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Oscuros Secretos

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Descripción

Light and Blessings es un internado de prestigio religioso. Ofrece a los estudiantes la mejor educación en un ambiente seguro y sereno, con maestros calificados y certificados comprometidos.

Pero todo eso cambia ante la llegada de una joven que es trasladada al internado. Nadie puede entender cómo ni porqué Bridget no dice palabra alguna, dando motivos para mirarla de soslayo y mantenerse alejado de ella. Bridget es misteriosa y reservada, sembrando dudas en todas las personas a su alrededor, ya que las muertes que ocurren en este internado son escalofriantes y extrañas.

Light and Blessings tiene oscuros secretos en su pasado que darán de qué hablar, renaciendo la angustia y el terror en sus cuerpos.

El hecho de ser una chica rara dará especulaciones y sospechas. Sin embargo, no todo parece apuntar a la nueva alumna...

O eso creían.

Una historia con misterios y giros inesperados, romance y suspenso.

¿Te atreverías a contar tu oscuro secreto?

© Prohibido la copia u adaptación de esta historia.

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Capítulo 1.
Montana, estado de los EE.UU. 5 de junio. Abrí los ojos de golpe. Mi cuerpo entero temblaba, como si hubiese recibido una descarga eléctrica. El corazón me latía con tal fuerza que pensé que iba a estallar. Algo acababa de pasar… algo malo. Cerré los ojos por un segundo, tratando de calmarme, de entender dónde estaba. Pero entonces el dolor en mi cabeza me golpeó como una ola violenta: punzante, constante, insoportable. El mareo me hizo tambalear, todo giraba a mi alrededor. Parpadeé varias veces, luchando por recuperar el enfoque. Pero esa sensación de vacío... de no recordar qué había pasado horas antes... era lo más aterrador de todo. La noche era espesa, cerrada, impenetrable. La lluvia caía a cántaros, resbalando por mi rostro, empapando mi cabello y la ropa que se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. Jadeando, miré a mi alrededor. Estaba sola. En medio de una carretera desierta. No había luces, ni autos, ni voces. Nada. Solo oscuridad, lluvia... y esa certeza asfixiante de que algo me había dejado ahí. O que algo me estaba esperando. El miedo se metió bajo mi piel. Sentía el rostro helado, y respiraba como si hubiera corrido por mi vida. Entonces, lo escuché. Un susurro. Me giré de inmediato. Nada. Solo la carretera vacía y los relámpagos desgarrando el cielo, iluminando el asfalto por breves segundos. Fue gracias a uno de esos destellos que pude levantarme. Mis piernas eran de papel, pero me obligué a incorporarme. Fue entonces que lo noté. Un líquido espeso entre mis dedos. Un olor metálico, amargo, inconfundible. Lo olí antes de verlo. Y cuando bajé la mirada… grité. Mis manos estaban cubiertas de sangre. La lluvia no la limpiaba; solo la esparcía por mis muñecas, por mis brazos. El pecho me subía y bajaba sin control, el corazón me golpeaba las costillas con fuerza brutal. Traté de gritar otra vez, de pedir ayuda… pero mi garganta estaba bloqueada. Solo emitía jadeos y chillidos ahogados, como si algo invisible me apretara la voz. Lloré. Lloré sin entender por qué. El miedo me consumía. No sabía si por la sangre, por la oscuridad, o por la certeza de que algo más estaba ahí conmigo. Di un paso atrás. Luego otro. Sin dejar de mirar esas manchas rojizas en el suelo. Mi mente buscaba desesperada una explicación. Y fue entonces que lo vi. Tropecé. Caí de espaldas. