EL TERROR DEL NÁUFRAGO
TERROR DEL NÁUFRAGO
La noche crecía indetenible y se adentraba hacia una madrugada que prometía un mundo de fantasías. Habían sido libadas varias botellas de lujoso escocés, y ya la concupiscencia desinhibida se mostraba abierta a la imaginación. El extasío de la embriagues, aunada a la pasión desenfrenada que había despertado, hacían un juego perfecto dirigiéndose directo e indetenible hacia unas complacencias sin confines. Era aquel suntuoso yate, testigo sigiloso de una conquista segura. Las estrellas en el firmamento lo presenciaban todo, y el cadencioso y sereno sonido del mar era cómplice mágico de la perfidia eterna que nunca le fallaba a Augusto.
Esa escena se repetía frecuentemente. Augusto era un influyente político. Ocupaba en ese entonces, un curul en el parlamento y estaba haciendo esfuerzos supremos para llegar a la presidencia de su país. Es decir, había una conjugación de poderes a su favor, a saber, el político, el social y el económico. Burlándose de manera descarada del significado de la acepción emolumento, ostentaba una vida excesivamente onerosa. Sus órdenes eran obedecidas sin condiciones. Sus influencias calaban hasta lo más elevado del gobierno de su nación, y los privilegios corruptos que disfrutaba, le habían llevado a poseer enormes riquezas. Era inimaginable el caudal de dinero mal habido que llegaba a su poderío, con el cual silenciaba conciencias, arropaba desafueros y justificaba todo.
Poseía testaferros por doquier. Sus peculios, aunque a nombre de otros, significaban una descomunal fortuna que estaban lejos de un servidor público, el cual había resultado favorecido por las masas para otros fines. Entre sus patrimonios estaba aquella inmensa embarcación. Tenía alrededor de sesenta y cinco metros, y no era de dudar el costo que había representado; de seguro varias decenas de millones de dólares que, evidentemente, superaba en costo a la casa donde habitaba este personaje detestable; tomando en cuenta que no se trataba de una casa común con todas sus letras, ya que vivía en una enorme mansión que también costaba sus centavos.
El yate tenía cuatro cubiertas por encima de la línea de agua y dos por debajo. Sus camarotes eran verdaderas suites. Además de la del propietario, existían varios también de excelsas magnificencias para sus acostumbrados huéspedes. Existía un lujo desmedido de estribor a babor y de popa a proa. Frecuentemente planificaba travesías relajantes con invitadas de bellezas supremas y cuerpos excesivamente trabajados en el gimnasio y en el quirófano. Era aquella maravilla, una de las posesiones que Augusto explotaba con astucia para dar riendas sueltas a sus bajas pasiones. Nunca faltaban en sus “fiestas” las prostitutas dispendiosas. Él sabía darse sus gustos, y las mujeres en cuestión acudían a ejercer su antaño oficio con mucha dedicación, dada la clientela exclusiva que se componía de políticos como aquel, además de narcotraficantes y contrabandistas, entre otros.
Esas incrédulas mujeres se dejaban embaucar cuando le ofrecían las divisas que manejaba a manos llenas el tipejo ese. Ellas nunca se imaginaban que el deplorable personaje no pondría en riesgo su imagen, su moral y su reputación. Además, si su esposa se enteraba no era una muy buena idea. Era ya su usanza, comisionar a sus esbirros la escogencia de las hembras con las cuales quería una diversión pasada de tono, un fin de semana cualquiera en alta mar. Solo les daba las especificaciones y ya. Al cabo de unas horas, estaban rubias, morenas; altas, de menor tamaño; flacas, gordas; las que él quisiera. Luego de la rumba, sus secuaces marinos se encargaban de borrar las evidencias. Le resultaba barata la jerga. Los depredadores hacían su excelente trabajo y ya, todo terminaba para las jóvenes y lindas mujeres. Solo eran expelidos unos cuantos gritos, ya que la embriaguez no les daba oportunidad de oponer alguna resistencia, desaparecían de la faz de la tierra devoradas por los tiburones.
