El diablo

1265 Palabras
POV Aura (continuación) Al poco tiempo que me fui a mi habitación para dormir, quizás fue una hora más tarde, Eduardo apareció de regreso a casa. Cuando me di cuenta, irrespetuosamente, Eduardo entró en mi habitación, sin siquiera haber tocado mi puerta para avisarme de su llegada. Su ruido me despertó de mi sueño, y cuando lo vi, olía apestosamente a licor, parecía haber estado toda la noche bebiendo en algún bar, además de que iba totalmente ebrio, caminaba como zombi, y ni siquiera hablaba con coherencia. Jamás lo había visto comportarse de esa manera. Digo, cuando asistíamos a reuniones con nuestros amigos, o con nuestra familia, él sí tomaba licor, se tomaba una copa de tequila, una de whisky, o una cerveza helada, pero jamás lo había visto salir borracho de alguna de nuestras fiestas. Él siempre salía ileso, como si no hubiera bebido ni una gota de licor en la noche. Pero ahora, estaba actuando demasiado extraño, y lo cierto es que me daba mucho miedo. — ¿Eduardo? ¿Qué demonios haces? ¿A dónde te habías ido? Te fui a buscar a nuestra habitación, pero no más me sorprendí porque no te vi allí. Simplemente, no estabas, y entonces, me vine para acá a dormir, otra vez… — comenté a Eduardo, pero él solo se ha quedado mirando hacia mi dirección, permaneciendo a la orilla de la cama, sus ojos eran otros ahora. Se notaba diferente. ¿Quizás sea la reacción del licor? Puede que sí. — Cállate, ven, vamos a la cama. Quiero hacerte el amor, ¡Ahora! — exigió Eduardo, hablándome con tono de voz autoritario. Sabía que lo hacía por estar ebrio, pero, ¿Cómo se le decía a un borracho que no querías estar en la cama con él aun sabiendo lo violento que estaba actuando para pedírtelo? — Eduardo… No quiero… — iba a decir algo, pero él me interrumpió bruscamente. — ¡Qué te calles y me obedezcas ahora! ¡Es una maldita orden! ¡Quiero hacer el amor contigo y lo vamos a hacer así quieras o no! ¿Te queda claro? — él comenzó a elevar su tono de voz, cada vez poniéndose un poco más furioso por nuestra situación. Yo me quedé en shock. ¿Cómo era posible que ahora estuviera demostrando su verdadera identidad como esposo justo después de habernos casado y de haber viajado a nuestra luna de miel que fue muco más que perfecta? — Ya, está bien. Vamos a la cama… Haremos lo que tú quieras, ¿Okey? — accedí. No tenía ganas de hacer el amor, no ahora con Eduardo comportándose así, pero tenía que obedecer si no quería volver a sufrir otro golpe como el anterior, qué suficiente me dolió como para ser tan estúpida y pretender recibir uno peor. Me dejé guiar como una muñeca de trapo, con el corazón palpitando con fuerza, no por deseo… sino por miedo. Su agarre era firme, casi cruel, como si necesitara afirmarse de algo que no entendía ni él mismo. Sus dedos apretaban mi brazo mientras me arrastraba hacia la cama, como si su fuerza fuera una manera de validar su poder sobre mí. Eduardo ya no era el hombre del que me enamoré. Era una sombra grotesca, borracha de alcohol y de ira. Una mezcla peligrosa. Mientras me recostaba junto a él, tratando de mantener la calma, mi mente solo pensaba en cómo salir de ahí sin empeorar las cosas. Mi cuerpo estaba rígido, tenso, como si cada músculo estuviera al borde de la fuga, pero sabía que correr solo haría que me alcanzara más rápido. Y tal vez, esta vez, no se limitaría a gritarme. Tal vez su furia iba más allá. Tal vez ya no le importaba nada. Cerré los ojos. Él empezó a besarme torpemente, con la torpeza del que no sabe lo que hace ni con quién está. Me sentí tan sucia, tan rota. No porque me estuviera tocando, sino porque ya no lo reconocía. Porque la persona que compartía la cama conmigo no era mi esposo, sino un extraño. Un monstruo. — ¿Por qué estás tan fría, eh? ¿No me deseas? — preguntó con una risa hueca, siniestra. No respondí. Él rió otra vez, pero esa risa… esa risa no tenía alma. De pronto, se detuvo. Su mirada me perforó. Se quedó inmóvil por unos segundos, como si algo dentro de él se quebrara. O como si por fin notara lo que estaba haciendo. — Aura… — murmuró. — ¿Qué… qué estoy haciendo? Pero ya era tarde. Muy tarde. Yo solo me giré de espaldas, abrazando mis piernas, sin decir una palabra más. Las lágrimas caían sin hacer ruido, mojando la almohada. No sé si por miedo, por rabia o por decepción. Tal vez por todo. Aquel cuarto, que alguna vez fue nuestro refugio, ahora era una celda oscura. Y yo, solo quería desaparecer. Me dejé guiar como una muñeca de trapo, con el corazón palpitando con fuerza, no por deseo… sino por miedo. No es que no me gustara hacer el amor con Eduardo, ¡Por supuesto me gustaba! Cuando éramos novios fuimos muy activos en el sexo, sin embargo, ahora, viéndolo en el estado que se encontraba, para mí era difícil querer acceder a hacerlo con él, porque yo sabía muy bien que él no sería como antes, cariñoso, caballeroso, y al mismo tiempo, pervertido. Ahora sería brusco, un devorador de mujeres del que nadie podría controlar fácilmente. Ni siquiera yo siendo su esposa podría hacerlo. Su agarre era firme, casi cruel, como si necesitara afirmarse de algo que no entendía ni él mismo. Sus dedos apretaban mi brazo mientras me arrastraba hacia la cama, como si su fuerza fuera una manera de validar su poder sobre mí. Eduardo ya no era el hombre del que me enamoré. Era una sombra grotesca, borracha de alcohol y de ira. Una mezcla peligrosa. Mientras me recostaba junto a él, tratando de mantener la calma, mi mente solo pensaba en cómo salir de ahí sin empeorar las cosas. Mi cuerpo estaba rígido, tenso, como si cada músculo estuviera al borde de la fuga, pero sabía que correr solo haría que me alcanzara más rápido. Y tal vez, esta vez, no se limitaría a gritarme. Tal vez su furia iba más allá. Tal vez ya no le importaba nada. Cerré los ojos. Él empezó a besarme torpemente, con la torpeza del que no sabe lo que hace ni con quién está. Me sentí tan sucia, tan rota. No porque me estuviera tocando, sino porque ya no lo reconocía. Porque la persona que compartía la cama conmigo no era mi esposo, sino un extraño. Un monstruo. — ¿Por qué estás tan fría, eh? ¿No me deseas? — preguntó con una risa hueca, siniestra. No respondí. Él rio otra vez, pero esa risa… esa risa no tenía alma, se presenciaba incluso mucho más diabólica que el mismo demonio. De pronto, se detuvo. Su mirada me perforó. Se quedó inmóvil por unos segundos, como si algo dentro de él se quebrara. O como si por fin notara lo que estaba haciendo. — Aura… — murmuró. — ¿Qué… qué estoy haciendo? Pero ya era tarde. Muy tarde. Yo solo me giré de espaldas, abrazando mis piernas, sin decir una palabra más. Las lágrimas caían sin hacer ruido, mojando la almohada. No sé si por miedo, por rabia o por decepción. Tal vez por todo. Aquel cuarto, que alguna vez fue nuestro refugio, ahora era una celda oscura. Y yo, solo quería desaparecer.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR