CAPITULO 22

1024 Palabras
VALENTINA No quería ver a la Madre Agnese, pero sabía que era inevitable. Después de orar y llorar en silencio en la capilla, con las rodillas aún doloridas por el frío de la piedra, seguí al Padre Vittorio por los pasillos familiares que ahora me parecían un laberinto de mi propia culpa. La madera gruesa de la puerta de su oficina crujió cuando él llamó con dos golpes suaves, casi un susurro. —Adelante —respondió la voz de la Madre Agnese di Martino, firme y seca como una losa de mármol sobre un sepulcro. Entré, sintiendo que cada centímetro que avanzaba era un paso más hacia mi propio juicio final. La Superiora estaba de pie junto a la ventana alta, su silueta recortada contra la lluvia que resbalaba por los cristales. Tenía las manos entrelazadas a la espalda, en una pose de autoridad inmutable. No se giró al sentir nuestra presencia. El aire olía a cera vieja y a papel polvoriento. —Así que decidiste, por cuenta propia, negociar con un mafioso —dijo, sin volverse. Sus palabras cayeron como guijarros en un estanque helado—. Qué acto de valentía… o de suprema insensatez cometiste. ¿Por qué? Bajé la cabeza, fijando la vista en las baldosas desgastadas a mis pies. —Porque le salvé la vida —susurré—. Esa noche, en la capilla. Fui yo quien lo escondió. La Madre Agnese se quedó en silencio por un instante. Cuando habló de nuevo, su voz tenía un tono nuevo, de comprensión repentina y amarga. —¿El hombre que escapó esa noche… fue él? Asentí, incapaz de articular otra palabra. —¡Entonces por eso actuabas tan extraña cuando lo veias! —exclamó, y por fin se volvió. Sus ojos, de un gris acerado, me traspasaron—. Todas esas veces que ese hombre aparecía en la plaza… era por ti. ¡Dios mío! —Su indignación crecía con cada palabra—. Por eso las limosnas tan generosas, las visitas… se estaba acercando a ti y tú se lo permitías. —¡Claro que no! —protesté, pero mi voz sonó débil, defensiva. —¡Deja de mentir! —cortó ella, elevando el tono. El eco rebotó en las paredes austeras de la oficina—. ¿Por qué fuiste a verlo? ¿Qué te pidió a cambio de esos tres meses? Dilo. —Nada —murmuré, pero la mentira se deshizo en el aire entre nosotros, frágil e inservible. —Mientes con toda la desfachatez posible, incluso frente a Dios —escupió ella, acercándose. — Dios sabe que solo intentaba ayudar. Él estaba en deuda contigo… —¿Deuda? —repitió, y una mueca de disgusto torció sus labios—¡Dios bendito, niña… eres un demonio de ingenuidad! —Soy una sierva de Dios que buscaba desesperadamente una salida —repliqué, y esta vez mi voz tembló no por miedo, sino por un resto de convicción. —¿Y creíste que podías despertar un rastro de humanidad en un hombre como Dorian Martinelli, como si fuera un niño perdido? —dijo con un desprecio que me quemó—. Qué candor… incluso para ti. Hombres como él no negocian con palabras. —Hizo una pausa dramática, dejando que su mirada recorriera mi cuerpo de arriba abajo, como si pudiera ver a través del hábito todas las marcas que Dorian había dejado—. Y ya sé cuál fue tu moneda de pago, desvergonzada. Pecadora. —¡Madre! —intervino el Padre Vittorio, que se había mantenido en silencio junto a mí. Su voz, normalmente suave, sonó firme—. Dios Nuestro Señor perdonó a la samaritana, incluso a las pecadoras. Su corazón es misericordioso. —¿Defiendes lo indefendible, Vittorio? —replicó ella, volviéndose hacia él—. ¿Sabes lo que esto significa para este orfanato? Nunca nos dejará en paz. Por eso la repentina venta de este lugar. Llevamos más de veinte años en este barrio, y desde que ese hombre apareció, solo ha habido desgracias. —Cálmese, Madre Agnese —rogó el padre, pero ella ya había girado hacia su escritorio. Abrió un cajón con un movimiento brusco y sacó una carpeta manila, gruesa y con los bordes amarillentos por el tiempo. La arrojó sobre el escritorio con un golpe sordo. —No hay dinero —declaró, implacable—. Ni uno solo de nuestros benefactores respondió a las cartas. Las donaciones han disminuido a casi nada. No tenemos más que deudas. —Alzó la vista para clavarme sus ojos—. Y dentro de tres meses, cuando expire ese ridículo acuerdo que lograste… seremos desalojados como perros. Me llevé una mano al pecho, donde el corazón parecía querer escapar. —¿Entonces…? —logré balbucear. —Si no conseguimos un lugar donde mudarnos —continuó, cada palabra un martillazo—, dormiremos bajo los puentes. Y tú, claro, tendrás el privilegio de saber que, al menos, compraste tiempo. Tiempo vacío. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Un vértigo de absoluta desesperación me envolvió. —No lo sabía… —susurré. —Claro que no lo sabías —cortó ella con amargura—. Porque decidiste actuar sola. Pero lo hecho, hecho está. La Madre Agnese me miró entonces con una mezcla de desprecio y una piedad tan fría que era aún más hiriente. —Y ya que tanto te gusta hacer sacrificios por la causa… harás penitencia. Levanté la mirada, sintiendo un nuevo y oscuro presentimiento. Mi corazón latía con fuerza, atrapado entre mis costillas. —¿Qué tipo de penitencia? La pregunta quedó suspendida en el aire cargado de la oficina. El Padre Vittorio hizo un movimiento casi imperceptible, como si quisiera intervenir de nuevo, pero la mirada gélida de la Madre Agnese lo inmovilizó. —Tu pecado, Valentina, fue de arrogancia. Creíste que podías manejar fuerzas que no comprendías, que podías bajar al fango sin mancharte. Tu error ha puesto en riesgo no solo tu alma, sino la supervivencia misma de esta casa. Por lo tanto, tu penitencia será tan tangible y pesada como las consecuencias de tus actos.
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