En esas condiciones había dado muerte a doce mujeres incrédulas y aprovechadas, quienes se imaginaban que había llegado la oportunidad del siglo con aquel espécimen acaudalado. Siempre era ese su modus operandi. Hacer la invitación a la ya seleccionada prostituta, establecer el día exacto, equipar el yate y zarpar en busca de la felicidad suprema. Siempre decía entre sonrisitas macabras y chascarrillos sin sentido, que viviría un weekend fantástico, así mismo; en singular. Y en su “retiro espiritual” no podían faltar los detalles: Bebidas distinguidas, comidas supremas, cocaína, en fin; todos los ingredientes que se podían imaginar para que se llevara a cabo esa extravagancia. Luego, lo acostumbrado; los depredadores marinos terminaban el festín.
Augusto fue un muchacho de pueblo. Su padre, un pescador y su madre costurera esporádica. Se trató de nueve hermanos que comenzaron a trabajar desde las más tiernas edades, las labores de pesca junto a su padre y tíos. Estudió hasta la educación media y al llegar la mayoría de edad, decidió alzar vuelo; logró un empleo en la construcción de una refinería y luego en la refinería misma, cuando esta dio inicio a sus actividades características de transformación del oro n***o en sus derivados. Allí formó parte de un sindicato cuando las condiciones se dieron. Posteriormente caló peldaños, y con mucho esfuerzo (adulaciones, idolatrías personales y otras artimañas arribistas) entró poco a poco en el mundo de la política. Con el transcurrir de los años y con la llegada de una doctrina hambreadora, fue electo para un cargo en el gobierno local. Lo demás pronto sería historia.
Quiso un demente patrañero hacerse sentir, y aparecer en la palestra pública de manos de una gran derramamiento de sangre disfrazado de acto homérico, y en efecto lo logró. Se posicionó de la presidencia de una tierra henchida de riquezas naturales y colocó así, la primera piedra de un cataclismo sin parangón. Y con él, se apersonó una gran cantidad de especímenes oportunistas y malintencionados, para cubrir cargos exigentes sin estar preparados ni académica ni políticamente para ellos. Solo tenían un objetivo las mentes aciagas de esos personajes, apoderarse de las riquezas de una gran patria.
El senador había pensado en pagar un pequeño favor a un camarada. Era muy agradecido y vaya manera de cancelar sus deudas. César era un hombre de negocios, de esos que hacen fortuna de un día para otro con varias “lavanderías”. Salía a diario de sus empresas, el dinero inmaculado que antes había recibido de manos de rufianes que comercializaban las asquerosidades que dañaban mentes brillantes; de truhanes que mercantilizaban las riquezas de la patria de forma capciosa. César había facilitado una compra engañosa que dejaría muchos millones de ganancia. El hombre era un legitimador de capitales, de esos que nacieron en aquella nación para sumirla en la miseria.
Se reunieron en la tasca acostumbrada, la misma donde frecuentaban ir de manera constante a planificar sus vagabunderías. Degustaron whisky mayores de edad en cantidades exorbitantes, repartiendo propinas a manos llenas. Probaron exquisiteces varias y hasta cantaron desafinados. Los asistentes aplaudían como saltimbanquis pagados, ellos se sentían gloriosos, se sentían posicionados en la estratosfera de la popularidad al escuchar aquellas adulaciones pagadas por adelantado. En ese sitio se le puso fecha a una cita en alta mar. Luego de una llamada oportuna, se presentaron Belén y Omaira, dos jovencitas paradisíacas poseedoras de fabulosos cuerpos, de encantadoras bellezas e ingenuidades que nadie creía.
Augusto se decidió por Belén, la rubia con inmensos senos, desproporcionados en relación al resto de sus medidas. Le fascinaban las mujeres con grandes pares, era esa su debilidad. Admiraba el trabajo de los cirujanos plásticos, lo decía con palabras altisonantes mientras acariciaba a la chica con sobrada glotonería. César por su parte no perdía el tiempo, y metía manos en todas direcciones. Sus risas invadían los ambientes mientras, sin un asomo de recato, una nube de polvo blanco le daba un toque de perversión jocosa a la farra que personificaban las dos parejas. Era ruin la manera como se dilapidaba el dinero desfalcado de los erarios de una nación otrora colmada de riquezas naturales.
