VALENTINA
Cuando por fin cerré la puerta de mis aposentos, todo el aire que había estado reteniendo en los pulmones escapó en un jadeo roto. Mi espalda se desplomó contra la madera sólida, como si los huesos hubieran dejado de serlo. Hundí el pestillo con dedos que no reconocía, temblorosos, y el clic metálico resonó en el silencio como el cerrojo de una celda.
Allí me quedé, sin fuerzas para moverme, con la frente apoyada en la puerta, escuchando el eco acelerado de mi propio corazón. Latía con violencia, como si quisiera romperme el pecho desde dentro. No era miedo. No del todo. Era algo peor: conciencia.
Me deslicé lentamente hasta el suelo. El hábito pesaba como una condena. Durante años había sido refugio, promesa, frontera. Ahora era una prueba. Una acusación. La lana áspera me raspaba la piel sensible, y ese contacto me devolvía, una y otra vez, al recuerdo que intentaba aplastar.
Lo arranqué de mi cuerpo con un movimiento brusco, casi desesperado. La tela cayó a mis pies, negra, vencida. Me quedé mirándola largo rato. No parecía una prenda. Parecía un resto. Algo que ya no sabía si me pertenecía.
Avancé hasta el baño como si caminara dentro de un sueño febril. El espejo me devolvió una silueta que reconocí y no reconocí al mismo tiempo. Mis manos temblaban. Las observé con una atención casi científica, como si fueran de otra mujer. Una mujer capaz de cruzar un umbral que yo juré no ver jamás.
Abrí la ducha y el agua fría cayó sin misericordia. El impacto me hizo jadear, doblarme, aferrarme a la pared. El frío mordía, pero no apagaba el fuego que llevaba dentro. Me quedé allí, permitiendo que el agua recorriera mi cuerpo como un juicio implacable, como si pudiera lavar algo más profundo que la piel.
Tomé el jabón de la repisa. Me froté con una insistencia casi furiosa, recorriendo cada lugar donde la memoria se aferraba con uñas invisibles. Cada roce despertaba imágenes que no quería ver y sensaciones que no sabía cómo nombrar sin romperme.
El olor no se iba. No importaba cuánto frotara. No estaba en la piel. Estaba en mí.
Un sonido bajo, quebrado, se escapó de mi garganta.
—No —susurré, luego grité, golpeando la pared con el puño. El dolor físico fue inmediato, claro, casi agradecido. Era algo que podía entender. Algo que merecía.
Las lágrimas llegaron después, silenciosas al principio, luego incontenibles. Lloré sin plegarias, sin palabras santas, sin esperanza. Por la certeza de que algo se había roto para siempre.
El espejo estaba empañado. Limpié una franja con la mano y me enfrenté a la mujer que había allí. Sus ojos eran distintos. Oscuros de una forma nueva. No había paz en ellos, pero tampoco ignorancia. Había vértigo. Y algo parecido a la fascinación.
Mis dedos rozaron las marcas visibles en mi piel. Sentí la sensibilidad, el calor, la huella. Pensé en cuánto tiempo tardarían en desaparecer, si alguien las vería.
Salí del baño temblando, envuelta en un frío que no venía del agua. En la percha, el camizón de dormir esperaba. Lo tomé y me vestí.
Me senté en la cama sin deshacerla. Miré mis manos sobre el regazo. Cerré los ojos e intenté rezar. Las palabras no vinieron.
En su lugar apareció su nombre, no como un pensamiento, sino como una presencia. Oscura, persistente y comprendí, con un terror que me heló la sangre, que el verdadero castigo no sería el escándalo, ni la pérdida, ni el juicio ajeno.
El verdadero castigo no sería el recuerdo. Sería convivir con el deseo.
Despertar cada día sabiendo que miré al abismo… y que una parte de mí, imperdonable y honesta, quiso quedarse allí.
Me recuesto en la cama y cierro los ojos, intentando dormir. Es inútil. La escena vuelve una y otra vez, como una película de terror que no puedo detener. Cada gesto. Cada palabra. Cada segundo grabado con una nitidez cruel. Mi corazón late descompasado, ahogado entre la vergüenza y la impotencia de haber sido utilizada, de haberme entregado creyendo que aún existía algo parecido a la justicia.
Por primera vez, el odio corre por mis venas con una claridad absoluta. No como una emoción difusa, sino como algo físico: lo siento en la piel, en el pecho, en la garganta. Sus palabras regresan, malditas, afiladas, condenándome incluso ahora, cuando él ya no está. Palabras que no solo me humillaron, sino que quebraron algo más profundo.
¿Por qué fui tan ingenua?
¿Por qué me dejé seducir?
¿Por qué mentí, incluso a mí misma?
¿Por qué lo salvé aquella noche?
Las preguntas se amontonan, se atropellan, pero todas desembocan en la misma verdad insoportable.
Porque creí que todos podían ser buenos en el fondo, porque confundí compasión con fe. Porque pensé que el amor bastaba para salvar a esos niños… y a mí.
Me llevo una mano al pecho, como si pudiera arrancar de allí la culpa, pero no se va. No se irá. Entiendo, al fin, que no hay penitencia suficiente para borrar lo que ya despertó dentro de mí.
Y eso es lo que más me aterra, no haber caído, sino haber querido hacerlo.