DORIAN El viernes amanece con un cielo de acero, un techo perfecto para la función que estoy a punto de dirigir. Me visto con esmero: un traje color vino impecable pero sobrio, una corbata de seda discreta. La imagen debe ser la correcta. No la del magnate, sino la del benefactor. El salvador que llega en el último acto, cuando el telón está a punto de caer sobre el drama de la desesperación. El plazo del desalojo vence hoy. He esperado con la paciencia de un relojero, dejando que la presión ahogue cada rincón de ese convento miserable, sabiendo que cada suspiro de angustia de ella era un paso más hacia mí. Hoy es el día en que Valentina, acorralada, sin opciones, verá la única mano tendida: la mía. Compraré el lugar de sus pesadillas y se lo regalaré. Un trueque justo: su libertad por s

