MARCO Salimos temprano de la comisaría, rumbo al orfanato. Hoy era el día del desalojo forzoso, y quería ser testigo del destino de esos niños, enfrentar la consecuencia última de este caso. Quizás, de algún modo, poder intervenir. Pero el destino, o el infierno, se adelantó. La llamada destrozó el silencio del coche, un estallido de estática y urgencia en la radio del panel: "…Se reportan disturbios y posibles disparos en el orfanato Santa María. Alguna unidad cercana al lugar, avisen." El intercambio de miradas con Rinaldi fue instantáneo, cargado de una misma y terrible premonición. —Aquí Bellini —respondí, ya tomando el volante con más fuerza—. Estamos a menos de cinco minutos. Nos redirigimos de inmediato. Rinaldi maldijo en voz baja, ajustándose la pistola en la funda. —¿Un enf