César, antes de ubicarse mezquinamente como una rémora a cualquier alto jerarca de las elites gubernamentales, solo había sido el ejemplar trabajador de una empresa del Estado. Lo fue por muchos años, hasta que las ponzoñas de la corrupción le inocularon el veneno maldito, el mismo que lleva a los embelesos y procura la venta del alma al ser que puebla las oscuridades, por lo que decidió dejar a un lado a una vida digna; a una existencia honrada y decorada de los valores que sus padres le habían inculcado. Abandonó esposa e hijos. Al cabo de unos pocos años, se había adueñado de varias empresas de las más variadas gamas. Negocios que arrojaban exorbitantes ganancias y que salían de la nada de la noche a la mañana. Detrás de las mismas, mucho dinero producto del delito era legitimado.
Desde hacía unos dos años aproximadamente, César recibía las divisas surgidas llegadas de los ilegales asuntos con mafias cosmopolitas que Augusto llevaba a cabo. Posterior a todo un ilícito proceso, regresaba un dinero celestialmente nítido nuevamente a las manos del parlamentario. Se repetía constantemente dicho asunto, variaban solamente las empresas inmiscuidas para llevar a cabo esas transacciones aciagas, las cuales desangraban al pueblo sin piedad alguna. Pero ya César había llegado demasiado lejos con la avaricia que, ya lo dice el vulgo, rompe el saco. En esa ocasión le propiciaba a su “benefactor”, un escabroso chantaje tanto político como económico. César quería más dinero, quería seguir subiendo con la desfachatez de los que hacen fortuna de la noche a la mañana. Quería ser favorecido en las próximas elecciones por encima de quien ostentaba la preferencia entre los votantes. Quería llegar demasiado lejos. Evidentemente que a Augusto no le convenía un escándalo que pudiera perjudicarle en la no tan fácil carrera por la presidencia de la República. Había llegado la hora de sacarse esa piedrita del zapato. Vaya que sabría aprovechar la ocasión. Mataría dos pájaros con un único tiro. Acabaría con esa leve molestia que ya le fastidiaba, y gozaría plenamente con dos despampanantes hembras.
El día acordado Augusto madrugó. Había pernoctado solo en una sombría casa, la cual se situaba distante de todo. Una casa, si se quiere, misteriosa por lo maquiavélica de su estructura. Unos inmensos muros de obra limpia la acorralaban, y los techos parecían haber arropado desde antaño, una gran cantidad de filtraciones que formaban figuras grotescas en ellas. La invadía un olor repugnante por doquier, casi que nauseabundo. No existía iluminación eléctrica, lo que si había era un centenar de cirios encendidos que procuraban las más disimiles sombras. En medio de un gran patio desnudo y de piso rudimentario, yacía Augusto en el centro de un todo, y a su alrededor, pegadas literalmente a su cuerpo de manera lineal; velas negras y rojas ardían al son de una música misteriosa y espeluznante, la cual se dejaba escuchar con un enorme estruendo.
El hombre estaba en un trance horroroso, vestido con una minúscula y ridícula pieza que dejaba resaltar su enorme panza. Sus labios belfos resollaban como lo hacen los caballos cansados. Sobre su calva cabeza reposaba una especie de capuchón, muy parecido a los que usaban los seguidores de una secta perversa, la misma que con sólo nombrarla, producía miedo hasta al diablo. Se sucedían las horas y el senador no se incorporaba de esa postura que lo dibujaba horroroso. Significaba un espantoso adefesio ese hombre, un verdadero esperpento. Era cortísima su estatura y grueso su cuerpo. El abdomen era preponderante a expensas de un panículo adiposo extremo. Su labio inferior resultaba exageradamente grande en comparación con su par superior. Sus ojos parecieran que de un momento a otro iban a salirse de sus cuencas. Pero lo más horroroso de todo ese berenjenal de fealdades, resultaba aquella nariz espeluznante que se asemejaba a una lagartija reposando sobre una gran roca deforme.
Cuando ya estaba próxima la llegada del alba, Augusto decidió por fin ponerse de pie. Hacía un supremo esfuerzo tratando de hacerlo. Se asemejaba esa manera tosca de incorporarse, a los esfuerzos que realizan las tortugas cuando, por alguna extraña circunstancia, caen tendidas sobre su caparazón. Cuando por fin lo pudo hacer, se dirigió hasta un altar que tenía en su haber, una gran cantidad de estatuillas, las cuales representaban a unos “ídolos”; a quienes se dirigía en un idioma que estaba lejos de ser entendido. Elevaba sus brazos mientras sus palabras eran cada vez más poderosas. De inmediato se apagaron todos los cirios, y solo quedó el silencio en medio de esas tinieblas, además del canto que ahora profería el viejo senador; aunque en vez de cantar parecía más bien que aullaba.
Era esa la manera como se encomendaba al ser sin luces para solicitar su compañía, rogando de igual modo que su presencia le proveyera sus ruines propósitos. Ese viaje en especial era sobradamente importante. En primer lugar, le gustaban mucho las mujeres que llevarían a bordo. Disfrutaría la orgía de manera colosal. Procuraría la potencia necesaria y urgente para satisfacerse con ambas. En segundo lugar, le daría una inesperada sorpresa a su socio, para que comprendiera de una vez y por todas, quien daba las órdenes. Lástima que no iba a tener tiempo de aprender su lección. Sería una verdadera lástima no hacer ese viaje. Esa noche Augusto no pernoctó en su residencia habitual. Como siempre que se haría a la mar en su lujosa embarcación, acudía a aquella recóndita morada para realizar el pacto que siempre hacía.
Se presentó en el sitio acordado, y ya allí estaban Belén y Omaira. Lo saludaron efusivamente. Se evidenciaba un gran entusiasmo en aquellas mujeres de la vida alegre, quienes presagiaban un día fabuloso que les dejaría buenos dividendos. Valdría la pena acostarse con esos espantajos repugnantes. Claro que valdría la pena, la cantidad de divisas estadounidenses era convincente. Con esa suma resolverían muchísimas necesidades. Era una suma que nunca habían imaginado, ni soñado siquiera. César llegó al poco rato. Antes de embarcarse, las chicas se retrataron con divertido coqueteo, expresando aspavientos divertidos. Sus risas invadían la atmosfera de aquella fría mañana en el puerto. No tenían permitido enviar las fotografías por ninguna red social. A bordo, un suculento desayuno les aguardaba. En el costado de estribor, justamente en la parte izquierda, había sido improvisada una pequeña mesa para tomar el desayuno. Las exquisiteces habían sido preparadas de manera artísticas, magistral. El chef era muy exigente consigo mismo, y cada vez, gracias a ello, sus creaciones superaban a las anteriores. Así se sucedía su superación culinaria.
A media mañana ya habían sido descorchadas varias dispendiosas botellas de licor, consumidas varias golosinas finas, y elevados los ánimos de las dos parejas. Las chicas se habían colocado unos trajes de baño diminutos que no dejaban nada a la imaginación. Eran despampanantes, sumamente ricas sus curvas y toda su anatomía. Al mediodía César se dispuso, a petición de las damas ya levemente envalentonadas por el alcohol ingerido, a servir un suculento almuerzo dejado preparado por las manos prodigiosas del chef privado. Ellas comieron con crecida apetencia, mientras aquellos hazmerreíres se circunscribían a observar desde una distancia prudente, toda vez que planificaban los siguientes pasos. Reían los rufianes al observar a las mujeres cuando, tratando de comer las langostas, no sabían cómo proceder de pura impericia.
Ellas engulleron mucho de las exquisiteces dispuestas, saliendo de sus dietas estrictas como excepción. Sería un pecado mortal no probar aquellas excelencias culinarias. Luego se ubicaron a estribor a departir, mientras la digestión se llevaba a cabo. Las máquinas eran detenidas. Augusto no era experto en la materia en cuanto a conducir aquella magna nave, y se había adentrado muchísimas millas mar adentro. Las mujeres miraban las quietas aguas, mientras colocaban protector solar en sus tiernas pieles. Ya en posición decúbito ventral, los seniles personajes continuaron aplicando con deseo crecido, el viscoso líquido sobre aquellos dorsos tenues y en los glúteos perfectos que al ser tocados, trasladaban a la gloria.
