Bridget y las monjas parpadeaban repetidas veces, con los ojos clavados en el suelo, cubierto por decenas de arañas de distintos tamaños. Ninguna comprendía la espantosa escena que acababan de presenciar. Tracie, aún temblorosa, soltó un respingo cuando tres arañas treparon por su falda, haciéndola chillar mientras se sacudía la ropa con desesperación para quitárselas de encima. Bridget seguía inmóvil, respirando entrecortadamente. El demonio.
Aquel ser que había surgido de la nada… ahora la perseguía. Cada vez que cerraba los ojos, sus pupilas se llenaban con la imagen de esos ojos blancos, vacíos y sin alma. Su porte, su sonrisa torcida, su voz burlona...
Era una visión demasiado perturbadora para una chica de apenas dieciséis años. No era algo que pudiera olvidarse. No fácilmente. Pasaron unos segundos eternos.
Las luces dejaron de titilar. Las arañas, aplastadas por los pisotones desesperados de las monjas, yacían inmóviles en el suelo. Un silencio denso se instaló en el despacho, roto solo por las respiraciones agitadas y el zumbido lejano de la tormenta. Nadie dijo nada al principio. Necesitaban recomponerse.
Bridget, por su parte, no parecía presente del todo. Fijaba su mirada en el suelo, como si estudiara los restos de los arácnidos. Pero su mente…estaba completamente en blanco.
—¿Bridget? —la voz de su padre seguía sonando a través del auricular—. ¡Bridget!
Ella se llevó el teléfono al oído con dedos temblorosos.
—Ven por mí... por favor —susurró con voz quebrada, antes de colgar la llamada.
Selma se acercó lentamente, aún visiblemente afectada.
—¿Qué fue lo que acaba de pasar? —musitó, como si no esperara respuesta.
Las miradas de las monjas se posaron sobre Bridget, esta vez más densas, más... sospechosas.
Achinaron los ojos, evaluando su rostro.
Ninguna se atrevía a decirlo en voz alta, pero la duda era evidente.
¿Había sido ella la causa de todo eso?
Pero no podían acusarla.
No sin pruebas.
Además, ella no se había movido en ningún momento.
Aun así…
En el internado nunca habían ocurrido cosas como esas.
—Tal vez la tormenta provocó una falla eléctrica —dijo Tracie, encogiéndose de hombros, buscando una explicación racional.
—¿Y cómo explicas lo de las arañas? —intervino Charlotte, con el ceño fruncido—. Mantenemos este lugar impecable. Aquí casi nunca se ven esas criaturas.
—Las arañas no son criaturas, Charlotte. Son insectos —le corrigió Tracie con tono distraído.
—Me da igual lo que sean. No me gustan para nada —bufó Charlotte, estremeciéndose.
—Deberíamos contactar con control de plagas. No podemos permitir una infestación aquí, mucho menos en las habitaciones de las niñas —propuso Tracie.
—Lo haré apenas amanezca —respondió Selma con firmeza—. Por ahora, debemos llevar a Bridget con el enfermero. Necesitamos asegurarnos de que está bien.
Las demás asintieron.
Selma se acercó a la cruz que había caído de la pared. Se quedó un momento de pie frente a ella, mirando el símbolo sagrado.Para algunos, la caída de una cruz no significaba nada.
Para Selma… tampoco. No creía en fantasmas ni maldiciones. Sin embargo, algo en su interior le susurró que esa noche, nada era normal.
Se inclinó, recogió la cruz con cuidado y la colocó de nuevo en su lugar.
—Llamaré al enfermero —anunció, regresando al escritorio.
Tomó el teléfono, marcó, y esperó.
Tras unos segundos, una voz somnolienta respondió:
—¿Sí? Buenas noches… —bostezó el enfermero al otro lado de la línea.
—Jeremy, disculpa la hora, pero necesito que vengas al despacho. Una joven necesita ser examinada —explicó Selma.
—¿Es algo grave? —preguntó Jeremy, ahora más alerta.
—No lo sabemos con certeza —titubeó Selma—. Pero preferiría que la revisaras.
—Está bien —cedió, no muy convencido—. Estaré allí en unos minutos. Solo espero que no sea nada serio… ya sabes que no soy una ambulancia.
Colgó.
Jeremy detestaba ser despertado en mitad de la noche. Era un hombre seco, cansado del mundo. Pero, cuando se trataba de su trabajo, lo cumplía con eficiencia.
