MATTEO El hospital olía a desinfectante y a derrota. Un olor agrio que se me metía en la garganta cada vez que respiraba. La habitación privada era un lujo hueco; las paredes blancas solo servían para reflejar mi propia ruina. El hombro me latía con un dolor sordo y constante, un recordatorio físico de la bala de Dorian. Pero era un dolor menor comparado con el que sentía ahora, mirando a mi padre. Se sentó en una silla de visitas, rígido como un juez, pero su palidez y la sombra oscura bajo sus ojos delataban el golpe. En sus ojos no había preocupación, ni alivio. Solo había un desprecio tan profundo que casi podía tocarse. —Mira tú —dijo—. El gran estratega. El que iba a sacar a Dorian del trono. Y aquí estás, con un agujero en el hombro y otro más grande en tu cerebro. —Padre, él me