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue el cuerpo tendido junto a mí. Un hombre. El rostro destrozado. El abdomen abierto. Y en su mano izquierda… una cruz. No dibujada, no escrita. Grabada. Tallada en la carne como si una navaja hubiese sido guiada por el mismísimo diablo. Grité con más fuerza. El trueno acompañó mi voz. Me levanté de inmediato, llevando las manos al pecho, intentando protegerme de algo invisible. El sonido de la lluvia contra el pavimento, contra ese cuerpo, contra todo... era insoportablemente violento. Quise vomitar. Sentí el estómago revuelto. Pero me contuve. El instinto me decía que tenía que moverme. Tenía que escapar. Tenía que entender. Pero no podía. Me quedé quieta. En shock. Mirando ese cadáver. Tratando de encontrar una razón. Y entonces... un escalofrío. La voz volvió. Susurrando. Torturando. Palabras incomprensibles que se enredaban en mi oído como gusanos. Me giré bruscamente. Nada. Otra vez, nada. La escena era digna de una pesadilla. Y yo estaba dentro. —Esto no está pasando. No es real —me dije, casi sin voz—. Todo es mentira —pensé. Pero entonces, lo escuché. —Es real —susurró. Una voz áspera, rasposa, como venida desde una cueva húmeda—. Es real, Bridget. —¡No! —chillé, cerrando los ojos con fuerza—. ¡Cállate, es mentira! Y en ese momento lo sentí. Su aliento. Frío como la muerte, rozándome la nuca. Me envolvía. Me invadía. Abrí los ojos. Lentamente levanté la cabeza. Estaba frente a mí. Una figura humana. Pero no era un hombre. Era eso. Un rostro pálido, cubierto de cortes y sangre seca. Ojos blancos, vacíos. Uñas tan largas como cuchillas. Llevaba un esmoquin rasgado, con los pantalones llenos de agujeros. Su sonrisa... oh, su sonrisa era lo peor. Las comisuras de sus labios se abrían en líneas carmesí que bajaban por su cuello. —Corre —dijo. Por unos segundos me quedé inmóvil, con los ojos fijos en aquella figura que aún rondaba en mi cabeza. Pero hice lo que me pidió. Corrí. Al principio, mis pasos eran torpes, desequilibrados. Pero pronto encontré fuerza en el miedo, y mis piernas comenzaron a moverse con velocidad desesperada. La lluvia seguía cayendo con furia sobre mi cuerpo. No podía describir lo que sentía: era una mezcla asfixiante de pánico y desconcierto. No sabía qué había ocurrido exactamente, pero lo único que tenía claro era que no quería quedarme a averiguarlo. Un nuevo sonido, horrible y desgarrador, emergió de aquella voz. Salté del susto. Corrí aún más rápido, casi al punto de tropezar con mis propios pies. Lo sentía. Detrás de mí. Perseguiéndome. El viento parecía guiarme, pero también me arrastraba con violencia. En mi mente se dibujaba su rostro maniático, esa sonrisa macabra que parecía tatuada en su carne podrida. Me estaba volviendo loca. Y necesitaba escapar. Salir de ese infierno que ahora me respiraba en la nuca. Solo quería esconderme. Abrazarme a mí misma. Llorar. Gritar. Rezar. Rogar que todo esto fuera solo un mal sueño. Pero no lo era. Corrí por minutos interminables. Las calles eran un laberinto de sombras. Miraba hacia atrás constantemente, con la esperanza desesperada de que ya no me siguiera. Al no ver nada, solté el aire contenido, llevándome una mano al pecho. «Ya no está», pensé. Pero al girarme… Di un paso atrás. Su sonrisa estaba ahí. Otra vez. Aquel ser me acarició la mejilla con sus uñas, dejándome un rastro ardiente en la piel. —¿Estás segura? —preguntó, alzando una ceja. Sus ojos se volvieron aún más blancos, vacíos. Y de su boca, en lugar de palabras, salieron gritos... gritos horribles, como los de un alma arrancada del cuerpo. Negué con fuerza, cerrando los ojos. «¡Vete, vete, vete!» gritaba dentro de mí. Volví a correr. Esta vez sin rumbo, desesperada por hallar un refugio, una puerta abierta, una señal de que aún había humanidad en este mundo maldito. Busqué un restaurante. Una tienda. Una persona. ¡Lo que fuera! Pero a cada paso, a cada rostro, solo encontraba miradas vacías. Me veían como si estuviera loca. Como si yo fuera el monstruo. Y aun así, no perdí la esperanza. Seguí corriendo entre la lluvia, el frío cortante golpeándome la piel como cuchillas. Entonces, un relámpago iluminó la calle, guiándome hacia algo. Una vieja puerta de madera, entreabierta, con una luz cálida en su interior. No