Más tarde, bailaban divinamente las escandalosas melodías expelidas de los potentes altavoces que se ubicaban por doquier. Las dos parejas estaban aisladas del resto del mundo. Al iniciar la noche, la superficie del yate cobraba vida. Las luces encendieron de manera automática. Augusto y Belén se ubicaron pícaramente en el piso de la embarcación, justamente en su parte más baja, sobre la quilla y las sentinas. Quería el enano y obeso senador, llevar a cabo sus bajas pasiones en los sitios más curiosos. Ya la chica se había despojado de sus minúsculas telas, y sus senos danzaban al viento para deleite del viejo, quien los restregaba sádicamente; babeándolos como un cretino con doctorado. Ella se dejaba hacer todo con la mente centrada en lo que fuese, menos en eso que la tocaba como lo hace un niño con un nuevo juguete.
La otra pareja hacía otro tanto cerca de ellos. Se adivinaban cercanos por la impúdica manera de excitarse de César. Hicieron el sexo en las más inverosímiles posiciones y en los más curiosos lugares, tal como lo habían planificado. Las píldoras prodigiosas procuraron la dureza que ya hasta se les había olvidado que alguna vez habían poseído. Luego de saciarse hasta quedar exhaustos, los rufianes intercambiaron parejas mientras reían como poseídos por un espíritu burlón. Las mujeres se dejaban llevar deseosas de que el tiempo pasara rápido. Gracias a Dios, el alcohol que ya calaba sus cerebros, les obnubilaban sus entendimientos y ya a esa altura de la situación; lo hacían todo como autómatas. En condiciones normales, estar emparejándose con esos horrendos tipejos requería una gran dosis de sacrificio. Ellas sólo pensaban en los dichosos dólares. En eso nada más, de lo contrario no hubiesen podido siquiera hablarles y aspirar los nauseabundos hálitos que emanaban esas podridas bocas.
Hicieron esa orgía excedida sin un dejo de limitaciones. Terminaron la juerga en el camarote principal. Los cuatro en la gran cama dispuestos desordenadamente. Al final de todo, los dos repugnantes seres se acariciaban mutuamente revelando las verdaderas intenciones enfermizas, las cuales no ocultaban ante nadie. Las mujeres despertaron ofuscadas y con una cefalea intensa. Tenían moretones por todo el cuerpo y ni seña alguna de sus pequeñas ropas. Ellos dormían profundamente, aún abrazados como unos espantajos salidos de algún lugar siniestro. Ellas, avergonzadas e incrédulas de lo que habían hecho, corrieron a bañarse tratando en vano de limpiar la baba de esos repugnantes cerdos que aun sentían en su piel. Ya solo faltaba un día para terminar aquella pesadilla, la cual únicamente soportaban por amor al dinero. Ya más calmadas y después de casi una hora bajo la tibies de la ducha, se dirigieron a preparar algo de comer, ya que sus necesidades eran inaplazables.
Luego del desayuno, permanecieron en la cubierta tomando un bien merecido baño de sol, con sendos refrescos bien helados con los cuales trataban casi en vano, de apagar una especie de quemazón que les descuartizaba las entrañas. No fue sino hasta superadas las dos de la tarde, cuando los arcaicos seres se apersonaron con una botella de whisky añejo entre sus manos. Iniciaba de ese modo el segundo round de aquella aventura paradisiaca prepagada, y llevada a cabo en un costoso yate el cual ya había elevado sus anclas. No se percató el ignaro senador, que una tempestad se dibujaba en el horizonte cercano, y que se había oscurecido el ambiente. Pronto se presentaban en el cielo, los destellos de una tormenta eléctrica. Las gotas de lluvia cayeron tímidas al principio. Con el pasar de los minutos ya se insinuaba un pequeño diluvio. Todos miraban preocupados al yate que, con las máquinas apagadas, se adentraba cada vez más al océano. Augusto, confiando siempre en que sus secuaces hacían todo por él, no se había preocupado de que la embarcación estuviera en óptimas condiciones para el zarpe. No se había percatado de que la falta de mantenimiento pasaría factura de un momento a otro. La algarabía de los excitados y embriagados sentidos, no permitió que sus olfatos percibieran el olor característico de un desperfecto eléctrico. En un destello de lucidez, comprobó que todas las luces estaban apagadas. Le preocupó hondamente la situación.
