DORIAN La entrada a La Cisterna era discreta, casi invisible desde el exterior. Dos escalones de piedra húmeda conducían a un portón de hierro oxidado. Al abrirlo, el olor a moho y encierro golpeó como una bofetada. El eco de los pasos resonaba sobre el cemento crudo. Arrojé al cura contra una silla metálica atornillada al piso. —Bienvenido a tu confesionario, padre. Hoy, tú hablas… y yo juzgo. —Dios se apiade de tu alma —murmuró él, sin alzar la vista del suelo sucio. —Debería pedir por la suya, no por la mía —corregí, ajustándome los puños de la camisa. La promesa aún vibraba en el aire frío cuando mi teléfono estalló en una vibración sorda contra el muslo. Lo extraje. La pantalla iluminaba el nombre con una luz fría: Gaetano. —Dime —respondí, y noté una tensión en mi propia voz q

