Vi un destello de interés genuino, rápido y calculador, en sus ojos de halcón. Le estaba ofreciendo una salida dorada, y una venganza. —¿Y por qué haría eso? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta. —Porque el ministro —continué, pronunciando cada palabra con claridad— no va a ver con buenos ojos que el hombre que debía investigar el crimen de su hijo haya estado, digamos, amortiguando las pesquisas todo este tiempo para no molestar a la familia equivocada. Ahora tiene un chivo expiatorio perfecto y entregado. Puede presentarle la cabeza de mi tío en bandeja de plata, junto con la de su propio hijo degenerado. O puede intentar salvar lo insalvable y hundirse con ellos. La elección, comisario, es suya. Pero el reloj ya está en marcha. Mancini guardó silencio. —¿Contento con tu función,