El sistema eléctrico de esa embarcación estaba constituido por una fuente de energía eléctrica (Batería) la cual, mediante unos cuadros de distribución y un tendido de cables, permitía distribuir la corriente que regulaba el servicio tanto de iluminación como de otras necesidades de la misma. Ignoraba el regordete y calvo individuo, que para que todas las funciones y necesidades de la embarcación que habían sido confiadas a la energía eléctrica funcionaran debidamente, tanto los equipos generadores como las redes distribuidoras debieron ser montadas a bordo con una calidad que permitiera garantizar su fiabilidad a costa de un pequeño mantenimiento de vigilancia. Y fue precisamente eso lo que se había descuidado, el debido mantenimiento por personal especializado. De igual manera, debería ese gran yate ser tripulado por una persona docta en la materia, y el senador estaba bien lejos de serlo.
Ya la lluvia se transformaba en una desquiciada tempestad, con vientos atroces que hacían que las entonces mansas aguas límpidas, ya fuesen una enfurecida mezcla de poder y peligro. Estaban en una tormenta, y el yate navegaba descontrolado y a la deriva, gracias a la ineptitud e irresponsabilidad del viejo senador. Los motores estaban “fuera de circulación.” Sorpresivamente apareció por la popa, una monstruosa muralla de agua de más de veinte metros de altura que, al chocar, estremeció violentamente el yate y barrió la cubierta, haciéndolo desaparecer bajo el agua por algunos segundos. La inmensa ola no fue vista hasta que estuvo al costado del buque, pero fue peculiar, mucho más grande que las que hubo observado cierta vez en un film de terror. Los tomó de sorpresa.
Justamente cuando Augusto iba a llevar a cabo su fatídico plan homicida, se produjo un fenómeno natural, confabulado con la negligencia creciente del estúpido senador, quien solo sabía hacerse millonario sin medidas; malversando fondos públicos. El veneno había sido servido en el trago de César, quien yacía muerto en algún sitio impreciso. Las mujeres ya ebrias, serían arrojadas directo a las fauces de los escualos hambrientos, los cuales frecuentan aquellas cálidas aguas, las mismas que había escogido el corrupto personaje para esa pérfida finalidad. No había tenido tiempo de eso último, la recia tempestad amenazaba con destruirlo todo.
Salida de la nada, según la apreciación de parlamentario y a una distancia aproximada de una milla, apareció otra ola de altura doble a la sentida ya; el yate descendió como en caída libre. La nave cayó en la profunda garganta que se abría delante de la ola, más o menos la altura de treinta metros. Era exactamente como una montaña, una pared de agua viniendo hacia ellos desde una dirección como de treinta grados de la proa por la amura de estribor. El puente pareció explotar, Belén fue eyectada violentamente hacia atrás y, luchando contra libros y almohadones, tuvo que realmente nadar y arrastrarse tratando de resguardarse; pero finalmente cayó al embravecido mar. Se perdieron los radares, los girocompases, el ecosonda y parte de los equipos de comunicaciones. La ola también abolló un alerón de acero de la estructura del puente.
Todas las búsquedas que se llevaron a cabo resultaron infructuosas, no se encontraron sobrevivientes ni restos del naufragio. La teoría más plausible que encontraron los organismos de rescate, fue que el yate había encontrado una ola descomunal como sucedió en efecto, la cual produjo una vuelta de campana; o la inundación de sus bodegas, hundiéndose casi instantáneamente. Justo antes de que la embarcación fuese tragada por el océano, desesperado, Augusto se dirigió hasta donde estaban los botes salvavidas y se apresuró a montar en uno. Lo dejó caer pesadamente al agua. El golpe del contacto, hizo que se tambaleara enormemente; pero se mantuvo finalmente a flote. Sintió que algo pesado caía al bote cuando ya se prestaba a soltar las amarras. Era una de las mujeres que se había lanzado al vacío, yendo a parar a sus pies. El golpe fue tremendo, la fémina chocó su cara contra la dura estructura. De seguido, un charco