Tras una eterna y agónica hora de viaje, estábamos al fin llegando. Esperaba que nada hubiera ido mal, esperaba que estuvieran vivos. Detuvimos el coche frente a una gran casa blanca, casi parecía una mansión, muy antigua. Esta era la ubicación que Zaleria y yo habíamos descubierto sobre Davorin. —¿Vas a explicarme de una vez qué está pasando? —preguntó Ciro al verme andar deprisa hacia la casa. —Quédate aquí, por favor. No quiero que te pase nada. —No voy a dejarte sola, Nora —me tomó del brazo, deteniéndome—. No sé qué ocurre, pero no voy a arriesgar tu vida, voy contigo. —Por favor. Confía en mí —lo miré frunciendo levemente el ceño, pidiéndole con mi expresión que hiciera eso mismo. Adoré su preocupación por mí, pero yo tampoco podía arriesgar su vida. No dejaría en absoluto que na