lo pensé. Subí los pequeños escalones y la empujé con fuerza, cerrándola de golpe. Apoyé mis manos contra la madera, tratando de controlar mi respiración entrecortada. «Estás a salvo», me dije a mí misma. —¿Estás bien, mi niña? Salté al escuchar la voz. Una mujer. Su tono era suave, pero me hizo temblar aún más. —¿Necesitas ayuda? —insistió. Fue entonces que noté que no estaba sola. A su lado, dos mujeres más me observaban. Monjas. La primera parecía la mayor: rostro arrugado, ojeras marcadas, labios resecos formando una línea recta. Sus lentes colgaban levemente y un collar con una cruz descansaba sobre su pecho. La segunda era más joven, delgada, de ojos verdes, labios pequeños y bien definidos. Una mantilla negra cubría su cabeza. La tercera debía tener unos treinta y tantos. Tenía ojos grandes y expresivos, nariz pequeña y cejas perfectamente delineadas. Pero su mirada... era fría, seria. Casi hostil. —¿Quieres que llamemos a alguien? —preguntó la segunda, mirándome con compasión—. Te ves asustada. Parece que algo muy malo te pasó. Negué con la cabeza, apoyándome en la puerta. No quería hablar. De hecho, no podía. Mi voz estaba atrapada. Como todo lo demás. —¿Cómo te llamas, querida? —preguntó la monja mayor—. No te haremos daño. Solo queremos ayudarte. Intenté hablar. Ellas esperaron. Pero cerré la boca. Imágenes turbias me invadieron de golpe: el cadáver, la sangre, los ojos en blanco. Mi respiración cambió de un segundo a otro. Me abracé con fuerza mientras las lágrimas comenzaban a brotar otra vez. Las monjas intercambiaron miradas. Confusas. La tercera, la de mirada dura, me señaló con desconfianza. —No deberíamos dejarla entrar. No la conocemos. —¡Por amor a Cristo, hermana Rose! —protestó la segunda, indignada—. Esa no es forma de tratar a una jovencita. ¿No ve que necesita ayuda? —Ha entrado sin permiso al internado, hermana. No responde nuestras preguntas —dijo Rose, cruzándose de brazos. —Quizá solo esté en shock. ¡Mírala! ¡No deja de temblar! —replicó la mayor, dando un paso hacia mí—. ¿Puedes decirnos tu nombre? ¿O de dónde vienes? Silencio. Solo las observé. Mi piel, empapada y pálida, empezaba a dar señales de colapso. No podía con todo. —¡Lo ven! No quiere responder —insistió Rose con severidad. —¡Por favor, déjenla respirar! —intervino la monja mayor con firmeza—. Tráiganle una manta. Está empapada. —Pero... —intentó replicar Rose. —Pero nada, Rose. Ayudaremos a esta joven. A Dios no le agradaría que la dejáramos sola. El que ayuda, Dios le ayuda. ¿Lo recuerdan? —Sí, hermana —respondieron las otras dos, a regañadientes. —Hermana Tracie, tráele una manta, por favor. —Como ordene, hermana —asintió Tracie, y salió rápidamente. —Me llamo Selma —dijo la monja mayor, ofreciéndome su mano. La miré con recelo. Mis ojos bajaron hasta sus dedos: arrugados, llenos de pecas y venas sobresalientes. Cuando finalmente decidí estrecharle la mano, sus ojos se abrieron de par en par. Entreabrió los labios con horror. Miró mis muñecas. Las manchas de sangre aún estaban allí. Ahogó un grito y retrocedió, llevándose la mano al pecho. Rose y Tracie la miraron, compartiendo el mismo gesto de alarma. —¡Santo Dios! —exclamó Selma, recorriéndome de arriba abajo—. ¿Qué te ha pasado, niña? ¿Alguien te hizo daño? No respondí. No podía. —¡Por amor a Dios, habla! —exigió Rose, señalándome con dureza—. Tendremos que llamar a la policía si no nos dices qué pasó. Negué con la cabeza rápidamente, asustada. No quería que llamaran a nadie. No recordaba lo que hice. No quería enfrentarme a la policía. No todavía. —Si no quieres problemas, dinos al menos tu nombre y de dónde vienes —presionó Rose, cruzándose de brazos. Entrelacé mis dedos temblorosos y pasé saliva por mis labios resecos, cabizbaja. Mi cabello, empapado, goteaba como un grifo roto, mojando el suelo de madera oscura bajo mis pies. Inspiré profundamente, forzando a mi cuerpo a cooperar, pero