El Poder entre las Sombras.

1154 Palabras
El Palacio Real de Dravenhall, estaba sumido en el resplandor del amanecer cuando un mensajero con el permiso del príncipe, ingresó a su lugar de trabajo con una carta en sus manos. Gerald, que estaba sentado en su escritorio, con una expresión sombría mirando hacia un punto fijo de la oficina, tamborileando con sus dedos la mesa impaciente, al ver la carta que el emisario le extendió con una reverencia mostrando la misma el sello de Blackwood, se la arrebató de sus manos con brusquedad y comenzó a leerla. Todo a su alrededor se desvaneció al empezar hacerlo y su corazón latía con fuerza por cada línea que leía de la misma, sin poder aún creerlo. El silencio en aquel pequeño espacio se tornó sofocante. Gerald se quedó atónito con lo que acababa de leer, sus ojos se clavaron en la última línea, "mi esposa y futura madre de mi hijo". Ligeramente el papel tembló en su agarre, no por miedo, sino por la cruda y creciente ira que se estaba esparciendo por todo su cuerpo. – ¿Qué demonios…? – dijo, arrugado el papel entre sus manos. Los sirvientes que estaban allí, intercambiaron miradas tensas, sintiendo el ambiente cada vez más pesado. Gerald se puso de pie y tiró el papel arrugado contra el suelo, como si ello cambiará algo. – ¡BASTARDO! – gritó con furia, haciendo vibrar los vidrios de aquel lugar. – ¡Cómo se atreve a escribirme con esa arrogancia, como si fuera superior a mí, como si pudiera quedársela sin tener consecuencias! Dio vuelta la mesa, tiró todo al suelo con un sonido ensordecedor, copas, documentos y demás cosas de valor que tenía encima de ella, las cuales resonaron por el piso de mármol. Los guardias y los sirvientes dieron un paso atrás, sin que nadie se atreviera a hablar. Lord Brighton, que observaba la escena con gesto serio, antes de dar un paso adelante, se aclaró la garganta para hablar. – Mi señor… Gerald lo fulminó con la mirada. – ¡Dime que esto es mentira, Brighton! ¡Que es un engaño de ese imbécil! Brighton sostuvo su mirada por unos segundos, antes de seguir hablando con cautela. – Sí Su Alteza me lo permite, me temo que todo lo que Lucian Blackwood expresa en esa carta… es cierto. Gerald sintió esas palabras como una puñalada en su pecho. No podía creerlo, no podía concebir la idea en su mente de que Elizabeth, que odia los vampiros desde muy joven, hoy en día esté casada con uno de ellos, comparta su lecho con él y encima esté embarazada. Imaginando esto, su pecho y su mente se desgarraron ante esta idea. – ¡Es imposible! ¡Uno de ellos mató a su padre, no puede estar casada con él! – Mi señor… – expresó Brighton. – Déjenme solo. – Pero… – ¡QUE ME DEJEN SOLO, CARAJO! ¡VAYANSE TODOS YA! – ruge, furioso. Todos se van. En momentos como este era mejor irse que quedarse y perder la cabeza en un arranque de ira del príncipe. *** Mientras tanto, la mansión Blackwood dormía bajo el manto de la noche, envuelta en una niebla espesa, que anunciaba el preludio de una tormenta. Una suave brisa de temporal, se colaba entre los pasillos de piedra, mientras que el fuego de la chimenea en la sala principal, ardía con un brillo hipnótico. Lucian Blackwood, se encontraba de pie frente a ella, dejándose envolver por su calidez, la cual hace mucho no sentía por sí mismo. En una de sus manos, sostenía una copa de vino y la otra, descansaba en el respaldo de un sillón, el cual Elizabeth solía sentarse, en las pocas veces que compartía un momento con él. Sus ojos color carmesí, reflejaban las llamas danzantes de aquella chimenea, reflejándose en ellas, una calma imperturbable. Su esposa, en ese momento de la noche, descansaba pacíficamente en su habitación, o al menos eso creía, su estado solía dejarla agotada durante el día aunque no lo demostrará. La mansión, yacía en un profundo silencio, por lo menos a la vista de todos, pero Lucian sabía que entre las sombras de la misma, su mundo tomaba vida, aunque los ojos humanos no lo apreciaran, y aunque la mansión permaneciera en silencio ante ellos, eran por la noche donde los sirvientes de Lucian, se encargaban de mantenerla en orden. Un leve crujido en la madera, solo audible para él, anunció la llegada de una persona que Lucian esperaba. – Habla. – expresó con autoridad. En ese momento, desde la oscuridad más profunda de aquel lugar, emergió una figura encapuchada con movimientos sutiles y calculados. Era un espía de Lucian, una persona de su suma confianza y uno de los oídos y muchos ojos que el duque tenía dentro del palacio de Dravenhall. El informante, avanzó con cautela y se inclinó levemente en señal de respeto antes de hablar. – Mi señor… su mensaje fue recibido por el príncipe Gerald. Lucian, apenas sonrió. – Oh, lo sé. – murmuró con diversión, girando la copa entre sus dedos. – Dime… ¿cómo ha reaccionado? El espía levantó la cabeza y sin atreverse a mirarlo a los ojos, respondió: – Con furia, mi señor. Perdió el control por completo, gritó, golpeó su escritorio y destruyó todo a su alrededor y por último, ordenó a todos que lo dejaran solo. Lucian dejó escapar una risa suave, con un toque de diversión oscura. – Maravilloso. ¿Ocurrió algo más? El espía continuó hablando. – Sospecha o al menos cree que Lady Whitmore está con usted, porque la mantiene bajo la influencia de un hechizo. Lucian arqueó una ceja, entretenido por lo que el príncipe creía de él. – Seguramente piensa que soy igual que él; que uso trucos sucios para conquistar una mujer, sobretodo, alguien como Elizabeth. De todas formas, es muy conveniente para él pensar eso, solo porque no puede aceptar que ella está conmigo. – Su consejero Lord Brighton, fue quien le sugirió esta idea, para que su cólera se disipara. Convenció al príncipe que usted había manipulado a la duquesa con sus habilidades psíquicas. – Es increíble… y solo por no aceptar la verdad ante sus ojos. – pensando. – ¿Hay algo más? – Sí, también ordenó enviar espías a la mansión, mi señor. Quiere saber todo lo que ocurre aquí Lucian se quedó en silencio por un momento, luego, sonrió de lado. – Déjalos venir. El espía pareció dudar. – ¿Mi señor? Lucian giró su mirada hacia él, su sonrisa era tranquila, pero sus ojos destilaban un brillo peligroso. – Qué envíe a todos los espías que desee. No encontrará nada que no quiera ver. – Entendido. – dijo el espía asintiendo con compresión. – ¿Debemos eliminarlos? – No aún. Quiero jugar un poco más con él. El espía asintió y se retiró, desapareciendo en la oscuridad de la mansión
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