—Está en camino —informó Selma—. Acompáñenme al consultorio mientras lo esperamos.
Las mujeres se pusieron en marcha. Bridget caminaba al lado de Selma, abrazándose con fuerza.
Charlotte y Tracie las seguían en silencio.
El internado lucía desierto. Oscuro.Las lámparas de aceite en la pared apenas ofrecían un resplandor débil.
Las gotas de lluvia golpeaban los ventanales con un ritmo errático, y cada nuevo relámpago provocaba que Bridget se encogiera, esquivando el reflejo.Sus piernas flaqueaban. Su pijama seguía empapada, las pantuflas pesadas por el agua.El cabello húmedo se le pegaba al rostro como hilos fríos. Tenía la piel erizada, las fuerzas en fuga. De noche, el internado parecía otra cosa.
No un lugar sagrado…
sino un mausoleo.
En medio de ese tránsito silencioso, Charlotte se inclinó hacia Tracie y le jaló levemente del brazo. Susurró, con una mirada furtiva a Bridget:
—No confío en ella.
—¿Por qué? —susurró Tracie, arqueando una ceja.
—¿No te parece... extraña? —murmuró Charlotte—. Llegó empapada, sola, sin explicación. Y no nos ha dicho de dónde viene… ni por qué tiene las manos llenas de sangre.
—Selma dijo que no es asunto nuestro —replicó Tracie—. Si la joven no quiere hablar, debe tener sus razones. Mírala, sigue aterrada.
Charlotte guardó silencio por un momento.
Luego añadió, con tono más bajo:
—No lo sé… algo en ella no me cuadra. Espero estar equivocada.
Tras varios minutos de espera frente al consultorio, la figura del enfermero Jeremy por fin apareció al fondo del pasillo. Caminaba con pasos pesados, sosteniendo una sombrilla empapada y luciendo su característico delantal blanco. Su cabello, despeinado por la lluvia, goteaba sobre el cuello de su camisa. Soltó un suspiro y se sacudió ligeramente el agua mientras ajustaba sus gafas con aire de fastidio. Sus ojos se clavaron de inmediato en Bridget. Frunció el ceño.
No la conocía.
Y él conocía a todas las alumnas del internado.
—Buenas noches, Jeremy —saludó Selma con amabilidad.
—Buenas noches, madre superiora —respondió él, sin apartar la vista de la joven—. ¿Qué ocurrió con la señorita?
—No lo sabemos —dijo Selma, con sinceridad inquietante.
—¿Cómo que no lo saben? —repitió él, irritado—. Me llaman a estas horas como si fuera una emergencia, y ni siquiera pueden explicarme qué sucede. ¿Qué clase de protocolo es este?
—Esta niña no pertenece al internado —aclaró Selma, adelantándose un paso—. La encontramos entrando por su cuenta, empapada, descalza… y con sangre en las manos. Llamamos a sus padres, y luego a usted.
Jeremy ladeó la cabeza, evaluando a Bridget con más cuidado.
—¿Y no les dijo qué le ocurrió? ¿Por qué tenía sangre?
—La joven casi no habla —dijo Selma—. Responde con frases muy breves… si lo hace.
—¿Es muda?
—No exactamente. Puede hablar, pero... algo le impide hacerlo con normalidad. No sabemos qué le ha pasado —concluyó.
Jeremy asintió, sin ocultar su molestia.
—Está bien. No perdamos más tiempo. Necesito examinarla. —Se volvió hacia la puerta del consultorio y la abrió—. Pasa, por favor.
Bridget dio un paso atrás, recelosa. Sus ojos buscaron los de Selma, como si temiera que Jeremy no fuera de fiar.
—No tienes por qué temer —le dijo la madre superiora con voz cálida—. Jeremy es de nuestra total confianza. Debes dejar que te revise, querida.
Bridget dudó. Su rostro inclinado reflejaba lucha interna. Finalmente, asintió lentamente, inspiró hondo, y se adentró al consultorio. Jeremy cerró la puerta tras ella, dejando la sombrilla en un paragüero de hierro junto al mueble de entrada.
—Súbete a la camilla —le pidió, mientras colocaba su maletín sobre una mesa metálica.
Bridget se impulsó con esfuerzo y se sentó al borde de la camilla. Jeremy ajustó nuevamente sus gafas y sacó una pequeña libreta y un lápiz de punta fina.
