El tiempo pasó volando entre los últimos retoques y las palabras de emoción de las demás mujeres. Aura estaba radiante, su sonrisa era genuina, inocente. Observé cómo su madre le acomodaba el velo con sumo cuidado, mientras la abuela Gloria murmuraba algo sobre la suerte y la felicidad matrimonial. Yo, en cambio, me miraba en el espejo y solo veía a una mujer vacía, una mujer traicionada en más de un sentido de la palabra.
Yo solamente quería ser feliz, lo tenía todo, un buen trabajo, que aunque no fuera multimillonaria como Aura, al menos me daba estabilidad, y solamente me hacía falta un hombre con quien compartir mi vida. Pero todos terminaban queriendo a Aura cuando la conocían como mi mejor amiga, y por esa razón, yo no tenía novio, porque me daba pereza tener que presentarlos a ella, y que luego se olvidarán de mí como mujer porque la querían a ella más sin siquiera conocerla.
Las palabras de Eduardo de la noche anterior resonaban en mi cabeza como un eco doloroso. "No voy a casarme con ella", me había dicho, con las manos aferradas a mi rostro, con sus labios rozando los míos. "Te amo a ti, solo a ti". Mentira. Todo había sido una cruel mentira. Me habían manipulado de la manera más vil que hubiera imaginado, y juro a mí misma que me vengaré.
Respiré hondo y sonreí, fingiendo una felicidad que no sentía. No era momento de escenas, no era momento de lágrimas. A partir de este día, sería la mejor amiga de Aura, la más fiel, la más comprensiva, pasaría página, y dejaría que mi vida siguiera como si nada. Dejaría que Aura viviera en su burbuja de felicidad, mientras yo tejía mi venganza con la precisión de una araña paciente. No permitiría que Eduardo saliera impune de esto, porque, en realidad, era un vividor que se estaba aprovechando tanto de Aura como de mí en todos los sentidos.
Cuando llegó la hora de ir a la iglesia, todas salimos de la habitación. Aura se tomó de mi brazo con emoción, como si necesitara que le transmitiera seguridad. "No puedo creerlo, este es el día más feliz de mi vida", susurró. Le sonreí y asentí, sin atreverme a pronunciar palabra alguna, porque todo lo que pudiera decir, podría haber sido usado en mi contra, y por ahora, no me convenía que nadie se diera cuenta de mi traición.
En la iglesia, todo estaba preparado a la perfección. Las flores, las velas, la suave música de los violines. Aura se quedó en la entrada, su padre a su lado, esperando la señal para caminar hacia el altar y entregar a su hija en el momento más feliz de su vida. Yo tomé asiento en la primera fila, justo frente a Eduardo. Mi corazón latía con fuerza al verlo. Allí estaba él, de pie, con su impecable traje, con su sonrisa de satisfacción. No había duda, él iba a casarse.
Estaba decidido en hacerlo, solo porque Aura provenía de una muy buena familia con excelente reputación. Él iba a pertenecer a una familia que le traería muy buenos beneficios a su vida.
En cambio, ¿Yo? ¿Qué clase de beneficios podría traerle a su vida? Nada, no le ofrecería nada realmente más que amor sincero y placer puro.
Se giró un poco y nuestras miradas se encontraron. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, buscando algo, quizás remordimiento, quizás una súplica, quizás ayuda. No lo sé, no lo podía descifrar. Pero lo único que encontró conmigo en ese momento fue frialdad. Supe que se sintió incómodo, lo noté en su mandíbula tensa, en la manera en que se acomodó la corbata con nerviosismo.
Ya la decisión de su parte estaba tomada, no había más nada que hacer de mi parte, solo me quedaba esperar a que el destino se pusiera de mi lado para así vengarme por todo el daño causado en mí.
No es que fuera una desagradecida, todo lo contrario, yo estaba más que agradecida porque Aura y su familia me hayan querido por todo este tiempo como a una segunda hija, y sé que mi traición les dolerá, sin embargo, mi corazón se ha endurecido debido a la maldad de un hombre sin escrúpulos.
La marcha nupcial comenzó a sonar, eral fin.
Aura empezó a caminar por el altar, yendo de la mano de su padre, con una felicidad desbordante, como si aquel hubiera sido el día más esperado de toda su vida.
Todos los invitados suspiraban de emoción y ternura al verla caminar hasta donde la esperaba el amor de su vida.
Yo, en cambio, sentía cómo mi sangre hervía de coraje por no estar en su lugar. Eduardo no cumplió su promesa. Me mintió. Me utilizó. Pero no iba a derramar una sola lágrima. No iba a darle el placer de verme sufrir.
Además, no podía arruinar este día que para los demás, era maravilloso solo por mi capricho.
Respiré hondo y enderecé la espalda. No interrumpí la boda. No hice una escena dramática y ridícula de celos porque no era necesidad de ello. Dejé que se casaran. Para que pudieran prometerse a sí mismos un “felices para siempre” para cuando, en verdad, Eduardo era mucho más hipócrita que yo y se casaba con Aura solo por interés, no porque en realidad la deseara como mujer, porque así no era.
Aura y Eduardo se besaron.
Todos aplaudieron, yo lo hice, pero con un poco de desánimo, sin darme cuenta de que no disimulaba ni un poco mis verdaderos sentimientos frente a esta boda, porque no me había dado cuenta de que tenía clavada las miradas de las abuelas de Aura en mí. Me miraban como si fuera una presunta sospechosa de la que luego se desquitarían para interrogarla acerca de lo que hizo.
Me hice la tonta, y luego, me tuve que poner en el papel de ser la mejor actriz del mundo, disfruté de la fiesta, aunque de todas maneras, traté de mantenerme lejos de Aura y de su nuevo marido. También me mantuve lejos del licor, solamente me tomé una copa de vino por el brindis cuando la ceremonia de compromiso terminó e inició la fiesta.
Alrededor de las 2:22 de la madrugada, muchos invitados comenzaron a irse, otros seguían divirtiéndose, algunos estaban borrachos, otros no, pero entonces, yo estaba tan cansada que decidí irme de allí, Aura y Eduardo conversaban alegremente con una pareja de amigos de él acerca de su destino de luna de miel de ese mismo día en cuanto amanecería, sería Japón.
Era increíble, Aura siempre deseó conocer Japón, le fascinaba toda esa cultura, y no había mejor plan para ella que ir a conocerlo del lado de su esposo.
Por mi parte, me fui a mi habitación, no quería seguir siendo testigo de esto que era muy absurdo para mí. Mi corazón ya estaba roto, en mil pedacitos, y no había nadie capaz de recomponerlo. No hasta que mi venganza comenzara y cumpliera con éxito cada uno de mis propósitos.