mi garganta se cerró como una puerta sellada. Las palabras no salían. Era como si algo se hubiera atrincherado en medio de mi tráquea, impidiéndome hablar, cortándome el aire cada vez que intentaba formar una sílaba. La frustración me consumía. Lo intenté una vez más, antes de que las monjas perdieran la paciencia. Abrí lentamente los labios y, con un susurro apenas audible, logré responder: —...Bridget. —¿Qué dijiste? —preguntaron las dos al unísono, sin entenderme. La voz apenas me había salido. Tuve que carraspear. —Me llamo Bridget —repetí con más claridad. Las mujeres intercambiaron miradas rápidas. —Muy bien, Bridget —dijo Selma, inclinándose un poco hacia mí—. ¿Por qué tienes sangre en las manos? No pude responder. El mareo regresó, más violento. Todo empezó a girar. Las figuras de las monjas se distorsionaron en sombras. Parpadeé desesperadamente, tratando de enfocar, pero fue inútil. Las piernas me flaquearon, y apenas logré sostenerme del pomo de la puerta. Unas manos me sujetaron justo a tiempo, una en la cintura, otra en el brazo. —Hay que llevarla con el enfermero —ordenó Selma. Su voz sonaba tensa, preocupada. —Es casi medianoche, probablemente ya esté dormido —le recordó la monja a mi izquierda, sin soltarme. —De todas formas, hay que llamarlo —insistió Selma—. No sabemos qué tiene. Acompáñame al despacho. La otra asintió y, entre ambas, me guiaron pasillo abajo. Cada paso era un suplicio. Las punzadas en mi cabeza regresaban, como si agujas largas se hundieran lentamente en mi cráneo. Me quejé, llevándome la mano a la sien, temblorosa. Sentía que en cualquier momento iba a desmayarme. Aun así, me obligué a seguir caminando. † Un ruido seco nos detuvo en seco. Algo se había caído detrás de nosotras. Nos giramos. Allí estaba. Una joven con pijama rosa decorado con lunas moradas, su cabello recogido en una coleta alta. Su expresión era de pánico, los ojos abiertos como platos, paralizada al ser descubierta. En el suelo, una libreta roja. —¿¡Qué hace despierta a estas horas, señorita Clinton!? —espetó la monja a mi izquierda, frunciendo las cejas. —Perdóneme, madre... yo solo quería... —intentó responder, pero fue interrumpida de inmediato. —¿Hacia dónde pensaba irse? —Solo... quería tomar agua. Lo juro —dijo la chica, aunque su tono no sonaba muy convincente. —¿Segura que no está mintiendo? —intervino Selma—. Sabes que está prohibido entrar al ala de los chicos. Y mucho menos a esta hora. —Lo sé, madre. Pero le aseguro que solo quería agua, eso es todo. Entonces notó mi presencia. Frunció el ceño. —¿Quién es ella? —Eso no le incumbe —cortó la monja de inmediato—. ¡A su habitación, ya! La joven se agachó para recoger su libreta, la abrazó como si fuera un tesoro y se despidió en voz baja. Luego, subió las escaleras, perdiéndose en la oscuridad del pasillo. Las monjas me guiaron por un corredor largo con muchas puertas a cada lado. Imaginé que debían ser las aulas. Al fondo, una puerta distinta: el despacho de Selma. Ella sacó unas llaves, giró dos veces la cerradura, y abrió. Encendieron las luces. El interior tenía un aire solemne: paredes de tono oscuro, un escritorio bien organizado y una gran cruz de madera colgada en la pared tras él. Había también cuadros religiosos, frases de la Biblia pintadas a mano. En una de las paredes, leí: «De Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan...» —Ven, siéntate aquí —me indicó Selma, señalando una silla frente al escritorio. Obedecí. Mi cabeza aún me dolía. Ella buscó un vaso de plástico y lo llenó con agua del dispensador. —Toma. Bebe un poco y respira profundo. Agarré el vaso con ambas manos y bebí un sorbo. Inhalé, exhalé, repetí. El mareo comenzaba a disiparse, pero seguía rondando como un animal hambriento. Bebí otro poco. A través del borde del vaso, miré a las monjas, aunque la imagen del cadáver seguía ahí, fija, quemada en mi mente. Cuando bajé el vaso, noté algo. Las