DORIAN Matteo abrió los ojos, una confusión genuina mezclándose con su agonía. Yo fruncí el ceño, recalculando al instante. Las sirenas de la policía se amalgamaban afuera, un coro previsto. Pero esta c********a en la puerta… eso no estaba en el guión de Mancini. Eso era un factor nuevo, violento e impredecible. —Parece que la fiesta empezó sin pedir permiso —murmuré, escuchando cómo el caos, un ser vivo hecho de cristales rotos, gritos y metal ardiente, se apoderaba del casino. Me dirigí hacia la puerta, mi mente ya trazando rutas de salida alternativas. La mano en el pomo, el sonido ensordecedor a punto de inundar la habitación. —¡No te muevas, Dorian! —rugió Matteo desde el suelo, su voz un quejido desesperado—. Si he de irme al infierno… ¡tú vendrás conmigo! No me volví. Sabía, co