—¿Cómo te llamas?
—Bridget —susurró ella, con voz áspera.
—¿Edad?
—Dieci… —trató de decir, pero el dolor en su garganta le impidió continuar. Solo logró una sílaba quebrada.
Jeremy alzó una ceja, atento.
—¿Te duele la garganta?
Ella asintió, tocándose el cuello con delicadeza. Jeremy dejó la libreta sobre el escritorio, tomó una linterna médica y la encendió con un clic.
—A ver… abre la boca —indicó.
Bridget obedeció con lentitud. Jeremy examinó con detenimiento su garganta, buscando signos de infección: placas, inflamación, enrojecimiento. Pero nada parecía anormal.
Raro.
—¿Dolor de cabeza? —preguntó mientras apagaba la linterna.
Ella negó con la cabeza.
—¿Oídos? ¿Congestión? ¿Tos?
Todas las respuestas fueron negativas.
Jeremy frunció el ceño.
—¿Y escalofríos?
La pregunta la descolocó.
El rostro de Bridget palideció, sus pupilas se dilataron. La palabra “escalofrío” no le evocaba fiebre ni malestar…
sino terror. Esos espasmos en su cuerpo no eran físicos.
Eran advertencias. El demonio se acercaba cada vez que los sentía. Como un temblor que no venía de fuera, sino de dentro de su alma.
Negó lentamente con la cabeza, bajando la mirada mientras se mordía el labio, nerviosa. Jeremy no insistió. Se aproximó un poco más.
—Muéstrame tus manos, por favor.
Bridget dudó. Escondió las manos tras la espalda.
—Vamos, déjame verlas —insistió él, con voz firme pero paciente.
Con lentitud, ella extendió sus brazos hacia el frente. Jeremy observó.
Moretones. Hinchazón.
Pero lo más perturbador era la marca que sobresalía del centro de cada palma: una letra B, grabada con precisión cruel, aún enrojecida, como hecha con una aguja incandescente.
Jeremy contuvo el aliento.
—¿Tú te hiciste esto?
Bridget empezó a temblar. Las punzadas en sus manos se intensificaron.
—Bridget… respóndeme —dijo él, cruzando los brazos.
—No… —susurró ella, evitando su mirada.
—¿Alguien más te lo hizo?
Ella abrió la boca para responder… y un quejido de dolor escapó de su garganta. Cerró los ojos con fuerza.
Una corriente ardiente recorrió sus dedos hasta el hombro, tan intensa que crujió los dientes. Jeremy se acercó enseguida.
—Déjame ayudarte. Muéstrame la mano.
Ella se la tendió.
—Intenta moverla. Ábrela y ciérrala lentamente.
Bridget obedeció. Lo intentó. Pero el dolor no cedía.
—¡Me duele! ¡Me duele! —gritó, apretando los ojos con desesperación.
Jeremy se pasó una mano por el rostro, frustrado. Inhaló profundo.
—¿Podría ser un calambre? —murmuró, más para sí que para ella—. ¿Lo sientes como un calambre?
Bridget no estaba segura. Su cuerpo jamás había reaccionado así. Era como si otra cosa se manifestara a través de su piel.
—¡Sí! —respondió, aunque dudaba.
Jeremy tomó una decisión rápida.
—Vamos. Necesitamos hielo. Te aliviará.
Abrió la puerta del consultorio con prisa, encontrándose con Selma, que aún esperaba afuera. La monja frunció el ceño.
—¿Qué sucede?
—Está sufriendo un calambre agudo. Necesito hielo. Iré con ella a la cafetería.
Selma asintió, preocupada.
—Te acompañaré.
—Vamos, Bridget —la llamó Jeremy, haciendo un gesto con la mano.
La joven se incorporó lentamente, todavía sobándose la muñeca. Caminó junto al enfermero. Detrás de ellos, la madre superiora cerró la puerta del consultorio y los siguió por el pasillo sombrío del internado.En algún punto, el frío pareció volverse más pesado.
Las sombras… más alargadas.
Y el susurro en los pasillos...
empezó a sonar como risas.
†
La cafetería era amplia, silenciosa, y la penumbra reinaba en cada rincón, excepto por el débil parpadeo de algunas lámparas altas colgantes. Cuando llegaron a una de las puertas laterales que conducían a la cocina, Selma se detuvo en seco.
Las luces, inusualmente, estaban encendidas.