manchas carmesí de mis manos habían quedado en los bordes de plástico, como una firma involuntaria. —¡Aquí están! —exclamó Tracie con un suspiro de alivio, entrando al despacho—. Las estaba buscando. Pensé que se habían quedado en la entrada. —Se mareó, tuvimos que traerla —explicó la tercera monja, la de semblante severo, cuyo nombre aún no conocía. Tracie cerró la puerta y se acercó con una manta en brazos. Se arrodilló frente a mí con una sonrisa amable. —Toma. Así no pasarás tanto frío. La recibí con manos temblorosas y me envolví en ella, abrazándome a mí misma. —Su nombre es Bridget —dijo la monja de expresión dura—. Es todo lo que sabemos. —¿Cuántos años tienes? —preguntó Tracie, con tono cálido. Se sentó a mi lado, acercando una silla. —¡Ja! Como si fuera a responderte —se burló la tercera monja con una risa incrédula. —Dieciséis —respondí sin dudar. La mujer se quedó callada, sorprendida. —¿Y por qué andabas sola a estas horas? —insistió Tracie—. Eres menor. Deberías estar con algún adulto. No respondí. No tenía una explicación. Ni para ellas… ni para mí. —¿Tus padres saben que huiste de casa? Me encogí de hombros. «No lo sé», pensé. —¿Alguien quería hacerte daño? —preguntó otra vez. Esa pregunta me heló la sangre. No respondí. —¡Así no puedo! ¡Les juro que así no puedo! —se quejó la monja con el ceño fruncido. —¡Cálmate, Charlotte! —la reprendió Selma—. Si no habla, quizá sea porque está aterrada. Algo grave debió pasar. —¿Llamaron al enfermero? ¡Tiene sangre en las manos! —dijo Tracie, horrorizada. —Primero quiero saber si está bajo el cuidado de algún adulto —dijo Selma. Luego se volvió hacia mí—. Bridget, necesito saber la verdad. ¿Tienes padres? Asentí en silencio. Pero bajo la manta, mis dedos temblaban. Seguía helada. —¿Te sabes el número de alguno de ellos? —continuó Selma—. Debemos llamarlos. Deben estar preocupados. Y si no saben dónde estás, podrían incluso llamar a la policía… —Sí, podrían tomar medidas extremas —añadió Tracie—. Tenemos que contactar a alguien. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Yo lo entendía. Sabía que mis padres se preocuparían. Que el regaño sería terrible. Y lo peor: no tenía una sola excusa que pudiera explicar cómo terminé aquí. Busqué con la mirada.Vi un cuaderno verde sobre el escritorio y un bolígrafo. Lo tomé. Abrí en una página en blanco. Sentí las miradas de las tres fijas en mis manos. Esperaban. Quise hablar… pero las palabras no salían. Así que escribí: «Puedo darles el número de mis padres, pero por favor, no me pregunten más.» Ellas leyeron mi nota y se miraron en silencio, como si intentaran decidir qué hacer. Sin embargo, la hermana Charlotte —la tercera y más severa— arqueó una ceja con desconfianza, sin apartar la mirada de mí. —¿Por qué escribes en ese cuaderno? Hace un momento hablaste. No entiendo por qué ahora necesitas escribir —me interrogó, directa. «No puedo hablar mucho, solo decir pocas palabras», respondí en el cuaderno, escribiendo con lentitud. —Bien —aceptó la hermana Selma—. Llamaremos a tus padres, y no haremos más preguntas por ahora. Necesito que me des sus números. Asentí y procedí a escribir el número de mi madre. Se lo entregué con cuidado, procurando no manchar el cuaderno con restos de sangre. Solo unas pequeñas gotas de agua de mi cabello mojado alcanzaron la página. Selma buscó el teléfono fijo sobre el escritorio y marcó cada dígito, una tecla tras otra. Se llevó el auricular al oído. El pitido de llamada sonó, claro, amplificado por la bocina del aparato. Nadie respondió. —¿Te sabes el número de tu padre? —me preguntó. Volví a asentir. Me extendió el cuaderno. Escribí el número con trazos torpes y se lo entregué de nuevo. Selma marcó. Entonces, lo sentí. Esa sensación. Un cosquilleo agudo en la nuca. Una presencia. Como si alguien me estuviera observando con intensidad desde la oscuridad más espesa. —¿Hola? —habló Selma, cuando al fin