DORIAN Me giro hacia el círculo de monjas que quedan, temblando, muchas con los ojos cerrados rezando. El Padre Vittorio las abraza, su rostro es una máscara de dolor y de una furia impotente. —Se lo preguntaré una vez más —digo, y mi voz ahora es el único sonido en el mundo—. ¿Dónde está Valentina? Mi mirada recorre sus rostros y se detiene en uno: Sor Benedetta. La más débil. La que ya tiene una g****a. Le apunto directamente a la frente. Ella solloza, se derrumba de rodillas. —¡Lo juro! ¡Nadie la vio salir! ¡No sabemos nada! La decepción es un sabor amargo. Aprieto el gatillo. No en la frente. En el hombro. El grito que lanza no es solo de dolor físico, es el sonido de la fe rompiéndose contra la realidad más primitiva. Cae, retorciéndose. —¡Detente, Dorian! —ruge el Padre Vittori

