DORIAN El aire en el almacén parece solidificarse. No me muevo. Exteriormente, soy una estatua de hielo. Pero por dentro, las piezas del tablero no solo se reordenan; estallan y vuelven a caer en una formación completamente nueva, más peligrosa y prometedora. Esto ya no es solo una confesión o una localización. Es un gambito maestro de un peón que pensé era estúpido. Bruno no solo tiene información. Tiene el botín. —Te daré la ubicación —jadea, percibiendo el cambio en mi silencio—. Todo. —Suponiendo que crea tu cuento —digo, y mi voz es suave, casi conversacional—, ¿qué gano yo? Tengo un plazo para entregarte a la policía. Tu cabeza es el precio de mi tranquilidad. —Ganarías algo mejor que tranquilidad —responde, y ahora su voz adquiere una urgencia calculada, el tono de un hombre que

