VALENTINA
Hizo una pausa, dejando que la anticipación se tensara como una cuerda.
—A partir de mañana, y hasta que se resuelva el destino de este orfanato, tu labor aquí cambiará. Dejarás de impartir clases a los niños pequeños. Dejarás tus tareas en la biblioteca y en el jardín.
Un nudo de temor se formó en mi garganta. Esas eran mis labores, mi refugio, el único lugar donde aún me sentía útil y cerca de la luz.
—¿Entonces… qué debo hacer? —pregunté, con la voz apenas un hilo.
—Te dedicarás por completo a la recaudación —declaró, y cada palabra caía como una losa—. Saldrás todos los días, de sol a sol, a golpear puertas. Visitarás cada comercio, cada oficina, cada casa pudiente de esta ciudad y de las vecinas. Llevarás la historia de estos niños, nuestra situación desesperada, y pedirás limosna. No para ti, sino para ellos. Y llevarás un registro estricto de cada promesa, de cada negativa, de cada moneda que consigas.
—Pero, Madre… las visitas, las solicitudes de fondos… eso ya lo hacemos por correo, y…
—¡Y ha fracasado! —cortó ella, golpeando la mesa con la palma de la mano. El sonido hizo que ambos nos estremeciéramos—. Porque el correo no tiene rostro. No tiene ojos que supliquen, ni un hábito manchado de urgencia. Tú tendrás que ser ese rostro, Valentina. La humildad hecha carne. La desesperación en persona. Quizás, viendo a una de las nuestras tan… abatida, algunos se conmuevan. Es nuestra última esperanza terrenal.
La entendí entonces. No se trataba solo de recaudar. Se trataba de humillación pública. De poner mi culpa y mi derrota al servicio de la caridad ajena. De convertirme en un espectáculo piadoso.
—Además —continuó, su voz bajando a un tono aún más peligroso—, estarás acompañada en todo momento por la Hermana Clara.
El Padre Vittorio no pudo contenerse. —¿Clara? Madre, ella es… la más estricta, la más…
—La más devota y la de carácter más firme —terminó Agnese—. Será tus ojos, tus oídos y tu conciencia en el exterior. Velará porque cumplas tu tarea con diligencia y… recogimiento. Y me informará de todo. De cada palabra, cada gesto, cada desviación.
Clara, sería mi carcelera.
—Esta será tu penitencia y tu contribución real —concluyó la Madre Superiora, cerrando la carpeta de papeles con un gesto definitivo—. Ganarás el pan de estos niños con tu sudor y tu vergüenza. Y quizás, en el proceso, encuentres de nuevo el camino de la humildad que abandonaste. O al menos, entenderás el verdadero peso de jugar con el demonio.
—Entiendo y acepto la penitencia.
Las palabras salieron de mis labios con una frialdad que no sentía. La aceptación era el único camino hacia delante, por desolador que fuera.
La Madre Agnese no respondió. Solo hizo un leve gesto con la mano, un ademán de despido real, mientras su mirada se perdía en la lluvia que desdibujaba el mundo tras la ventana. Había dictado su sentencia, y ahora yo dejaba de ser su problema inmediato para convertirme en un instrumento, en una mendiga con hábito.
El Padre Vittorio me tocó suavemente el codo, y su contacto, cálido y firme, fue el único punto de anclaje en aquel naufragio. Salimos de la oficina, y el sonido de la puerta cerrándose a nuestras espaldas tuvo la resonancia de un portazo celeste.
En el pasillo, la sombra era más profunda. El padre se detuvo.
—Valentina… —comenzó, pero las palabras parecieron faltarle.
—No hace falta que diga nada, Padre —interrumpí, mirando mis manos entrelazadas—. Es justo. Lo que hice… merecía un castigo mayor.
—El castigo no es el camino de Dios, hija. La reparación, sí. Pero esto… —Hizo un gesto vago hacia la puerta cerrada de la oficina—. Esto huele a castigo.
—Es la única salida que nos queda —dije.
—Te acompañaré, en espíritu, en cada paso —susurró él, y su voz se quebró ligeramente—. Reza, Valentina. Y si no puedes rezar… al menos habla. Dios escucha incluso los silencios rotos.
Asentí, incapaz de articular más. Me separé de él y caminé sola hacia el dormitorio común. El sonido de mi propio corazón era un tambor sordo en mis oídos. Al pasar frente a la puerta entornada de la sala de los niños más pequeños, me detuve. Desde dentro llegaba el suave rumor de la respiración dormida, el suspiro inocente de un pequeño, el roce de una sábana. Ese era el sonido que debía salvar. El precio ya estaba pagado; ahora solo quedaba la ejecución de la deuda.