quiero vivir en paz, Lucian. En una existencia donde no tenga que temer por cada amanecer.
Lucian la observó en silencio. Sus ojos carmesíes no mostraban furia ni orgullo sino una atención intensa, casi reverente. Estaba leyendo en ella una historia que él no podía escribir.
– No lo elegí. – continuó Elizabeth. – Ni tú, eso lo sé. Pero aquí estamos, unidos por un destino que ninguno pidió.
El silencio que siguió fue largo. Un espacio suspendido entre palabras y heridas.
– Tienes razón. – respondió con voz baja y ronca.
Dio un paso más, acercándose a Elizabeth lo suficiente para que su presencia se sintiera, pero aún sin tocarla.
– Nuestra unión no fue un amor de cuentos... – dijo con sinceridad. – Pero a pesar de esto, puedes estar segura de algo... Jamás permitiré que el mundo te toque sin pagar un precio por ello.
Elizabeth lo miró por un instante. Había en su expresión algo que no era desafío, ni ternura. Sino reconocimiento y comprensión.
– A veces me pregunto. – dijo en voz baja. – Si esa protección... no me encierra más de lo que me cuida.
Lucian sonrió sin alegría.
– Tal vez... pero incluso si así fuera... seguiría eligiendo protegerte.
La lluvia persistía en la noche, golpeando los cristales a un ritmo constante. Mientras que el viento, ululaba en las cornisas. Afuera, el mundo parecía perderse en la tormenta.
Elizabeth apartó la vista de Lucian. A veces la mirada de aquel hombre era demasiado para ella, como si con solo una mirada, pudiera arrancarle los secretos.
– Deberías volver a tus deberes. – dijo sin dureza.
Lucian asintió.
– Buenas noches, Elizabeth.
– Buenas noches, Lucian.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta y justo antes de cruzar el umbral, se detuvo. Giró la cabeza por última vez hacia ella y la contempló. Ella seguía junto a la ventana con una mano en su vientre, envuelta en sombras, envuelta en silencios.
♰♰♰
La tormenta no había amainado en el ducado de Blackwood. Al contrario, los truenos retumbaban con más fuerza, y las nubes negras se aferraban al cielo como una maldición persistente. La lluvia golpeaba los ventanales con furia intermitente, bañando las piedras del castillo con su incesante lamento.
Elizabeth despertó tarde, con los ojos aún cargados de sueño. Durante la noche se había desvelado, inquieta por pensamientos que no podía del todo ordenar. Se puso su bata carmesí, suave y pesada como el terciopelo húmedo, y bajó las escaleras con cuidado, como quien se adentra en un sueño incierto.
Su intención era preparar un desayuno rápido. — pues suponía, como siempre, que estaría sola en aquella casa colmada de sombras. — Pero al llegar a la cocina, se detuvo en seco.
Lucian estaba allí.
Cocinando.
Elizabeth parpadeó, perpleja. Por un instante, dudó de que fuera real. Su esposo, el vampiro que dormía con el sol, se encontraba de pie, con una camisa oscura y las mangas arremangadas, removiendo el contenido de una sartén sobre el fuego.
Lucian se volvió hacia ella y le sonrió con naturalidad.
— Buenos días.
Elizabeth bajó un poco la vista, incómoda por su propia sorpresa.
— B-Buenos días... — respondió en voz baja, como si hablara en medio de una iglesia.
Él notó su desconcierto y ladeó un poco la cabeza, divertido.
— Imagino que te preguntas qué hago despierto a esta hora.
— Sí... — admitió ella, intentando sonar menos nerviosa —. No es común verte por las mañanas.
—Hay algo que olvidé contarte. — dijo Lucian mientras servía con calma el contenido de la sartén en un plato —. Las tormentas… me afectan de forma diferente. No duermo cuando hay una, no puedo.
Elizabeth frunció ligeramente el ceño, acercándose con paso cauteloso.
— ¿Y eso por qué?
Lucian se encogió de hombros, dejando los cubiertos a un lado.
— No lo sé con certeza. Desde que me convertí, las tormentas como esta me despiertan... como si me alimentarán de alguna forma.
— ¿Desde cuándo eres un vampiro?
La pregunta escapó de sus labios sin que pudiera evitarlo. Al instante se arrepintió. Notó cómo el rostro de Lucian se tensaba brevemente. Sus ojos carmesí, usualmente serenos, se apagaron con una sombra de tristeza.
— No lo recuerdo. — respondió con voz baja, como si esas palabras le pesaran en la garganta —. Y... prefiero no hacerlo.
Elizabeth sintió el impulso de disculparse, pero en lugar de ello, bajó la mirada con respeto. Lucian le ofreció una débil sonrisa para suavizar el ambiente.
— Ven, debes tener hambre. Preparé algo para ti.
Antes de que pudiera responder, le tomó las manos con gentileza. El tacto frío de su piel le recorrió los brazos como un escalofrío. Lucian la condujo hasta el comedor, donde la esperaba una mesa cuidadosamente servida: frutas frescas, huevos al punto y tiras de tocino dorado.
— No creo que coma todo esto...
— Está bien, come lo que desees. — replicó él, sentándose frente a ella con una expresión tranquila.
Mientras ella probaba un bocado tímido, Lucian la observaba con atención serena. Elizabeth, aunque evitaba su mirada directa, no podía ocultar su curiosidad.
— Después de convertirse... ¿recuerdas algo de tu vida como humano?
Lucian esbozó una sonrisa apenas perceptible.
— Algunos fragmentos sueltos. Voces. Imágenes. Sensaciones. Pero no todo.
— ¿Y tu familia?
— No mucho... —dijo sin apartar la mirada del ventanal, donde los relámpagos tejían hilos de plata en el cielo gris.
Las respuestas vagas encendían en Elizabeth una duda persistente: ¿realmente no recordaba o solo prefería callar?
Entonces, una voz grave y familiar interrumpió el momento.
— Buenos días, señora.
Alaric.
Vestido con su habitual túnica oscura, el consejero de Lucian había aparecido en silencio, como solía hacer. Elizabeth giró la cabeza con lentitud y le dedicó una sonrisa educada.
— Buenos días, Alaric. ¿Tú tampoco duermes durante las tormentas?
— En efecto. —Asintió con cortesía—. Es una peculiaridad que comparto con mi rey. Aunque no es común en todos los de nuestra especie.
Elizabeth frunció apenas los labios, algo incómoda por la forma en que se refería a ella.
— No me llames señora... por favor. Me hace sentir extraña. Llámame por mi nombre.
Lucian y Alaric intercambiaron una sonrisa discreta.
— Como desees, Elizabeth —respondió Alaric, inclinando levemente la cabeza—. Si me permites, debo hablar a solas con Lucian. Asuntos del reino.
Lucian se levantó con suavidad y apoyó una mano en el hombro de su esposa. Elizabeth se mantuvo inmóvil, rígida por un instante.
—Volveré pronto —le dijo él con tono suave.
Ella asintió en silencio. Los observó marcharse, mientras la lluvia persistía golpeando los cristales.
Por dentro, sentía que aquella mañana, por muy simple que pareciera, había cambiado algo entre ellos. Un paso leve, casi invisible… pero un paso al fin.