contestaron—. Buenas noches, habla Selma Smith. Soy la directora del internado Light and Blessings —se presentó con voz calmada—. Llamo para informarle que su hija Bridget está con nosotras. Me mordí el labio, nerviosa, y entrelacé los dedos helados. Pude imaginar a mi padre enderezándose de golpe en la cama al oír mi nombre. Su cara palideciendo, la furia apretándole las mejillas hasta teñírselas de un rojo sutil. Sabía que la tormenta venía. El rostro de Selma se tensó, abriendo ligeramente los ojos. Mi padre, sin duda, debía estar maldiciendo entre dientes. —Solo puedo decirle que su hija llegó muy asustada. No sabemos exactamente qué le ocurrió, pero se encuentra bien —intentó tranquilizarlo—. Le agradeceríamos que viniera a buscarla. Está muy empapada por la lluvia y necesita descanso. Quizás ella pueda explicarles más sobre cómo llegó hasta aquí. Quizás no, pensé. No recordaba casi nada. Y, aunque lo hiciera, ¿cómo explicar algo que ni yo misma comprendía? —Sí, señor. Por supuesto. Se la paso —dijo Selma. Esa frase me hizo tragar saliva con dificultad. —Tu padre quiere hablar contigo. Tomé el auricular con manos temblorosas. Ni bien lo acerqué a mi oído, la voz de mi padre estalló como un trueno: —¡¿QUÉ DEMONIOS TE PASA, BRIDGET?! —su grito me hizo saltar en la silla, los ojos se me llenaron de lágrimas—. ¡¿CÓMO SE TE OCURRE SALIR A ESTAS HORAS?! ¿¡SABES LO PELIGROSO QUE ES?! Un trueno real estalló afuera. Las luces del despacho parpadearon violentamente. Las monjas alzaron la vista al bombillo, desconcertadas. —Papá… —susurré, con la garganta quemándome—. Yo… tengo… —¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó, esta vez con un tono más bajo, pero aún tenso. Intenté responder, pero algo me detuvo. Mi respiración se paralizó. En la esquina superior de la habitación, justo donde la pared tocaba el techo, un líquido rojo comenzó a deslizarse. Sangre. Oscura. Densa. Mi corazón se apretó con violencia en el pecho. Un soplo cálido rozó mi nuca. Un aliento… ajeno. Temblé. Mi labio inferior vibró. —¿Bridget? ¿Sigues ahí? —la voz de mi padre seguía desde la bocina, lejana. Irrelevante. Parpadeé. Las monjas me miraban, confundidas. Selma giró la cabeza hacia la pared que yo observaba. —¿Todo bien, joven? —preguntó. Volví a mirar hacia la esquina. La sangre seguía corriendo, más rápido ahora, casi tocando el suelo. Y entonces… la voz. La misma que había oído antes. Susurrante. Burlona. «Cuídate de las sombras… aunque se parezcan a ti, no es bueno jugar con ellas.» Las luces titilaron, más fuertes. Las monjas también lo notaron. Pero ninguna parecía ver la sangre. Un trueno ensordecedor sacudió la noche. Las luces se apagaron. Oscuridad total. Cuando regresaron…él estaba ahí. Justo frente a mí. De pie sobre la alfombra del despacho. Su cuerpo alto, pálido. Ojos completamente blancos. Sonrisa torcida. Sus uñas largas rasgaron el borde del escritorio, haciendo crujir la madera como si desgarraran carne viva. Estaba paralizada. Cada centímetro de mi piel erizada. Las piernas, sin fuerza. —¿Qué es ese ruido? —preguntó una de las monjas, mirando en todas direcciones. Entonces la cruz, colgada detrás del escritorio, cayó al suelo con estruendo. Otro trueno. Las monjas gritaron. Yo no pude. Solo lo miraba. Él ladeó la cabeza, su sonrisa se amplió con morbidez. Y en ese instante, una patada golpeó la puerta. Otro grito. La voz de una monja invocando a Jesús con desesperación: —¡Jesucristo! Bajé la mirada. Arañas. Decenas de ellas. Rodeaban mis pies. Solté un grito ahogado, me levanté de golpe y retrocedí. Las monjas giraron para ver lo que ocurría y también comenzaron a gritar, murmurando plegarias. Y entonces, él habló. —Bienvenida al internado Light and Blessings, querida Bridget. Donde muchos secretos oscuros se harán parte de tu vida. Y, como si nunca hubiese estado allí, desapareció.

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