—¡Esperen! —ordenó con voz firme, levantando la mano—. Hay alguien aquí…
Jeremy frenó el paso, y Bridget se detuvo a su lado, con la mirada inquieta.
Selma se acercó con cautela a la puerta de la cocina. No parecía asustada. Más bien, molesta. Sabía exactamente quién solía romper las reglas a esa hora.
Abrió la puerta de golpe.
—¡Mathews! —vociferó, exasperada—. ¿¡Otra vez usted aquí!?
Allí estaba él.
Evan Mathews.
El chico problema del internado. Sentado cómodamente sobre la encimera, con un sándwich a medio comer en una mano, descalzo, despeinado, y con la otra apoyada con indolencia sobre su rodilla. Sus ojos grises, entrecerrados por el sueño, se levantaron con calma hacia la mujer.
—Se dice “buenas noches”, madre superiora —respondió, con tono educado pero cargado de sarcasmo—. Se supone que estamos aquí para aprender modales, ¿no? ¿Cómo podemos hacerlo si quienes enseñan no los aplican?
Le dio otro mordisco a su sándwich, sin ningún apuro.
—¡Cómo se atreve! —Selma avanzó hacia él con zancadas firmes, mientras su voz resonaba por la cocina—. Le he repetido una y otra vez que no puede entrar aquí sin permiso. ¡Está terminantemente prohibido!
—Con todo el respeto que usted se merece… —empezó Evan, tragando su bocado con lentitud—. Cuando el hambre llama, es de mala educación hacerla esperar.
La superiora lo fulminó con la mirada, conteniendo un grito más. Pero antes de que pudiera continuar, un gemido rompió el momento.
—¡Duele! —se quejó Bridget, llevándose las manos a las muñecas, apretando los dientes.
—Buscaré el hielo —anunció Jeremy rápidamente, abriendo la nevera.
Tomó un puñado de cubos y envolvió algunos en una toalla limpia. Se acercó a la joven y, con movimientos rápidos, empezó a frotar el hielo sobre sus manos temblorosas.
—Esto puede aliviarte… tranquila —le dijo.
Evan dejó de masticar. Su mirada se volvió hacia la joven. Se bajó de la encimera con un leve salto, y caminó hacia ellos con una mezcla de curiosidad y algo más… difícil de descifrar.
—¿Qué le ocurrió? —preguntó, observando las manos de Bridget.
—Tiene calambres —respondió Jeremy, sin apartar la mirada de lo que hacía. Bridget apretaba los labios, ahogando un quejido con cada roce.
—No es así —interrumpió Evan, acercándose con paso seguro.
Jeremy lo miró con el ceño fruncido.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no es así. Estás siendo muy brusco. —Evan le quitó los hielos de las manos con una delicadeza inesperada—. Los músculos tensos necesitan calma, no fricción. Mira.
Con manos suaves, casi expertas, comenzó a masajear los brazos de la joven, trazando pequeños círculos sobre la piel, bajando lentamente hasta las muñecas. Bridget lo observaba con desconcierto… no por sus caricias, sino por la intensidad silenciosa con la que lo hacía.
Y luego, sucedió. Sus ojos se encontraron.
Gris contra gris.
Un silencio distinto los envolvió.
No era el silencio incómodo de desconocidos, sino el de dos secretos que reconocen algo en el otro.
Bridget sintió una punzada de vergüenza y desvió la mirada. Evan la imitó un instante después. El contacto había durado solo unos segundos… pero parecía haber durado años.
—Toma, Jeremy —le dijo Evan, devolviéndole los hielos—. Intenta con más suavidad.
Luego, se giró hacia la puerta—. Buenas noches.
Antes de desaparecer entre las sombras del pasillo, Evan se volvió.Una última mirada.Bridget también levantó los ojos.
Se cruzaron nuevamente.
Silencio.
Electricidad.
Y luego él se fue.
Bridget se quedó inmóvil, con el corazón latiendo con fuerza y el hielo comenzando a derretirse entre sus dedos. Jeremy, sorprendido por todo el intercambio, solo pudo chasquear la lengua y seguir con su labor.
—Este chico es… imposible —murmuró Selma, observando la puerta por la que Evan había salido.
Pero en el fondo de sus pensamientos, una sombra de duda había empezado a crecer.
¿Qué clase de vínculo se había formado ahí?
¿Y por qué sentía que ese encuentro no había sido casual?