DORIAN El almacén huele a salitre, a aceite rancio y a miedo. Un miedo antiguo, que se ha ido filtrando en las vigas de hierro y en el cemento agrietado del suelo. Es un olor que conozco bien. El olor de las cosas que se descomponen cuando nadie las vigila. Bruno Santoro cuelga frente a mí, un marioneta grotesca con los ojos vendados. Los cinchos de plástico blanco, tan comunes, tan vulgares, muerden sus muñecas, atadas al gancho de carga que desciende del techo. No está lastimado. No todavía. La elegancia está en la precisión, no en la c********a. Está suspendido, los pies rozando el suelo, en una posición lo suficientemente incómoda para recordarle cada segundo su propia vulnerabilidad. Su chaqueta de cuero, esa armadura de niño duro, yace en un montón sucio a sus pies. Me produce un d

